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La derecha y el poder

El poder es como un violín. Se toma con la izquierda y se toca con la derecha.
Eduardo Galeano

GETAFE/Todas las banderas rotas (26/02/2020) – El 9 de marzo de 1929 el dictador Miguel Primo de Rivera mandó publicar una nota en la que, para agradecer la campaña de suscripción nacional organizada por el propio régimen para recompensarle por “sus sacrificios por la patria”, decía que el propósito de tal suscripción era ofrecerle “una casa que fuera albergue decoroso de mi obligado descanso tras la ruda lucha de estos años y solución adecuada del vivir de mi familia”. Viene de lejos, como puede verse, la idea que tienen los representantes de la derecha de que el pueblo les debe algo por sus desvelos y, además, de que eso es lo natural: unos están para mandar y otros para ser mandados, los primeros reciben honores y regalos de los segundos y estos, desprecio y represión de los primeros.

Se ha escrito mucho –yo mismo lo he hecho- sobre el sentimiento de propiedad que la derecha tiene respecto del poder; de que, cuando quien lo alcanza es un partido que no es de los suyos, se comporta como si le hubieran robado algo que, por derecho, le pertenece.

El último ejemplo lo ha protagonizado Pablo Casado, líder del PP, al salir de la entrevista que, el pasado día 17, mantuvo con Pedro Sánchez, presidente del Gobierno. Repito: el líder de un partido de derechas en la oposición con el presidente de un Gobierno de izquierdas elegido mediante votación democrática por la ciudadanía. Bien, pues, como digo, a la salida de esa entrevista declaró ante los medios de comunicación que, si el presidente del Gobierno quiere que el PP acceda a dialogar sobre financiación autonómica, pensiones, renovación de instituciones y tantos otros asuntos que están pendientes de resolver, debería renunciar a la subida de impuestos, al diálogo con los independentistas catalanes –lo que incluiría, dijo, hacer efectivas de forma inmediata la suspensión de la mesa de diálogo acordada con ERC y la inhabilitación del president de la Generalitat-, la no modificación del Código Penal, que no sea nombrada Dolores Delgado como Fiscal General del Estado, la ruptura de relaciones con Venezuela, que no se mueva ni un solo artículo de la reforma laboral, que se retire el proyecto de ley de eutanasia… Y también dos huevos duros.

Como se ve, lo que pretende el líder de un partido de derechas al que las urnas llevaron a la oposición es que el Gobierno –legítimo, por más que les pese – no lleve a cabo su programa, esto es, las políticas económicas, territoriales y de todo orden para lo cual fue elegido, sino que asuma las suyas, las del partido que no ganó las elecciones pero que parece que está convencido de que eso fue un mero incidente que no hay que tener en cuenta, porque el poder es suyo digan lo que digan las urnas y los ciudadanos.

Ocurre igual con la posición de Vox y el asunto del pin-censura parental. En Murcia, en Madrid, en cualquier sitio donde pueden hacerlo le dicen al gobierno legítimo: si quieren presupuestos, han de cumplir con lo que dice el programa de Vox. En ambos casos lo que, de otro modo, nos dicen es: pero, ¿quién creéis que manda aquí? ¿Pensáis que por haber ganado unas elecciones nos vais a quitar lo que es nuestro?

Lo que hace el PP no es plantear una alternativa, por mucho que se llene la boca proclamando que es un partido de gobierno, sino pelear con Vox por la herencia –los votos- ya que no puede haber dos amos de la misma: uno lo hereda todo y el otro, parece que siguiendo la tradición del Derecho Foral de Aragón, se queda para “tión”.

Y, en otra demostración de hipocresía, mientras se proclama partido de gobierno y reparte carnés de constitucionalismo, lo que consigue es que el sistema constitucional no funcione al impedir que el Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo, el Consejo General del Poder Judicial y otras instituciones se renueven tal como establece la Constitución. Porque el poder es suyo y la Constitución también.

A la ultraderecha que padecemos, se llame PP o Vox –Ciudadanos ya no cuenta-, le importan cosas distintas a lo que a la gente le interesa y preocupa; por ejemplo, ¿a qué trabajador español que lucha por un salario digno, porque le paguen las horas extra o, simplemente, por tener un trabajo que le permita llegar a fin de mes, le importa lo más mínimo lo que ocurrió en Barajas entre la vicepresidenta venezolana y el ministro Ábalos? Pero esa ultraderecha no tiene como objetivo de su acción política mejorar la vida de las personas sino hacer que vivamos de la forma que ellos consideran que es correcto. Por eso, nos dicen que la vida comienza en el momento de la concepción; que solo la unión legal entre un hombre y una mujer se puede llamar matrimonio; que los hijos son de los padres; que la muerte nos llegará cuando Dios –su dios- quiera y no tenemos derecho a decidir cómo y cuándo queremos morir… Y lo que es muchísimo más importante para ellos y más grave para los demás: sobre esas cuestiones, como son de derecho natural o divino, nadie tiene derecho a opinar otra cosa, no puede legislar ningún parlamento, ningún gobierno puede establecer norma alguna. Así lo exige la Iglesia Católica y, para el PP y el resto de la ultraderecha, los dogmas están por encima de las leyes.

Por eso esta ultraderecha nuestra, de sacristía, medieval, ultranacionalista (española) y ajena a otras derechas civilizadas europeas, como pueden ser las que representan Macron o Merkel, cuando pierde el poder, se encuentra desubicada, se ahoga como pez fuera del agua.

Si fueran patriotas como dicen, mirarían al futuro, pensarían en qué es lo que más  conviene a los españoles –no tanto a España- y, sin renunciar a hacer una oposición todo lo enérgica y dura que consideraran conveniente ni a alcanzar el poder cuando los ciudadanos quieran otorgárselo, permitirían que fueran gobernados aunque no lo hicieran ellos. Pero eso es tanto como pedir peras al olmo.

P.D.:

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
(…)
Porque soy como el árbol talado que retoño:
Aún tengo la vida.

“Para la libertad”, de Miguel Hernández.
Mi homenaje al poeta que la ultraderecha quiere expulsar de nuestra memoria, porque también de la memoria quiere apropiarse, pero no lo conseguirá.

1 Comment

  1. Vicente

    26 febrero, 2020 at 17:40

    Estos»señores»que han gobernado España, como si fuera su cortijo no asimilan que ha habido elecciones y el pueblo ha dicho basta, quieren llevarnos a los años de tiniebla, y oscuridad, mientras en Europa hacen cortafuegos, para que el facismo no entre en las instituciones los salva-patrias, les allanan el camino son iguales que ellos son cómplices, Aznar ha vuelto el racismo está presente