LA CHEVELA: LA PREGONERA QUE DETENÍA EL TIEMPO EN GETAFE

GETAFE/Ruta de la memoria (31/03/2026) – La historia de las ciudades no siempre se escribe con tinta en los grandes libros de actas municipales; a menudo, se forja a pie de calle, en el polvo de los caminos sin asfaltar y en las voces que articulaban la vida cotidiana de los vecinos. Para comprender el alma del Getafe de mediados del siglo XX, es imprescindible viajar a una época anterior a la inmediatez de internet, a los teléfonos móviles e incluso a la popularización de la radio en los hogares. En aquel Getafe de posguerra, eminentemente agrícola, rural y de distancias cortas, la información vital fluía a través de una institución humana indispensable: la pregonera. Y en ese oficio, ninguna figura alcanzó la categoría de leyenda urbana como lo hizo Fernanda Torrejón, inmortalizada para siempre en la memoria colectiva bajo el apodo de La Chevela.

El ritual de la garrota: Un silencio absoluto

Físicamente, quienes tuvieron el privilegio de verla la describen como una mujer imponente, de rostro curtido por el sol y los inviernos de la meseta, siempre ataviada con ropas oscuras y austeras, propias de la época. Pero su verdadero símbolo de poder, su cetro indiscutible, era una gruesa garrota de madera que la acompañaba a todas partes.

La Chevela no necesitaba micrófonos ni altavoces. Su método para captar la atención era un espectáculo en sí mismo, un ritual que paralizaba literalmente la vida del municipio. Cuando Fernanda decidía que había llegado el momento de emitir un bando, se situaba en lugares de máxima confluencia, como la céntrica calle Madrid, la Plaza de la Constitución o las confluencias cercanas al mercado. Una vez allí, alzaba su vara y asestaba un golpe seco, rotundo y violento contra el empedrado.

Ese sonido era una orden que nadie osaba desobedecer. Las anécdotas de los más veteranos del lugar ilustran el respeto casi reverencial que infundía:

En el Museo Virtual de Getafe, se indica que, al resonar el golpe de la garrota, el carnicero del mercado dejaba el cuchillo suspendido en el aire, a punto de filetear la carne, para no hacer el más mínimo ruido que impidiera escuchar el mensaje. Las mujeres que se arremolinaban en los lavaderos públicos, un hervidero habitual de chismes y conversaciones cruzadas, acallaban sus voces de forma instantánea.
Los chiquillos que correteaban asilvestrados dándole patadas a una pelota de trapo se quedaban inmóviles, como estatuas de sal.
Solo cuando se hacía un silencio sepulcral, Fernanda llenaba sus pulmones y lanzaba al aire su voz ronca, clara y de una potencia descomunal, comenzando invariablemente con la fórmula de rigor.

De mulas perdidas a pescado fresco

La Chevela era mucho más que una simple transmisora de ordenanzas municipales o avisos de cortes de agua. Ella era el auténtico termómetro social de Getafe, la red social que conectaba las necesidades de unos vecinos con otros. Sus pregones abarcaban toda la tragicomedia de la vida local, y las anécdotas sobre sus anuncios dibujan un retrato costumbrista fascinante. En un Getafe agrario, perder un animal de tiro era una verdadera tragedia económica. Cuando esto ocurría, el agricultor acudía a Fernanda. Ella se encargaba de pregonar la pérdida dando descripciones exactas y pintorescas del animal: “Se hace saber que se ha extraviado una mula parda, con una mancha blanca en el cuarto trasero. El que la entregue en la casa del tío Paco será gratificado”.

Las amas de casa dependían de ella para organizar la despensa. Si la pescadería recibía una carga excepcional de besugos llegados de la costa, La Chevela se encargaba de anunciarlo a los cuatro vientos. Igualmente, notificaba la llegada de oficios itinerantes, como el afilador de cuchillos, el paragüero o los vendedores de telas, provocando que las mujeres salieran apresuradas a los portales. Desde una cartera con la exigua paga de la semana hasta unas gafas o unas llaves. La Chevela era la oficina de objetos perdidos ambulante. Si alguien encontraba algo de valor, se lo daba a ella, que lo pregonaba hasta dar con el dueño.

La Chevela también era la encargada de anunciar los fallecimientos y las horas de los entierros. Quienes la recuerdan aseguran que, para estos trances, modulaba su voz potente hacia un tono más pausado y respetuoso. Recorría las calles de tierra informando de la pérdida de un convecino, y gracias a ella, Getafe entero podía acompañar a la familia en su dolor. Se decía habitualmente que “sin La Chevela, nadie se enteraba de quién se iba al otro barrio”.
Para sobrevivir en un trabajo tan expuesto, en una época de escasez y en una sociedad profundamente machista, Fernanda tuvo que forjar un carácter de hierro.


El relevo del talento: El galardón de Getafe en Corto

Getafe ha evolucionado hasta convertirse en una gran metrópoli del sur de Madrid, dejando atrás las calles de tierra y los carros de mulas. La voz de La Chevela hace mucho que se apagó físicamente, pero su figura se ha transmutado en el símbolo definitivo de la cultura y la narración en la ciudad.
En un hermoso acto de justicia poética, el prestigioso festival de cortometrajes Getafe en Corto decidió que no existía un emblema mejor para representar la esencia de contar historias. Por ello, el galardón que se entrega a los cineastas premiados en cada edición no es otro que un busto de ‘La Chevela’.

Este premio cierra un círculo histórico perfecto. La estatuilla inmortaliza el rostro curtido de Fernanda y su actitud firme. Al entregar este busto a los nuevos creadores, Getafe traza un hilo inquebrantable entre el pasado y el futuro: aquella mujer pionera, que utilizaba la vibración de su voz para narrar la realidad diaria de sus vecinos, ampara ahora con su efigie a los directores, guionistas y actores que utilizan las cámaras para proyectar sus relatos al mundo. El busto de La Chevela recuerda a cada cineasta galardonado que el séptimo arte, al igual que los antiguos pregones a golpe de garrota, nace de la imperiosa y eterna necesidad humana de comunicarnos, de hacernos oír y de compartir nuestra historia.

Roberto Jiménez Gómez

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