Escrito por Juan Hernández 24/02/2011
La Europa de Ortega y Gasset, la columna del progreso, se ausenta, timorata, cuando más se le necesita. Hoy parece predominar en nuestras instituciones (patrias o supranacionales) una veta de ineptitud burocrática cuya idea de justicia y libertad se alberga en la gatera. Ni siquiera, en un ejercicio cínico pero contemporáneo, hacen prevalecer la cuenta de resultados ensortijando a nuestras empresas, callando ante dictaduras de pelaje medieval y ennegrecidas de petróleo. Europa, esta Europa, es lenta y abotargada, y uno se pregunta si no siempre ha sido igual. En numerosas ocasiones nos ha cogido el cambio (a peor o mejor), orgullosos de nuestro establishment y jugando al paddle diplomático.
Cuando se vertía una gruesa capa de inmoralidad en las praderas del propio continente, o cuando el Este degollaba el ritmo y la simiente vital a media Europa. Realmente es la misma Europa, pocas cosas cambian.
A nuestro vetusto continente le achacaría voluntaria indolencia en cuestiones de derechos humanos (algún prócer político me dirá que se llama contención), pero parece que ahora se detectan nuevos síntomas antes no mostrados: la ausencia de criterio, de rumbo habilitador. Lo estamos percibiendo con el rol estático ante esa auténtica quimera revolucionaria del mundo islámico, unos soplos que aún no sabemos si son de miseria panarabista, o de hambre teocrático.
Desengáñense, no nacen por generación espontánea los regímenes democráticos, donde el respeto a los derechos del ser humano prevalezcan sobre las elucubraciones dogmáticas. Se fraguan las democracias en las fuentes del conocimiento y del avance intelectual. Y los gritos en las plazas, por legítimos que sean, por desgarrados en su justificación, no levantan solos estados de derecho.
Europa completa se ha ido de borrachera festiva con las exaltaciones de poco más o menos, pan, tierra y libertad de Túnez, primero, y Egipto después. Pero es curiosa la miopía tan europea con la que se abordan estas historias, que sabemos cómo han empezado, pero desgraciadamente, desconocemos su desenlace. Debería tener un final afable, en primera instancia para los millones de desheredados que pueblan estas zonas magrebíes, acuciados por la corrupción, falta de perspectiva y voluntad degollada. Y debería tener una resolución ajustada a cánones de tolerancia y libertad también para la propia tranquilidad de nosotros, europeos todos.
Pero Europa, impávida, observa con rictus complaciente la superficialidad, y obvia los movimientos sísmicos de naturaleza feudal, sangrienta y monotemática de paraíso para fieles que se mueven en las corrientes de protesta. En Egipto, por ejemplo, con los Hermanos Musulmanes, esa panda de fascistas empedernidos que se travisten ahora en bienintencionados hombres del pueblo. Y Europa, en su carnavalesca visión sesgada de los acontecimientos, transige con el disfraz. E igual que aplaude ciertas charlotadas, vuelve a callar, tan a la europea, en Marruecos (no soliviantemos al primo Alahuita), en Gaza (no destruyamos nuestra romántica visión del conflicto), en Bahrein (no hipotequemos el futuro marbellí), o, el caso más insultante, Irán, donde las agresiones a la inteligencia son tales, que nuestro silencio nos convierte en animales.

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