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Cerrado y sacristía

Existe un debate en la sociedad española que, más que latente, está larvado desde tiempo inmemorial: la presencia (y ausencias) de la Iglesia Católica en el espacio público extramuros. No es una cuestión de vital requerimiento, dado el momento tragicómico de crisis al que asistimos, en el que cualquier valoración sobre especulaciones metafísicas cae derrumbada ante la urgencia de la carne. Quizá alguien me diga que cuando no hay pan que llevarse a la boca, habrá que colmarse de fe. Bien, que cada cual elija su menú. A la hora de alimentarme, soy más de la programación econométrica de los recursos que de utilizar algoritmos teológicos.

 

 

Parece evidente que el árbol genealógico español, conformado por mártires y quemaconventos, extasiadas y seculares, toda fauna ella sin transición previa a la reflexión, no propociona el mejor campo de evalución de alternativas. Sin posibilidad aparente de elección, se recluye al ciudadano, bien en la más agresiva de las hostilidades respecto a la iglesia y sus fieles, o bien se obliga a comulgar con ruedas de molino, sin espacio a la autocrítica y capacidad de renovación. Respecto al primer caso, abomino de toda bravuconería anticlerical si después se acompaña de una fiel observancia de otros dogmas, de otros cánones en desuso. Y por ende, rechazo cualquier conato de violencia fisica contra aquellos que practican una fe, aún sin ser la mía, por el sólo mero hecho de la divergencia. El último caso ha sido la irrupción de varios estudiantes en la capilla de una universidad madrileña, negando vía bellum la confesión religiosa en el espacio público. Sin entrar a valorar el grado, carácter y resultado de la acción, no creo que sea el método adecuado, bajo ningún concepto. Si el objetivo era la divulgación del ideario laicista, han conseguido el efecto contrario, incidiendo en la polarización y empujando a los escépticos hacia una mayor duda si cabe sobre los planteamientos laicos.

Y ahora voy con los inmovilistas, con los arduos guardametas de la iglesia. Siempre he detectado que toda organización, además de benignos principios celestiales, de filantrópicas ideas globales, está conformada por individuos que, a modo de átomos, generan la estructura del núcleo, y son capaces de escorar al colectivo más allá de la declaración filosófica inicial. Tangencialmente, ya que nunca he sido partícipe activo en asuntos empíreos, lo he comprobado con las religiones, y más de lleno, con las organizaciones de carácter político, cultural y social. Los corazones hinchados de ilusión se ennegrecen con una realidad bien tamizada por los actores partícipes, ejemplos sumarios de hipocresía entre lo que se grita heroicamente y lo que se es en la cobarde normalidad.
Toda esta reflexión la transpolizo a los terrenos eclesiales. No soy católico, pero asumiendo que es la fe imperante en el país, siento una enorme decepción por el escaso papel catalizador de energía social de sus dirigentes y de sus fieles. Y siento asco del fariseismo, la lacra milenaria de esa institución. Por eso me sorprende sobremanera el escaso o nulo acompasamiento entre la realidad contemporánea y el posicionamiento eclesial, y también el de muchos de sus feligreses, que siendo átomos integrantes del entramado litúrgico, tiran los mandamientos por el retrete en cuanto salen del templo. Ganaré críticas, pero es inmanente a la dignidad vivir como se piensa y decir lo que se vive.

Por ello, no entiendo que se hagan extremas defensas de una fe y del ecumenismo pastoril, si luego este país es el más judeofobo de Europa. No entiendo que se pretenda que no entren los velos en las aulas y no salgan las cruces al mismo tiempo. No entiendo que personas, duramente reprendidas por su condición sexual, hagan acto de contrición en el ábside (siendo un descrédito para quien da la hostia, por conculcar su credo en aras de no perder parroquianos, y para quien la recibe, que se arrodilla a recibir la sagrada forma frente a quien le agravia). Siempre he pensado que en lugar de vivir una sexualidad desenfadada, deben soportar un peso abominable de la tradición. O mienten fenomenalmente, que esa es otra.
Y no entiendo como, no hace mucho tiempo, vimos en el Cerro de los Ángeles a cabecillas eclesiales metidos a consultores de recursos humanos, recomendando a quien tienen que colocar, bajo que sueldo tienen que colocar, y en que medida la distancia entre el cielo y la tierra se resquebraja para ser todo ello un paraíso financiero, un territorio de vilipendio a la honradez. Resulta que, un empresario limpio con unas mínimas dotes de sentido común, no contrataría algunos ni para vestir santos.
La vía de normalización es la práctica personal. La inquietud personal. La búsqueda de la trascendencia personal. Lo demás, golpes de pecho y barricada, sobra.

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