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Escrito por José Luis Melero 11/05/2010
El mensaje no tardó en hacer efecto y prácticamente todos los alumnos de los últimos cursos comenzaron a sentir y vivir la religión de manera diferente: la comunión se hacía a diario, el no ayunar no suponía un impedimento para tomar la comunión; la gimnasia durante la misa se suprimía y cada uno podía asistir y permanecer sentado, de pie, de rodillas o como le viniera en gana. La movida se extiende rápidamente al colegio de San José, de la Sagrada Familia, popularmente conocido como las Ursulinas, y con ello se podría decir que el 80% o el 90% de los jóvenes estudiantes de Getafe entre los 15 y 18 años estaban comprometidos con La Institución de los misioneros Identes (ID). El funcionamiento era sencillo; se creaban grupos de 6 a 8 personas, de chicos por un lado y de chicas por otro. En ellos, cada uno contaba aquello que le preocupaba, le alegraba y si había fallado en algún aspecto importante de su vivencia religiosa. Era una especie de confidencia o de confesión, sin cura, parecida o idéntica a lo que suelen hacer los amigos. El objetivo esencial de aquellas reuniones era proporcionarse ayuda y ánimo a quien lo necesitaba para seguir adelante. Muchas amistades que se fraguaron entonces, en una relación sin doblez ni engaño, continúan hoy de manera sólida ya sin el paraguas de institución alguna. La reacción de la jerarquía local de la Iglesia, tanto la de la parroquia como la de los centros religiosos, no se hizo esperar: ¿Cómo se podían atrever un grupo de jóvenes, aunque ya eran unos cientos, a cuestionar mucho de cuanto hasta ese momento se había venido haciendo en la práctica religiosa habitual? ¿Cómo se podía tener la desfachatez de no obedecerles? ¿Dónde quedaría su autoridad, poder, si eso lo permitiesen? Aquello resultaba intolerable y se arremetió contra todo de manera implacable: Al cura joven se le trasladó a otro colegio, donde volvió a hacer lo mismo con los mismos resultados. La orden terminó expulsándole. Los colegios presionaron y amenazaron con la expulsión de los mismos a quienes continuasen en la Institución. Los resultados fueron que un nutrido grupo de jóvenes dejaron el colegio para continuar los estudios en otros centros y siguieron en ella. Algunos la abandonaron y unos pocos pasaron a otras instituciones religiosas ya reconocidas por la Iglesia. Hubo quien se apartó definitivamente de toda práctica religiosa. La presión de los colegios llegó también a los padres de los alumnos. No fue infrecuente el que algunos padres castigasen duramente, incluso físicamente, a sus hijos por permanecer en la misma. Se levantaron bulos sobre lo que aquellos jóvenes hacían en sus reuniones: se habló de orgías sexuales con sus correspondientes embarazos. A los cabecillas se les amenazó directamente con la excomunión si continuaban con aquello.
El proceso para hacer desaparecer la Institución no se puede negar que tuvo éxito; primero pasó a la clandestinidad y finalmente, tras años de lucha, desapareció del pueblo. Que yo sepa en él ya no queda nada. Creo que en todos los que por la Institución pasaron el hecho dejó algún tipo de huella. En los que se marcharon por miedo a las represalias, apareció un sentimiento de reproche, culpa, por haber abandonado algo que ellos siempre consideraron bueno. Entre los que aguantaron el chaparrón, se potenció la seguridad, la tenacidad, la resistencia a la adversidad y coinciden en que todo aquello sirvió para hacerles más maduros como personas y mucho más tolerantes. En algunos, con el tiempo, apareció un agradecimiento a la Institución, porque debido a ella comenzaron a estudiar o continuaron los estudios que habían dejado. Y hubo quien hasta se consideró mártir por aquella persecución. Visto todo aquello desde la distancia, creo que el único pecado que La Institución cometió fue el haberse anticipado unos cuantos años en la forma de entender y vivir la religión. Hoy parece que La Institución goza de buena salud. Está extendida por gran parte del mundo y reconocida y aprobada por la Iglesia católica. Afortunadamente este reconocimiento ha tardado menos en llegar que el de Galileo. Podría ocurrir que al cumplirse, no a mucho tardar, el 50 aniversario de la llegada del Instituto a la Península, sus dirigentes pudiesen celebrar este hecho, con una misa, en el sitio donde primero arraigó; y que fuese el obispo de Getafe quien concelebrase la misma con sacerdotes de la Institución venidos, por supuesto, de fuera del pueblo. El acontecimiento podría contemplarse como un error, aún todavía hoy, por quienes entonces se empecinaron en destruir todo y como una ironía o un desagravio por quienes, tuvieron que aguantar aquella injusticia. El recuerdo del hecho no me hace ser especialmente optimista respecto a la afirmación de Tamayo de “otro cristianismo es posible” considerando las circunstancias actuales, sobre todo en España.

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