Escrito por Juan Hernández 04/11/2010
Al considerar la falta de sensatez por parte de los políticos, un grupo de activistas y comediantes del Imperio (afortunadamente, Estados Unidos y no Irán) realizó hace unos días una “llamada a la cordura” durante una masiva concentración en el parque MacArthur de Washington, el magnífico escenario que algunos nos planteamos si no está ya amortizado por Hollywood, o si el cartón piedra resiste tanto, teniendo en cuenta las veces que han perpetuado en el celuloide tal manifestodromo, desde Luther King, Bill Ayers, hasta Forrest Gump. Es América, con sus fastos, excesos y fallas. Afortunadamente.
Era una expresión de fuerza Demócrata de cara a las elecciones intermedias que tuvieron lugar tres días más tarde en diferentes estados norteamericanos. Pero no solo era eso. Albergaba esa reivindicación algo tan desconocido por un país (el nuestro, el achacosamente español) que nadie aquí lo descifra con fortuna, con acierto. Se llama libertad, humor y conciencia nacional. Desde aquí han venido a tildar como movimiento “izquierdista”, en el habitual reduccionismo comunicativo hispánico, entre hoces y yugos, quedando el resto, es decir, todos y todas, abocados a la nada.
Hace unas semanas, en el mismo “estudio de grabación”, siguiendo el símil de Sunset Boulevard, otros tantos americanos se reunieron bajo los acordes de su compromiso histórico, de los Tea Parties, manifestando el legítimo derecho a infundir un soplo diferente a su nación (aunque a mí no me plazca). Acá, los sabihondos de las tertulias y regencias, vinieron poco menos a decir que aquello era una concentración de camisas pardas nazis. Otra prepotente muestra de ineptitud española, pergeñando equívocos y desechando modelos de participación democrática y patriótica.
Es por eso, por las diferentes muestras de concebir una nación, por lo que yo también pido cordura, y no me voy a las escalinatas del Capitolio, sino que empezaré en los raídos escalones de nuestra democracia. Demando más cuerdos en el ejercicio de la política; menos salidas de tono y, en caso de producirse, disculpas. Y eso va por todos. Cordura para las guardias pretorianas que cuando hay un desmán dialéctico, sacan sus puñales de corrección y no perciben que Brutos, también haberlos haylos en casa. Y eso va por todos, pero especialmente por la izquierda, digna campeona de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio.
Solicito seso en todo ámbito social, y que cada cual en sus disensos, no sea conducido al paredón del ostracismo. Más juicio en los gobernantes, que eliminen de sus agendas los besos de día y las reyertas nocturnas, en su fratricidas peleas de poder, porque el poder lo tiene el pueblo, ¿no? Y cómo no, y aunque se me vea el plumero (término soez en boca de Pepiño), exijo abandonar la demencia instalada en un palacio muy cerca de la Ciudad Universitaria.
Entre tanto, me entrego sin remisión, en clave americana, a la cordura. Aquí, en Spain, no la tenemos ni para hacer versiones del Come as you are de Nirvana. Cuanta insensatez, oh my Goodness!

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