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Vivir. Morir.

Así leía hace algún tiempo: “La vida es vivir. No es una cosa, es un proceso. No hay otra forma de conocer lo que es la vida más que viviendo, estando vivo, fluyendo, discurriendo con ella. Si buscas el significado de la vida en algún dogma, en una determinada filosofía, en una teología, da por seguro que te perderás lo que es la vida y su significado. La vida no te está esperando en ninguna parte; te está sucediendo”. Hasta que llega un malnacido y te la arranca, claro. Y la vida pierde su sentido, su biología molecular, su esperanza, su análisis metafísico. No se es, no se vive. Asesinan. Y se acaba.
Es lo que le ha ha pasado a una mujer en Getafe. Desgraciadamente, acontece cada cierto tiempo, parece que cada vez en intervalos más reducidos, en todo el país. La distancia o el desconocimiento no aminora el pesar y la inextinguible tristeza por la reiteración de estos actos asesinos pero, como un resorte emocional anclado en lo más profundo, Getafe se despertó el 15 de octubre con una llaga más en su historia. Una vecina había sido asesinada. La misma mujer que (recuerda uno), trabajaba, que te atendía amablemente, a quien llevabas toda una vida viendo en el centro de la localidad, que vivía, en suma. Ya no vive. Muchas vidas en una misma frase se traducen en un instante en otra palabra, postrera ya: muerte.
Me hastían los reduccionismos ideológicos respecto a esta lacra. Por un lado, temo a las/os que miran de reojo esta brutalidad, que de puertas para afuera se rasgan sus vestiduras de cara al objetivo fotográfico, y en el interior de sus jaulas personales son témpanos de insensibilidad. También, los y las apóstoles sin mácula, preocupados en llenar de culpa el haber del contrario, cuando lo que tienen que procurar es conseguir estadísticas decrecientes en las alforjas de los crímenes.
Es necesario una gran entente social al respecto, con las distintas administraciones como inductoras, pero no como rectoras del proceso. Ha llegado el momento de preguntar a la ciudadanía sobre que valores éticos desea aposentar su futuro. La clase política, al fin y al cabo, vivirá en sus cuitas, pero es el español medio el que ha que enterrar los depravados comportamientos machistas, con resultado de muerte muchas veces, por estándares de respeto y convivencia. No solo es aplicable a la violencia machista, es trasladable a un modelo social descastado, insensible y egoísta, condición conocida pero que se limpia a través de bulas cíclicas de pose y fachada.
Y además de eso, los tribunales. No me canso de repetirlo últimamente, en todo foro y delante de toda casta; hay que ser buena persona, por encima de todo. Pero cuando eso no es bastante, que caiga la ley, pero la implacable, que sin ser Divina, sea contundente y ecuánime. Una justicia más endurecida que no solo pudra a malnacidos tras los barrotes, sino que les lance un marcado aviso preventivo.
Sin más que añadir, descanse en paz, Piedad.

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