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Escrito por José Luis Melero 10/06/2010
De la primera época en la que me enseñó latín y literatura los recuerdos son escasos; no obstante uno sí se me quedó grabado: en un patio central donde había unas naves estas fueron habilitadas como aulas y el frío en invierno era notable. Para paliar sus efectos nos colocaron un brasero de los que antiguamente se usaban en las casas debajo de las mesas camilla. Aquello en un aula inmensa no daba calor pero producía un humo considerable sobre todo si le echabas miga de pan. Cuando ya apenas se veía la pizarra alguien decía: “Don Francisco aquí huele mal y apenas se ve”, a lo que don Francisco contestaba “tenemos dos opciones o morir de frio o asfixiarnos, podemos elegir la que más nos guste”. Esta es una pequeña muestra de un humor un tanto singular. De la segunda época, aunque se podría escribir un libro recordando actuaciones suyas, solo voy a dar unas breves pinceladas para mostrar su dimensión humana y su liderazgo pedagógico. Sus planteamientos educativos eran realmente diferentes a los que mantenían por lo general el conjunto de los profesores. Mientras unos, sobre todo en los exámenes, se esforzaban en demostrar al alumno lo poco que sabia, lo cerril y lo inútil que era, preguntándole las cosas más raras, insólitas o absurdas, que además tenían la virtud de desmotivar a cualquiera y generar frustración y desánimo, él buscaba cómo utilizarlos para que los chavales se animasen a estudiar: se encargaba de decirnos lo que iba a “caer” en el próximo examen: “de estos ocho autores –y los citaba– cuatro caen”. Todo el mundo se machacaba los ocho autores y garantizaba una buena nota.
Cuando preguntaba lo hacia siguiendo un orden prefijado –alfabético o de ubicación en clase–, todo el mundo sabía la pregunta que le iba a tocar con tiempo suficiente para aprendérsela bien. Como aquello solía ir muy rápido no era infrecuente que en una clase te preguntasen dos veces. Los trabajos los podías entregar en cualquier formato: papel suelto, cuaderno, limpio, sucio… lo importante era traerlo hecho, haber pensado en aquello que nos había pedido. Conocedor de la ley del mínimo esfuerzo que aplican una gran mayoría de estudiantes, sabía optimizar el tiempo que el alumno dedicaba a la asignatura para obtener el mejor rendimiento. Para él todo aquello de hacer exámenes, preguntar en clase, presentar trabajos, no era un fin en sí mismo, sino recursos estratégicos, a veces pienso que estratagemas, para que todo el mundo le dedicase tiempo a su asignatura y aprendiese pasándoselo bien. Estaba claro que sabía sacar lo mejor de cada uno. Aquello de que la letra con sangre entra no rezaba con él y demostraba día a día que se podía enseñar y aprender en un ambiente amable y cordial, no es extraño que sus clases resultasen enormemente amigables, se esperasen con agrado y se pasasen en un abrir y cerrar de ojos. Creo que fue el único maestro que, en aquella época, nos trataba como personas adultas. Aquello nos hacia sentirnos importantes a la vez que responsables. Éramos los mayores en el colegio y él nos lo hacía saber y sentir. Su capacidad de relación o de aproximación emocional a los alumnos era importante, en algunos aspectos te recordaba a un verdadero padre… Creo que le divertía tener que dar clases en dos colegios próximos de chicas y chicos jóvenes. Con frecuencia nos hacia partícipes a ambos de lo que ocurría en el otro centro y a veces se prestaba a hacer de recadero. Sabíamos, él en algunos momentos nos hizo algunas confidencias, que esta forma de hacer pedagogía: sin autoritarismos, paternal y con una visión positiva del ser humano, no era del agrado de las direcciones de los centros y que ello le causaba algunos contratiempos. Todo aquello que aprendí me sirvió años después de gran ayuda en mi época dedicado a la enseñanza. Pude comprobar cómo con éste tipo de prácticas un alumno a lo largo de un curso es capaz de dominar una asignatura. Muchos años más tarde, un día, nos encontramos paseando por la calle; sentí la necesidad de hacerle partícipe de todo cuanto nos había enseñado y que hoy cuento. Creo que los dos nos emocionamos con aquel recuerdo. Para él, in memóriam, mi reconocimiento como auténtico maestro y mi agradecimiento por sus desvelos.

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