Escrito por Juan Hernández 10/03/2011
Admito que cada día se me antoja más cuesta arriba la redacción de artículos de opinión. No por falta de ímpetu redactor, sino por la lisergia temática en vigor, que confunde, marea y distorsiona una evaluación calma de los acontecimientos de la agenda política. El sempiterno estado festivalero del país, donde el Consejo de Ministros parece la agrupación vencedora en los carnavales gaditanos, y la abnegación doliente del pueblo, imagen fidedigna de un paso cofrade, tan cercano en el tiempo, me dificultan el afrontar los temas con bisturí metódico, y me cobijo más bien en terrenos de chirigota y guasa.
Entiendo que el país se halla en un impasse humorístico, club de comedieta, en vista de las medidas que toma el gobierno a la nación (medidas de corte fúnebre, añadiría). Una sucesión de reglamentaciones volátiles, que aunque afectan notoriamente a la viabilidad económica nacional, no dejan de provocar cierto sonrojo y cachondeo. Yo no sabré de qué escribir, pero si de qué reír. Y me tomarán por insustancial, pero no me negarán que con una sonrisa, tragamos mejor.
Nos reímos hasta llorar, pero es indudable que, en tantos asuntos, este gobierno siempre corona su estupidez y falta de criterio con prohibiciones, poniendo melodía al desatino y sordina a la excelencia. Jalea sus miserias internas haciendo de gendarme gruñón, agitando el silbato y la tarjeta roja con el machacón ritmo de la prohibición. La bandera estética que acompaña la labor gubernamental es el abandono de toda mesura y saber hacer. Una sucesión de círculos rojos que penalizan su interior. Pero me queda el consuelo de que este Louis de Funes patrio, más alto y de León, acabará cerrando la función más pronto que tarde. Y antes, casi en su totalidad, echará el cierre su tropa chisposa autonómica y local, guionistas esenciales del cuadro esperpéntico español.
Pero detrás de las carcajadas, asoma por la puerta la lamentable realidad. No hay nada más trágico que la pereza, que es a lo que este Gobierno de Zapatero se ha anclado en materias que vertebran el corto plazo de un país: la directriz económica y la gestión energética. Ahora, son los “110”, o como apagar un fuego con un cuentagotas, pero se suma a un rosario de desnortadas soluciones. Mañana, será otra la estupidez de turno. Mientras este Ejecutivo nos timaba con naranjas chinas y fuegos artificiales, se dedicaba a vagabundear por las arterias de la irreflexión y a dilapidar nuestro fondo de comercio vital.
Se le pasó el arroz del crédito, y sumido el país en una autodecepción brutal, ya no vale desgarrarse la camisa en lamentos postreros, ni tender la mano al suicida para que recobre el vigor perdido. Sólo cabe el cambio, en su global acepción y demarcación.
Pretende Zapatero establecer una nueva ontología sobre la verdad, y lo único que está consiguiendo es trasladar el humor ibérico, tan tosco en ocasiones, tan mórbido en ocasiones, a las direcciones de poder del país. Lo está consiguiendo.

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