Escrito por Juan Hernández 10/02/2011
“Alemania, Alemania por encima de todo, por delante de todas las cosas”. Ese aparente inocuo verso, ceñido entre fusas, cercado por las líneas de notación, no deja de ser un arranque germánico de orgullo cateto y arialmente blanco nuclear. Como la histeria demostró anteayer, el “Alemania por encima de todo” esconde la peor ensoñación racial y asesina que ha parido este colectivo humano que se denomina pomposamente ser inteligente.
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, los alemanes, entre los escombros y sus ruinas morales, enmudecieron deliberadamente esas palabras al entonar su himno nacional (lo mejor que tenemos los españoles es que nos ahorramos las imbecilidades cuando nuestro himno arranca, y solo nos molestamos porque alguien se desgañita como una sirena ronca, o cuando el si bemol viene cargado de testosterona patriotera). Después del desastre mundial, ya sabemos lo que pasó más allá de la línea Sigfrido: modelo de eficiencia, Beckenbauer, Kraftwerk, reunificación y el imperio de la cerveza. Y Heidi Klum (alabado sea su germánico templo). Hoy, cuando el siglo XXI lanza el concurso público para dilucidar quién será el principal mecenas económico e intelectual de la centuria, Alemania vuelve (¿alguna vez se ha ido?) para exponer su modelo avanzado, sino por encima de todos, si por delante de muchos.
Creíamos ya por pasado el rol carpetovetónico de bañador Meyba y aroma fritanguero, Alfredo Landa de los 60, pero el paupérrimo lienzo económico que gestamos, nos recuerda que “venid a Alemania, Pepe y Pepa”. Ahora viene la Merkel con su gabinete de ministros, que lo mismo te venden un Mercedes que el espíritu de la Bahuaus, y he aquí que España, canina y barroca, programa empacar las maletas. Vamos, se lo ha planteado el que aquí redacta, junto a su santa laica pareja, y miles más: enrolarse en unos tercios de Flandes del progreso. La gran diferencia respecto a aquella desbandada patria de hace cuarenta años es el perfil laboral, más técnico y universal. El talento, aquí ni se valora ni se cotiza, así que, visto lo visto, el canal alemán parece ser un buen escenario para los mejor preparados.
Queda claro, revisando el perfil demandado por los teutones, que nuestra clase política no entrará en esos enrolamientos, dado el escaso nivel formativo y de experiencia en el mundo real de muchos de ellos. Pero ojo, esta es una gran virtud española: comportándose la ciudadanía de este país como un servicio de inserción laboral, le da trabajo a personas que nunca lo encontrarían por habilidades propias. Así de romántico y altruista es nuestro carácter, frente al alemán, que valora bajo parámetros científicos y no de contorsión moral. Ni dominando el alemán como Schiller, les veo enfrentándose a una entrevista de trabajo. En fin, que a pesar de las hebreas desconfianzas que le prodigo al ruido de botas del Rin y el Ruhr, me agrada que el binomio eficacia-welfare sea el referente, que por encima de todo, es la canción a entonar.

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