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La paella de Escribano PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Raquel González   
jueves, 04 de marzo de 2010
Día de fiesta, de asueto, de relax… y de paella. Todo está preparado, listo y dispuesto para que José Escribano y sus amigos pasen un día en el campo. La idea partió de José Mingo Guerrero. ¿Y por qué no nos vamos un día de comida? Y todos se pusieron manos a la obra. Por allí andaba José Cifuentes Miñaca, Guillermo Fernández, Fernando García que era un gran amigo del que fuera alcalde Ángel Arroyo, y otros más. Y necesitaban un vehículo. Ahí estaba el hijo de Juanito el Lechero, Enrique Valverde Deleito para poner el carro con la mula que les llevaría hasta la zona de Arroyo Culebro, en medio del campo, en la zona de La Marañosa. “También se encargó de poner el conejo”. Pero la mano de obra era de José Escribano. Su primera paella de conejo. “Mi madre guisaba muy bien, y me lo explicó paso por paso”. Y ahí estuvo media mañana con la paleta dando vueltas al guiso. “¡Me salió muy buena! Teníamos buen apetito”. No era de extrañar, después de haberse pasado media mañana jugando al fútbol. “Mingo quería que entrara con él en un equipo que montó: el Liberia, o el Hesperia… no lo recuerdo bien”. Pero no se animó. Después Mingo jugaría en el Club Getafe Deportivo como portero. A Escribano le gustaba más pasear. Con otro amigo se iba andando “hasta Perales, luego a la Marañosa y acabábamos en Pinto”. En seis horas. Todo un paseo. Eran años duros. Principios de la década de los cincuenta. Estos jóvenes que posan junto a una paella y un carro, contaban con 20 años. “Habíamos pasado una época de mucha hambre”. Escribano llegó a Getafe con tres meses. “Nací el 10 de enero del 32 y en abril nos trasladamos a esta ciudad”. Su padre Doroteo Escribano Perea, era ferroviario en la Estación Larga. Pero cuando llegó la guerra “le pilló en la zona roja y se lo llevaron a la cárcel”. Suerte que por mediación de un cuñado “que era uno de los chóferes de un general de Franco”, apenas pasó un par de años encerrado. “Estuvo en Yeserías y después le mandaron a Mallorca para organizar una obra de tren”. Precisamente en un vagón de tren en La Alhóndiga vivió durante algún tiempo la familia Escribano. “Las casillas las habían tirado durante la guerra y nos acomodamos en un vagón que había abandonado”. Eran 10 hermanos. Las habitaciones se habilitaron con cortinas y “teníamos una estufa de carbón con un tubo que salía por fuera: ahí hacíamos los guisos”. Y para la leña no había problemas: “Renfe nos daba las traviesas de la vías para quemarlas”.
Fotos cedidas por José Escribano
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