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Sevilla tiene una cosa, que solo tiene Sevilla

Luna, sol, flor y mantilla. Una risa y una pena. Un tesoro a cada orilla. Tres poetas afamados. Y tiene además Sevilla, y no de mentirijilla, una gracia y un seseo, una juerga y un jaleo, y un olé que es de Sevilla. Eso es lo que tiene, entre mil oropeles más, la ciudad hispalense. Y se preguntarán ustedes el porqué de esta melódica entrada, a golpe de sevillanas clásicas. Pues uno, que además de ser forofo genético de la tierra, ha deambulado el pasado fin de semana por allí, enjaezado no con el uniforme civil de feriante o cofrade visual, sino con el político de pepero.

Diría, en base a los cánones formales, que asistí a la Convención Nacional del Partido Popular en calidad de concejal en el Ayuntamiento de Getafe, pero en el fondo, anhelante de ilusión de cambio y futuro, personal y colectivo, entra uno por esas puertas de congresos, más como parado de larga duración y/o, siguiendo el argot trianero, como un tieso. Y no es cuestión de mezclar la velocidad con la pringá, pero cuando uno se ama a sí mismo en la misma medida que se ama al prójimo (pelado en las puertas del Infojobs), la militancia política se apuntala por impulsos orgánicos, y la voracidad afanosa por cambiar el actual estatus español, incierto y escaso, le hace a uno ser partícipe de los cambios necesarios para recobrar la senda abandonada del raciocinio.

Cambios que van a llegar, más pronto que tarde. La principal conclusión, o más bien inicio de partida, de este cónclave, es afrontar la desazón e incertidumbre contemporáneas, ingredientes imprescindibles con los que bien trabaja el PSOE de Zapatero. Conocemos de Moncloa su estúpida gestión de los problemas reales del país, de su desprecio al futuro porque viven enganchados al pasado, su falta de confianza en la sociedad que habita nuestras calles. Ahora sabemos también la caducidad de esas prácticas. El cambio no llega de la noche a la mañana; es resultado de un proyecto y de esfuerzo, y sobre todo, como se señaló repetidamente, por hacer partícipe en las nuevas fronteras conceptuales a la inmensa mayoría moderada e inteligente que nos trajo la democracia, esa misma pléyade abandonada por sus propios, que hoy mal rigen el país. Sevilla deja, además de un nostálgico recuerdo de su blues de la Alameda, donde Hércules se arranca por bulerías, sed de urnas, votos para inaugurar la etapa que elimine las palabras floridas, los anuncios incumplidos y el retraso interminable de las soluciones. Eso tiene Sevilla...

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