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Los artículos posesivos en política

El sistema democrático español está configurado de tal forma, que es la “confianza”, una cualidad voluble al antojo de cada cual, la que define la presencia o ausencia de determinados perfiles en la administración pública. Es la confianza en su última expresión, en forma de voto, la que legitima a los representantes del pueblo. Desconozco si es la más formada, instruida y concienzuda de las confianzas, pero al menos es a la que le fío la ganancia, frente al totalitarismo, donde las papeletas electorales no existen. La confianza da asco, dicen. No sé si en clave política llegamos a ese extremo.

Lo que sí tengo claro es la imperante regeneración del modelo, desde la participación firme y democrática en organizaciones que tienen a bien llamarse así, pasando por el sufragio universal y no lastrado para la elección de líderes, siguiendo por listas abiertas en comicios, hasta las reforma en los recuentos, que un hombre sea su voto y no el porcentaje determinado por la casta geográfica. Elementos todos ellos, urgentes, aunque más perentorio, o coronándolo todo, se hace el sentido común, y la eliminación de regímenes de posesión sobre la confianza.

Explico ello, por no parecer suficientemente claro. Es común que en las organizaciones políticas, al igual que en colectivos privados, los titulares de responsabilidad se rodeen de un séquito de personas afines. He omitido cualquier connotación positiva o negativa al respecto; ni hablo de liderazgo, ni de talento, ni de capacidad de sacrificio y trabajo, ni de intereses lucrativos. Hablo simplemente de relaciones interpersonales, donde dos o más individuos se entregan cartas de seguridad. Y en una relación de dominio, se comienza a utilizar el artículo posesivo “de mi confianza”, omitiendo el posesivo genérico “de la confianza de todos”. Hasta ahora, si lo circunscribo al ámbito privado, presentaré pocas objeciones. Al fin y al cabo, lo que ahí se exige a título individual es cumplir metas en un microsistema económico, y los roles de sumisión, en general, no afectan a los individuos que conforman la estructura general de la empresa (por poner un ejemplo señero del circuito privado), a menos que esas personas de “mi confianza” copen puestos estratégicos que puedan derivar en daños colaterales irreparables.

En cualquier caso, y sin ser totalmente ajeno a la responsabilidad social corporativa, diré que a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Mientras no te afecte, libertad absoluta en el circo privado, aun para elegir a absolutos cafres “de confianza”. El cisma aparece en la cosa pública, en el momento que personas que no debieran ser de la confianza de nadie, lo son para un minoría cegada (o engañada). Por personas de “su confianza”, naciones enteras han entrado en guerras, economías se han ido al garete, o se han cometido los peores abusos en nombre de la infalibilidad. El común denominador de ese tipo de personajes es que dilapidan todo activo intelectual de las organizaciones, y levantan otro entramado, más frágil, abocando al grupo a la extinción a corto plazo.

Y si deliberadamente eliminé antes mencionar virtudes o ausencia de ellas, diré ahora que la confianza global se gana con ingenio, creatividad y tesón. Si la relacion es de confianza están tejidas únicamente en un círculo ínfimo, improductivo, inútil e incapaz, no es factible que se granjeen un respeto extendido. Pasar del “mi” al “nuestro”, es imposible. No va dirigido a mis adversarios políticos, ni tan siquiera a mis enemigos. Va por ustedes. No se confíen.

 

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