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Ramón Rato, el valor de la palabra

Aún sobrecogido por el impacto de su repentina marcha, confundido, triste y sin referente a quien agarrarme, intentaré recordar algunas anécdotas de las muchas vividas, a lo largo de los últimos 30 años, que reflejan en parte la personalidad de Ramón Rato.
Hemos compartido una intensa actividad profesional en el mundo de la radio. Comenzamos en el año 1982 con la puesta en marcha de Radio Getafe, desde el primer día puso especial interés en la emisora getafense, a pesar de tener en ese momento 52 emisoras. Como persona experimentada en el mundo de la empresa sabía que Radio Getafe estaba ubicada en una ciudad nada fácil por la situación sociopolítica que en ese momento se vivía y no quería que al director le sobrepasasen los acontecimientos.
La primera reunión con algunos sectores de la prensa local la tuvimos en la cafetería Ánfora de la avenida Juan de la Cierva; la llegada de una radio local, hay que decir que fue la primera emisora en la zona sur de Madrid, invitaba a ciertos sectores sociales a ganar posiciones, manejando una ecuación que Ramón Rato rápidamente despejó. Éste grupo pensó que los propietarios teniendo una ideología determinada la emisora estaría al servicio de unos intereses concretos, Ramón fue muy claro: “La radio no es mía, es de los oyentes, tiene que ser plural en los contenidos, donde todos pueden opinar y la emisora informar y entretener”.
Siempre defendió el nombre de Radio Getafe en contra del criterio de algunos que pensábamos que el nombre de un pueblo nos limitaba comercialmente a la hora de captar publicidad en localidades colindantes y no digamos en la capital. Pero él creía en la identidad local, y en concreto en Getafe “antiguo pueblo castellano”, le gustaba denominarlo, hasta tal punto que 20 años después, cuando se vendió la cadena a Onda Cero, la única emisora que no entró en la operación de venta fue Radio Getafe.
Trabajar con Ramón Rato era un lujo, a lo largo de estos años, jamás censuró un programa, y créanme que emitimos algunos de los que me avergüenzo públicamente. Siempre respetaba el criterio del director, del cual pensaba que no tenía que intervenir en el micrófono por dos razones. Si era muy bueno despertaría la envidia de los locutores y si no era muy brillante, perdería credibilidad, esto fue una de las señas de identidad de la casa.
La facilidad que tenía para alejarse, de tomar distancia de los problemas del día a día hacía que a veces sus decisiones no fueran entendidas. Uno de los programas radiofónicos que puso en marcha en algunas ciudades como Barcelona, Tarragona, en su etapa de cadena catalana y en Getafe fue El alcalde al habla. Un programa de servicio donde los ciudadanos sin cita previa y sin necesidad de dar su nombre, expresan sus quejas, preocupaciones, alabanzas... con el único fin de mejorar la vida de su ciudad. Esto que puede parecer tan sencillo nunca lo entendió la oposición, pensando en rentas políticas de corto alcance. La figura del alcalde siempre despertó en Ramón una gran simpatía. Tuvo una estrecha relación con los dos alcaldes de la Democracia y quiso conocer al actual mandatario, de hecho ya había intentado concertar una entrevista, sin más interés que el de intercambiar opiniones y aportar su experiencia.
La política le apasionaba, confrontar ideas, opiniones en tertulias divertidas, sobre todo con gentes de pensamiento diferente al suyo, tenía amigos de todas las ideologías, nunca pretendió imponer su criterio, se esforzaba en ponerse en el papel de los demás.
Recuerdo una entrevista por el año 1983 con la concejala de urbanismo, que junto con algún compañero se había pasado del PCE al PSOE, tenía un carácter fuerte, aunque en la distancia corta era encantadora. Sus primeras palabras en el saludo inicial fueron: “Usted tiene un primo en el PCE, ¿supongo que será la oveja negra de la familia?”; respuesta de Ramón: “Es una persona maravillosa y me llevo muy bien con él, lo único que ocurre es que alguno de los dos está equivocado, pero mientras lo descubrimos, quedamos para comer, cenar, en fin, la vida....”. El rostro de la concejala cambiaba por momentos, tengo que decir que esta reunión como las sucesivas, transcurrieron con total normalidad.
La naturalidad y la sencillez eran dos valores que apreciaba y ejercía. Disfrutaba con pequeños placeres, recuerdo cuando nos citaban políticos o empresarios de la zona, siempre nos llevaban a los mejores restaurantes, pero si alguna vez se anulaba la cita y nos quedábamos solos y llegaba la hora de comer, le gustaba ir a una pequeña tasca de la calle Toledo donde ponían unos huevos fritos que le sabían a gloria, mojando el pan con los dedos, cosa que habitualmente no podía hacer. En los postres charlaba con la señora que nos atendía de las cosas del día a día, porque lo que realmente le gustaba a Ramón era la gente, por eso le gustaba la radio “porque es lo más parecido a la vida”.
En una ocasión cercana en el tiempo nos citaron para desayunar en el Hotel Palace de Madrid. Esto nunca lo entendía: “Qué manía tiene la gente de querer impresionarnos”; mientras llegaban los ejecutivos, me recordaba que en una ocasión siendo Ramón muy joven, fueron citados su padre y él para cenar con un empresario de la radio en el restaurante Lhardy de Madrid, pensando el empresario que los invitados no conocían dicho restaurante, se quedaron sorprendidos cuando a la hora de pedir al maître la cena deseada, don Ramón padre le indicó “lo de todas las noches, una tortilla francesa”.
Era urbanita, el campo le aburría, no entendía la diversión en espacios despoblados, la contemplación de la naturaleza no era lo suyo, el olor a humo de tubo de escape, como decía en tono jocoso, le devolvía a su hábitat.
Cuando me llaman amigos y compañeros para darme el pésame, todos me hacen la misma pregunta ¿y a ti, cómo te va a afectar? Lógicamente todos piensan en el terreno profesional, sin saber que donde más me duele es a nivel personal, humano. Cuanto más tiempo pasa de su marcha más se agranda su figura, quizás porque empezamos a ser conscientes de lo que hemos perdido. Echaremos en falta sus formas, siempre pidiendo las cosas por favor, su simpatía en el trato, sus consejos, su amabilidad, su exquisita educación, su disciplina, su fuerza de voluntad.
Ha pasado el tiempo y sin darme cuenta he escrito más de lo que me has pedido, espero que en alguna de estas líneas, tú que tantos momentos compartiste con él, te veas reflejado. Me despido deseando que Ramón tenga la paz que se merece y que su recuerdo nos ayude a soportar la vida sin su compañía. Gracias por todo lo que nos has dado, nunca te olvidaremos, siempre estarás con nosotros.

Marcial Zazo

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