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De Sendai a Bendasi, pasando por Madrid

Una copla agro-popera de la ominosa (en coordenadas estéticas) década de los 90 versaba sobre la distancia apocalíptica que separa el verso alejandrino del haiku, el clavel del loto, Toledo y sus hierros de los metales de Himeji. Lo que distancia, en kilómetros de gente y horas de desconocimiento, la cultura española de la nipona. Sin embargo, un viernes frío de marzo, Japón se nos arrojó a los brazos, a los brazos del mundo entero, cuando un monstruo de negro rugido e insondable fractura, abofeteó con mano cerrada a nuestros hermanos rasgados. Miles de fallecidos que son nuestros, ya que la fraternidad humana obliga.

Y seguidamente se produjo otra oleada, la informativa, donde las redes sociales, en su vertiente más diáfana, crean y estrechan lazos de unión entre perfectos desconocidos. De aquellos días terribles, ha quedado sin embargo el cliché (del que los medios de comunicación occidentales detentan gran culpa), de que el pueblo japonés es silencioso, incapaz de protestar, inhabilitado para la emoción. En un reduccionismo tan europeo y chovinista, hemos hecho del terremoto un problema colegiado, pero sin poner los muertos y queriendo imponer las soluciones. El problema posterior, la crisis de Fukushima, no debió echar un puñado de descrédito y olvido sobre las verdaderas víctimas: las que yacen en los escombros. Y ya en clave local, me sorprende la churrigueresca aptitud española de abrir melones, en este caso el referido a la energía nuclear, sin haber cerrado antes las calas abiertas del modelo actual de desarrollo.

El destino natural, en una sociedad científica, que arriende su futuro energético a la investigación y desarrollo, es la apuesta por las energías renovables. Mientras tanto, sería lícito y nada cínico pensar que debemos transitar por vías de racionamiento energético. Y es que apasiona ponerse tras un “Nucleares no”, aquellos soles ochenteros que olvidamos a medida que dejamos de ser el norte de África para convertirnos en el sur europeo. Pero no dejamos de apretar el acelerador de 200 caballos y presumir de finca en Sotogrande. Es una hipocresía eclesial, de vasto tamaño y analogía dogmática, porque el sepulcro blanqueado predica y no da trigo. Lo hace en capilla o en asamblea. Los errores deben ser subsanados y prevenidos (hecho punible en Japón, a tenor de los informes en tiempo real). Pero abogar por el carpetazo de las nucleares y seguir cabalgando a golpe de petróleo, no sólo es impostura, es el suicidio del bienestar económico de una sociedad.

Y Libia. Parece que ya no son tiempos de talante, de diálogo. Algunos descubren, rancios de poder, que los flujos de comunicación se han de quebrar con aquellos que sólo se prodigan en el idioma carcelario, en la fusta, que son dinámicos en los desiertos de la manipulación, que prestan sus servicios en el colmado de la represión. Era consecuente, desde el punto de vista de una rectilínea trayectoria de discurso teórico y ejecución pragmática, el estilo pacifista impuesto por nuestro presidente hace unos años. Ahora, cuando su nefanda curda rectora es nítida ante cualquier ojo, Zapatero no tiene en cuenta tales premisas propias de Mamas & the Papas. Y como no hay visos de que el discurso virado en el que nos movemos sea motivo de reflexión por el Monclovita, me quejo, lo digo, y sigo estrujando el papel. Ahora las guerras molan, claro.

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