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Vida en Marte

El globo terráqueo actual tiene como banda sonora al David Bowie más desobediente de los años 70. Al menos para mí, que a pesar de tomar mis cereales, el café cargado sin un mísero terrón, y mis abluciones matinales, persisto en la idea de que mi vida está en Marte y no tanto en la Tierra. Y no porque ande con los pies por encima de ella, ya que más bien soy un parco pesimista clavado a mis propias carencias. Lo comento por esta contienda bélica entre coreanos en un espacio menor a una lata de anchoas, por los “no secretos” del Pentágono revelados por unos piratas de la información o, ya en un ámbito más limitado, “Mi querida Cataluña, ésta Cataluña mía, ésta Cataluña nuestra” (pónganle la tonada de Cecilia, que deliberadamente elegí esas letras por naïf, pasteurizadas y bobaliconas).
Hablaba del espacio vital que se está dirimiendo en el extremo Oriente y no pretendo caer en la frivolidad de reducir la cuestión a una estrechez física, porque no es meramente un asunto de paralelos, islas o aduanas. Hace casi cien años, me da la impresión de que por menos, nos afeamos la conducta los europeos y nos propinamos varios millones de cadáveres. En Corea o en las Coreas está en juego la libertad que, mire usted por donde, es ubicua. Y su posesión no puede limitarse a la angostura del uniforme o al ojo más o menos rasgado. Cuidado con Corea. Del Norte, obviamente. Y viviendo en la era de la información en la que estamos, como es lógico, antes que una contienda mundial habrá un Sálvame diplomático Deluxe, gracias a la irresponsabilidad de los que manejan información secreta como un Anacleto cargado de anfetaminas en un burdel de El Cairo. El affaire Wikileaks pone de manifiesto lo que todos sabíamos: que Zapatero es un trasnochado cortoplacista, que Berlusconi sufre incontinencia sexual y urinaria, que Putin es un cosaco misó- gino, y que al enano atómico de Irán le detestan hasta los suyos. ¿Secretos? ¿Secretos, dónde? ¡Obviedades! Pero esta falla del sistema nos avisa, no obstante, de que somos vulnerables. Y me preocupa que lo sea hasta el Imperio, como si la teoría Orwelliana se mordiese la cola. Y bajando de la estratosfera, y aterrizando a los valles patrios: Cataluña, adorada Cataluña. Cada día la amo más por parecerse a los lienzos tradicionalistas de Casas o a las sexuales formas de Miró. No entiendo nada de la misma. Alejada de los cánones ideológicos contemporáneos, con sus caganers como Laporta, o esa mediática Carmen de Mairena superando en votos a la automediática Rosa Díez, a sus Montillas, que huyen dejando en la estacada a su padre Zapatero (el culpable del tinglado), o ese nacionalismo de CIU, que tantos años de Pujol consiguieron crear en mí la sensación de incertidumbre, si van o vienen, si son catalanes o son gallegos. No sé lo que es Cataluña. Tengo el temor de que los catalanes tampoco.

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