«Me desahuciaron de las tinajas»

miriam_dic2015Miriam llega con su bolso lleno de papeles y los ojos de lágrimas. Las carpetas sobre la mesa se suceden: violencia de género, divorcio, violación, servicios sociales, CAID… «Yo era una persona normal, como tú. Tenía un piso, que llevaba 17 años pagándolo; tenía pareja, dos hijas». La historia de Miriam escondía detrás un caso de malos tratos en el hogar: violencia de género «bastante fuerte. Le pillaron pegándome en la calle. Yo no quería denunciarlo porque me daba miedo, pero la policía me dijo que tenía que denunciar, que ellos lo habían visto cómo me pegaba. Venía de trabajar con el uniforme de Securitas. Venía con el uniforme hecho pedazos, lleno de sangre, mi hijas por la calle en pijama, corriendo a las dos de la mañana: mamá, mamá…». Las lágrimas le impiden seguir contando su historia. Vanessa Lillo, que la acompaña a la entrevista, le da ánimos: «Eres una mujer muy fuerte».

«Murió maldiciéndome»

Todo fue muy rápido. Hospital y una orden de alejamiento que en un principio él «se tomó a broma. Me tenía martirizada». Pero al final «cogió miedo y se fue a Huelva». Volvió enfermo y poco después murió. «Murió diciéndome hija de puta, te vas a quedar en la calle, yo me muero pero tú vas a sufrir toda tu vida.  Y maldiciéndome». Miriam había salido de un infierno, pero había comenzado otro porque él había dejado de pagar el piso. «De la letra de 750 euros solo alcanzaba a pagar 500».

Los impagos se sucedieron y la deuda creció exponencialmente. «Hasta que me vino el papel de la subasta. Yo estaba débil, no podía hacer nada, solo esperar a que me echaran. Y vinieron y encontraron la casa perfectamente. Irónico, pero me hicieron firmar un papel como que la casa la dejaba bonita. Mi casa era bonita y era apta. No me había dedicado a romper paredes». La voz vuelve a quebrársele cuando recuerda el que era su hogar. Pasa por delante de la que era su casa en Avenida de las Ciudades y mira con resignación. «Otros la disfrutarán. Dejar mi casa fue un palo muy grande». .

Perdió el trabajo que tenía «porque estuve muchos meses de baja. La depresión podía conmigo. Y cuando volví estuve trabajando un mes y ya me dijeron que me despedían. Yo estaba tan mal, tan mal, que por mucho que les lloré, me hicieron firmar y santas pascuas. No he vuelto a encontrar nada». En la calle, sin trabajo, sin casa… «Lo que he hecho ha sido empeorar físicamente. Cogí una depresión enorme. Me levanto porque tengo que levantarme pero la vida para mí ya no es lo mismo. Estoy tratada por psiquiatras, psicólogos, y tengo un 67% de minusvalía. Si yo estuviera bien, ojalá pudiera trabajar, pero lo único que hago es llorar».

«En la calle me moría de calor y de frío»

miriam2_dic2015La calle ha sido su pesadilla. «Los guardias me tiraban de todos los sitios en los que me sentaba. Me metía en un cajero, me tiraban; me sentaba en un portal, me tiraban; me decían que no se podía vagabundear, tampoco podía estar ni de pie. Hasta que un día me metí en las tinajas. Como pude. Me metí un colchoncillo y una manta y allí estuve casi un año», en la rotonda de Getafe Norte. «Lo pasé fatal, horrible, horrible. Me moría de calor con 50 grados y de frío en invierno». Los vecinos le llevaban tarteras de comida o un simple café con leche. «Pasé de todo: hambre, frío, calor, hacer mis necesidades en una bolsa y tener que guardarla. Me han violado, me han dado palizas y me he visto acabar en un poblado calentándome en una hoguera: cosas inverosímiles que yo jamás me hubiese imaginado. Jamás».

Pero de las tinajas «también me desahuciaron. Como el desahucio de un piso, igual. Policía, camiones de LYMA, como si yo fuera una yonki, una pordiosera, todos allí limpiando… me desahuciaron de las tinajas un día que estaba nevando, que hacía un frío, horroroso, en febrero». Y tomó la determinación de que no podía estar más en la calle. «No quería hacer daño a nadie: me metí en un piso abandonado, sin ventanas, sin luz, sin agua…». Pero incluso de allí la han intentado echar. «El piso está destrozado, tiene más de 40 años y lo tenía cerrado, pero tiene propietario y lo quiere». Ni siquiera el juez ha tenido valor para echarla de allí y ha instado a que se busque una solución. «Ahí estoy, metida en un piso viejo, con un colchón, mantas y mis maletas». Y con un pequeño amigo. «Tengo un gatito chiquitito, que me hace compañía, y me dicen que deje el gatito y me meta en algún lado, pero yo no tiro a mi gatito».

«Que no me dejen, que ya caí una vez en las drogas»

Lleva el peso de no haber podido ayudar a sus hijas. «Yo las tenía que proteger, las tenía que cuidar, pero las perdí… las tengo ahí, pero las perdí. Voy a cumplir 50 años y no puedo seguir así. Mis hijas han sufrido un montón, porque han visto a su madre en la calle». Tampoco llevan a una vida fácil y una de ellas sufrió violencia de género. «Casi la mata, la clavó un cuchillo». Vive en Las Margaritas y está empadronada en el centro cívico del barrio. «Allí viven mis hijas, las puedo ver, veo a mis nietos».

miriam3_dic2015Trata de buscar ayuda, pero «la única que me ha hecho caso es Vanessa (Lillo)». Solo pide «una oportunidad en la vida, por favor, que no me dejen, que ya caí una vez en las drogas y no quiero volver a caer. Que estoy muy débil y no quiero volver a caer». Las lágrimas ruedan por sus mejillas, mientras pide auxilio. Apenas le han llegado de los Servicios Sociales ayudas para ir al comedor social un par de meses o alguna ayuda puntual para pagar un alquiler. «Desde el CAID me han ayudado a cobrar un pensión no contributiva» que asciende a 360 euros. «No me niego a pagar. Yo solo pido poder vivir dignamente. Grande, pequeña, me da igual: una habitación y un aseo, donde pueda bañarme, asearme…». Es la carta a los Reyes Magos de Miriam. «He tenido glamour. He sido una persona. Una mujer. Tenía mi familia… y que la vida me haya dado este golpe, y que nadie me ayude…». Las lágrimas vuelven a brotar.

 

Raquel González - Directora Grupo Capital

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