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Escrito por Susana Zorraquino 01/12/2011
No es un río, no es un lago, no es la costa. Para hablar de la instantánea que acompaña estas líneas hay que remontarse años ha, cuando muchas de las calles de la ciudad todavía eran de barro y el alcantarillado prácticamente se reducía a una rejilla. Esta fotografía está tomada en la plaza Gálvez en 1976. Ahora queda solo en la memoria y en los álbumes pero antaño este foro era conocido por las inundaciones producidas únicamente “por llover un poco más de la cuenta”, como recuerda un vecino que por entonces vivía en la aledaña calle Capellanes, Paco Rodríguez (Chamusca). Unas gotas de más provocaban “riadas procedentes del barrio de La Alhóndiga –situado más alto– que bajaban hasta casi la misma puerta de la Base Aérea”.
En la plaza Gálvez el agua en ocasiones podía alcanzar el metro, ya que el cacerón, como así se conocía (un arco que hacía las veces de desagüe), de la calle homónima se quedaba atascado con los plásticos y basura que arrastraba la lluvia. El agua entraba también en algunas viviendas y los vecinos, la mayoría con lágrimas en los ojos, cogían cubos para achicarla. Esta es una imagen que muchos de los que por entonces eran niños y se enfundaban unas botas catiuscas (de goma) en los pies para bajar a la calle no olvidarán jamás. “Era un desastre pero nosotros, cuando éramos pequeños, lo llegábamos a ver algo divertido”, recuerda uno de ellos. Aunque también veían tristeza. Había una señora que vivía junto a la serrería existente en esos años “que salía llorando y con las manos en la cabeza porque en su casa el agua sucia llegaba por las rodillas”. En la fotografía, aparte de un Seat 1.500, un Simca 1.200 y una furgoneta Mercedes de la época, hay varias lecheras que la riada de aquel día de finales de los setenta se llevó por delante. Y es que el edificio que en la imagen aparece a la izquierda albergaba en aquellos años la lechería de Juanito el lechero. En la otra construcción que se observa en la imagen, con fachada encalada, vivían varias familias; hoy, haciendo esquina se encuentra la reprografía Copysell. Vecinos también de esa plaza eran Los Tararos, una conocida familia del pueblo, que hoy continúa en hijos y nietos, dedicada durante años a sacar escombros y llevar arena con un volquete y una mula. Igualmente, por ampliar la visión del ruedo, las ventanas de los talleres de la fábrica Electroplast daban a la plaza.
Paco El Chamusca vivió en ese barrio unos treinta años pero su recuerdo de la plaza no se queda únicamente en las inundaciones. Un par de veces al año aparecía otro elemento (haciendo referencia a los griegos): el fuego. Con motivo de San Antón y San Juan, y durante mucho tiempo, ese lugar fue escenario de hogueras y jolgorio entre vecinos. Poco a poco el asfalto fue sustituyendo al polvo y un alcantarillado adecuado se fue haciendo hueco en un pueblo que pronto comenzaría a tener forma de ciudad (aunque para todos seguirá siendo su pueblo). Durante la década de los 70, la población se dobló en número (en el 79 la cifra se colocó en 129.342 habitantes) y se sentaron las bases para dar el salto definitivo del campo a la industria.

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