Desprecio

GETAFE/La piedra de Sísifo (26/06/2018) – No sé si será un defecto o una virtud, imagino que ambas cosas o ninguna, pero no me cuesta empatizar con los demás, me sale de modo natural y no le pongo ningún interés en disimularlo. Sin embargo, hay determinados personajes indignos a los que, lejos de empatizar, aborrezco con dedicación plena: Todos aquellos que se complacen en hacer daño gratuitamente a los demás.

Me generan una repugnancia atroz, sin paliativo posible, los cinco subhumanos de la autodenominada Manada: Han sido denunciados, juzgados y condenados por violar en grupo, repetidamente y con ensañamiento a una joven de 19 años en los Sanfermines de 2016 y, aunque la sentencia fue excesivamente benévola al no valorarla como agresión sexual (violación) y no apreciar la evidente intimidación y superioridad física de cinco energúmenos sobre una sola mujer, al menos fue una sentencia condenatoria cuyo recorrido se conocerá en los recursos presentados y los apartaba de la calle teniendo, como tienen, otras causas pendientes por parecidas tropelías. Siendo estos hechos de una gravedad infinita, me producen unas incontrolables arcadas los previos donde se retrata una premeditación y absoluto desprecio por las mujeres, manifestando su intención de “violar” y aludiendo al uso de drogas para facilitar su perpetración. Ahora bien, donde mi perplejidad da paso a espumarajos de indignación y desprecio, es en que, después de estar detenidos y siendo conscientes (si su cerebro menguado diera para ello) del daño causado, ponen un detective a la víctima para hurgar en su vida privada y emplear en su defensa las conjeturas más retorcidas y viles de que fueron capaces, auxiliados por un abogado de dudosa deontología.

Otro personaje siniestro, cuya sola visión despierta en mí oscuras emociones de las que no era consciente, es el del torturador franquista conocido como Billy el Niño y cuyo nombre real es Antonio González Pacheco. Este despojo humano disfruta como si fuera una persona honorable de una jubilación pública, por su condición de funcionario, dopada con una condecoración franquista por los servicios prestados a la dictadura como afamado torturador de toda persona de izquierda que caía en sus garras. Conocido es su sadismo frío y sin sentimientos, capaz de proferir el máximo daño físico procurando, a la vez, humillar y destrozar psicológicamente a sus víctimas. Un elemento que, como mínimo, debería estar encarcelado y en la miseria, no paseando por el centro de Madrid impecablemente trajeado como si fuera un ciudadano de pleno derecho de esa democracia cuyo advenimiento él se esforzó en torpedear.

Hay, evidentemente, más casos pero estos son los que tienen hoy relevancia mediática. Procuremos que, si a lo largo de nuestra vida, alguna vez nos topamos con cualquiera de ellos, no nos produzcan temor sino que, al contrario, sean ellos los que huyan presas del pánico. Dicen que es bueno exteriorizar determinados pensamientos tóxicos porque, de no hacerlo, se pudren por dentro con evidente perjuicio para nuestra salud mental y, una vez hecho patente nuestro desprecio, centrémonos en el objetivo que nos mueve cada día: Ser felices.

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