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“Así, no” 2.0

La huelga general ha deparado golpes, tiros, navajazos informativos, barricadas fiesteras, coches quemados, y hasta a niños de papá metidos a anti-sistema volver al lar común ataviados con tejanos de marca (previo expolio vía butrón reivindicativo). Son tan dispersas las evaluaciones de esta huelga que no hay lugar para hacerlas acá, porque esto se convertiría en un vademécum especulativo. No ha ayudado tampoco el acercamiento a la huelga por parte de los medios de comunicación, de un atomizado estructural que quita el hipo, con un abordaje tan de patio de colegio o pescadería de la lonja, que revela con cuanta frivolidad se analizó el asunto.

 

Como fiel reflejo de la España del momento, en la televisión se pasaba de los piquetes de la EMT a la receta del besugo a la espalda con pimientos, para devolver la conexión a la puerta de la Seat en Barcelona, y seguidamente dirigirse a la sala de torturas del dominatrix Mourinho. Una parada laboral de estas características es un caso extremo, en “cienciología” política, la antesala revolucionaria, y el sentar un evento así en las mesas-camilla de las teles confunde, bien por aquellos que elevan la huelga a los altares, bien por los que la crujen en martirio.

 

Pero lo paradójico es que si el tratamiento informativo ha sido anodino y disperso en sí, a pie de calle las consecuencias se muestran más nítidas, y no ha llegado la ciudadanía a esa conclusión por anunciación, sino a través de una lluvia fina de hechos que ha calado. Y empapa. Podrán pensar que es una opinión personal, pero el día de huelga parecía un domingo de ramos desangelado, sin traje de estreno, o un día de Reyes sin juguetes chillones. Exceptuando ciertos microclimas bélicos, no pasó nada. No pasó ni una mosca por delante del Ejecutivo, que ese día de huelga aprovechó para hacer reformas en casa y apuntalar la reforma laboral. No sucedió cosa importante en los mercados financieros, que amagan con doblar la cerviz, pero siguen caminando a su ritmo, ritmo que nadie seguimos. Europa nos miró como un día de picnic y por Bruselas no acertaron a definir si aquí había huelga o era festivo por el patrón local. No pasó gran cosa en el Congreso, donde sus señorías siguieron asistiendo al derrumbe nacional, pero eso sí, ese día acompañado de banderas bermellonas en la puerta al lado de los leones. Miau.

Pero más allá del descrédito o la coba exacerbada, no pasó nada con los sindicatos, y esa es la principal consecuencia de la que les hablaba. En la calle, entre los comunes de los mortales, no existe la noción previa sobre la presión y papel sindical, vuelvo a insistir, imperiosamente necesaria (y combativa) en un sistema democrático. Este paro ha sido un punto de inflexión, un toque de atención para que abandonen ciertos abrazos de Vergara, y abracen a un país. Que les ha olvidado, no por desamor, sino por simple abandono del hogar. Que vuelvan a casa, con clase, sería una gran noticia, pero sin bagatelas y bien pertrechados, no como el 29-S; “así, no”.

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