
GETAFE/Todas las banderas rotas (07/04/2026) – Donald Trump, ha declarado hace unos días al Financial Times que su “preferencia sería apropiarse del petróleo” de Irán. “Para serles sincero, lo que más me gustaría es apoderarme del petróleo de Irán”, ha dicho, aclarando de una vez por todas, por si a alguien le quedaba alguna duda, cual es su verdadera motivación para embarcarse en esta guerra; además, es coherente con el enfoque que, desde el principio, ha dado a su presidencia: empresarial, no política; todo lo demás son subterfugios o trampantojos.
Lo peor es que la compleja personalidad de Trump ha convertido lo que podría haber sido un conflicto armado circunscrito a una zona más o menos amplia pero local, en una guerra generalizada que, si nadie lo remedia, puede alcanzar un ámbito inimaginable.
El presidente estadounidense se unió con entusiasmo a la locura que le propuso su amigo Netanyahu espoleado por las perspectivas de grandes beneficios sin escuchar, según dicen muchos analistas, a los asesores militares que le advirtieron de los peligros y de los efectos negativos que, con seguridad, tendría para su propio país.
Tampoco le importó cometer errores cuyas consecuencias se están manifestando según pasa el tiempo. Por ejemplo, no consultó a sus aliados y, una vez iniciada la operación militar, exigió a estos que, como miembros de la OTAN, le acompañaran ignorando –conscientemente o no- el texto del Tratado que comienza con esta frase: “Las Partes de este Tratado reafirman su fe en los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y su deseo de vivir en paz con todos los pueblos y todos los Gobiernos”. Y su artículo 1 que dice: “Las Partes se comprometen, tal y como está establecido en la Carta de las Naciones Unidas, a resolver por medios pacíficos cualquier controversia internacional en la que pudieran verse implicadas de modo que la paz y seguridad internacionales, así como la justicia, no sean puestas en peligro, y a abstenerse en sus relaciones internacionales de recurrir a la amenaza o al empleo de la fuerza de cualquier forma que resulte incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas”. Es decir, la OTAN se somete, desde su inicio, a los principios de la ONU -con la que Trump tampoco ha contado y a la que quita autoridad y fondos continuamente- y se compromete a no recurrir a la amenaza o al empleo de la fuerza; lo que Trump ha hecho, por el contrario, es actuar en contra de los principios de la ONU y de la letra y el espíritu del Tratado de la OTAN.
El artículo 4 de este dice que: “Las Partes se consultarán cuando, a juicio de cualquiera de ellas, la integridad territorial, la independencia política o la seguridad de cualquiera de las Partes fuese amenazada”, consulta que EEUU no ha llevado a cabo como digo más arriba; Trump primero ha actuado siguiendo exclusivamente su voluntad y solo cuando la acción militar estaba en marcha, ha pedido –más bien ha exigido- que los demás miembros del Tratado le apoyaran. Pero, además, ¿qué amenaza había para la integridad territorial, la independencia política o la seguridad de EEUU? Ninguna.
Por otra parte, el artículo 5 del Tratado es muy claro al establecer que: “Las Partes acuerdan que un ataque armado contra una o más de ellas, que tenga lugar en Europa o en América del Norte, será considerado como un ataque dirigido contra todas ellas, y en consecuencia, acuerdan que si tal ataque se produce, cada una de ellas, en ejercicio del derecho de legítima defensa individual o colectiva reconocido por el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, ayudará a la Parte o Partes atacadas…”. Tal como aquí se lee, hay tres condiciones que Trump no ha cumplido y que son necesarias para que los aliados estuvieran obligados a ayudar a los estadounidenses: una, no ha habido ningún ataque armado a ninguna de las partes firmantes, Estados Unidos, por supuesto, no ha sido atacado por ningún otro país; dos, la acción emprendida por Trump no tiene lugar en Europa ni en América del Norte; tres, al no haber ataque previo, no se da el supuesto de legítima defensa reconocido en el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas. Este artículo 5 del Tratado OTAN termina con las siguientes frases: “Cualquier ataque armado de esta naturaleza y todas las medidas adoptadas en consecuencia serán inmediatamente puestas en conocimiento del Consejo de Seguridad. Estas medidas cesarán cuando el Consejo de Seguridad haya tomado las disposiciones necesarias para restablecer y mantener la paz y la seguridad internacionales”. La primera condición –comunicar los hechos al Consejo de Seguridad- ha sido incumplida por EEUU, por lo que tampoco podrá cumplirse la segunda.
De todo lo dicho hasta aquí, y del propio texto del Tratado, se desprende lo que todos los analistas saben desde siempre: la OTAN es una organización defensiva, creada para proteger a cualquiera de sus miembros que sea atacado, en ningún caso tiene facultades para iniciar ninguna guerra; por tanto, si alguno de sus miembros inicia o provoca un conflicto armado (como es el caso), no está legitimado para, apoyándose en el Tratado OTAN, pedir a los aliados que le sigan y, a sensu contrario, no solo es razonable sino obligado que el resto de los firmantes del Tratado nieguen esa ayuda. Esta es la razón por la que España niega todo apoyo al atacante y no se entiende que el PP que presume de partido de estado, no aproveche esta ocasión para demostrarlo y esté en contra de la única posición aceptable desde el punto de vista del derecho internacional; el PP debería optar por demostrar que es partido de estado apoyando al gobierno por mucho que le cueste, o situarse –igual que Vox- como partido antisistema apoyando a quien incumple el derecho internacional.
Si el secretario general de la OTAN no fuera Mark Rutte probablemente le habría explicado a Trump estas cosas, quizá incluso le hubiera hecho ver que atacar a Irán no solo era una ilegalidad sino un tremendo riesgo para toda la humanidad. Pero estamos en manos de un genocida –Netanyahu-, un megalómano irresponsable –Trump- y un inepto igualmente irresponsable –Rutte-. Y, por si no fuera suficiente, tenemos a Putin el invasor.
Suele decirse que en una guerra todos pierden pero no es cierto. Pierden siempre los que mueren, los que sufren la muerte de sus hijos, los que tienen que dejar su tierra, los que ven destruidas sus casas y propiedades: en las guerras actuales provocadas por Trump, Netanyahu y Putin, pierden los palestinos, los libaneses, los iraníes y los ucranianos. Y ganan siempre los que venden armas, los que especulan con el petróleo y las materias primas, los que esperan como buitres el negocio de reconstruir lo destruido: aquí y ahora, Trump, su familia y sus amigos.