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Mínima diferencia

Enciendo el año casi como lo apagué, con luces emocionales de bajo consumo, y la desazón en modo piloto automático. Me ralentiza, nos ralentizan los hechos, aminora nuestra marcha los aires del presente, la infamia permanente, desde el charco del barrio a la gotera del país. Y por eso, porque camino pausadamente por esta sección de saldos escritos, debería hibernar mis inventivas. Pero no me rindo. Como dicen los enterradores, sigo. Que de eso sí hay trabajo.
Apenas anduvimos dos pasitos en el año impar, aún masticando la enésima uva, cuando alguien, ligero de cascos, o equipado cual caballo belicoso con férreas zapatillas, la lía pardusca, pretendiendo, una vez no obtenidas las ganancias por su pereza, la mitra que se le concede a otros. Y en esas, un Señor gallego, se pertrecha de coraje, y con el mismo estoicismo con el que pasó años escuchando el silencio de caudillos astures, dice que así, no, de ninguna de las maneras. Bravo. Seré una efigie ideológica, pero si ese que alza la voz y patalea como un niño consentido recibe apoyos ecuánimes de la extrema izquierda y extrema derecha, me reafirman en que Dios los cría y ellos se juntan, la cabra tira al monte, a cada cañada le llega su añada, en casa del ladrón te roban hasta la respiración, muchas manos en la hornilla no dejan de probar morcilla, el siguiente vicio es la mentira si el primero son las deudas, y si no canta el gallo, ya cantará la gallina. En resumen, que sin esos lastres se hace mejor el camino de la reincorporación de España a la senda del progreso y la autoestima. Bien Rajoy, bien.
Y después de ese atragantamiento intrascendente, llega una ley estrábica, que cargó de buenas intenciones fitosanitarias el cañón legislativo, para acabar disparando en pleno corazón del sentido común. A este sector hostelero nuestro, motor de encuentro y consumo nacional, le achicharran ahora con la delación y la asfixia de su caja registradora. Qué falta de flexibilidad gubernamental, qué escasa capacidad de conjugar salud y desarrollo económico. Pudiendo ser un paso adelante, es un desplome al sótano, a lo sórdido. ¿Timbas? ¿Chicas? ¿Estupefacientes? No. Cigarros.
Y como la escala moral que observo, exiliado en la calle principal, es la que es, os digo como Antonio Gasset, que seáis buenos, y si por algún motivo no podéis serlo, nos os preocupéis, seguid siendo malos; la diferencia es mínima.

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