La Posverdad y otras miserias

GETAFE/La piedra de Sísifo (10/07/2018) – En estos tiempos convulsos observamos cómo, de un día para otro, nos asalta una palabra, un término, un concepto nuevo acuñado en ese engendro engañoso que Orwell dio en llamar Neolengua y, sin mediar provocación, se adueña de determinadas situaciones con poderío y mando en plaza. Así ha sucedido, por ejemplo, con “empoderar” que en muchos casos se emplea suavizando el término real, “usurpar” aunque con el agravante de que, como se suele tratar de prerrogativas a cargo de la administración, en algunos círculos está hasta bien visto hacer uso personal de lo que antes era de todos, siempre a mayor gloria del “empoderado” de turno. A estas piruetas del lenguaje siempre se las llamó “eufemismos” pero, ya sabes, todo lo que tenga que ver con Grecia ha caído en desgracia.

La palabreja que ahora vemos hasta en los envases de chucherías es “posverdad”, que uno se pone a pensar y deduce rápidamente su procedencia: “Pos verdad, lo que se dice verdad, no es…”; aunque esta conclusión sea un “error coherente” como los conocidos “altobús” o “esparatrapo”, en realidad proviene del inglés Post-truth, empleado por primera vez en un editorial de The Economist, y resume una mezcla de mentira y patraña expresada desde la influencia de las vísceras, que no del cerebro. Buena parte de los rumores que antes procedían de “Radio-Macuto”, con mala intención o para hundir la reputación de alguien, ahora se llaman “pinceladas de posverdad” y de eso, por ejemplo, la campaña de Trump estuvo plagada. Las redes sociales son un caldo de cultivo ideal para el florecimiento de cualquier burrada que le convenga difundir a un colectivo determinado en contra de otro personaje de naturaleza, casi siempre, pública y normalmente son de imposible demostración, para que entre en juego el célebre “cuando el río suena…”.

Para escribir a escala local hay que moverse con ligerísimos pies de plomo, ligerísimos para no dejar huella y de plomo para asegurar cada paso que das, y, aun así, siempre habrá quien se ofenda infinitamente porque has empleado un artículo que denota género o un adjetivo interpretable, sin entrar en el fondo del artículo en cuestión. Eso no sucede con los rumores, maledicencias y denuestos gratuitos e interesados, que de inmediato adquieren categoría de “verdad ocultada” y, a poco que alguien los intente desmentir, surtirá el efecto contrario y acabará cincelada como epitafio en la tumba del personaje en cuestión.

Las últimas décadas han estado trufadas de posverdades que, ignorantes de nuestra sabiduría popular, no sabíamos que lo eran. Los “Fulanito se mete cocaína por kilos”, “Menganito tiene ocho chalés en la playa”, “Zutanito se llevó a Suiza todo lo que robó” o “Talesiano se acuesta con la mujer (o el marido) de Pascualesiano” nos han acompañado con frecuencia recurrente y, los receptores de estos mensajes, podrán olvidar que Fulanito, Menganito, … había inventado la penicilina pero siempre recordarán que se “fumaba el papel pintado de su habitación”, porque colocaba más que los porros y me lo dijo Mentírez, que tiene un primo y sabe de lo que habla.

Lo gracioso de este asunto es que a la posverdad no la podemos llamar abiertamente mentira pero, si la desmentimos con una “posmentira”, se volverá en nuestra contra. Un lío, vaya. Lo que es verdad y de la buena, es que te deseo que seas feliz.

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