Pobreza, soledad y rechazo social: el drama de los Menores Inmigrantes No Acompañados

El niño gozará de una protección especial y dispondrá de oportunidades y servicios, dispensado todo ello por la ley y por otros medios, para que pueda desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal, así como en condiciones de libertad y dignidad.

Principio II de la Declaración de los Derechos del Niño

GETAFE/El aula sin muros (10/03/2020) – El tema de la inmigración se ha convertido en caballo de batalla político en toda Europa. El Viejo Continente se ha transformado en el paraíso de referencia para aquellas personas a las que las guerras, el hambre y la miseria han empujado a jugarse la vida en busca de esperanza, pero esa Europa que durante siglos colonizó en masa y expolió sus países de origen, no los recibe con los brazos abiertos. Al contrario, desde ciertos ámbitos políticos y muchos medios de comunicación se transmite la idea de invasión, una invasión de pobres que provoca miedo y el miedo genera rechazo. Este sentimiento de rechazo ha calado en una parte de la población y está siendo aprovechado, sin escrúpulos, por los sectores más reaccionarios para aumentar su poder político.

Entre los sectores más desvalidos de los que llaman a nuestra puerta están los conocidos como MENAS, menores extranjeros no acompañados, que han sido tristemente noticia en los últimos meses en nuestro país y en la Comunidad de Madrid.

Llegan a nuestro país solos, sin que les acompañe ninguna persona adulta, muchos de ellos, después de recorrer trayectos largos y penosos, o jugarse la vida bajo los fondos de un camión o entre el motor de un coche, absolutamente desprotegidos. Y solos y solas, en busca de una vida que les devuelva la dignidad perdida tras la huida de su propio país.

Hemos querido conocer de cerca el drama de estos menores y hemos asistido a una mesa redonda, en la Asociación Ágora,  en la que profesionales de los centros de acogida, exponían las dificultades por las que atraviesan, para llevar a cabo su labor y hemos querido hablar con algunos de estos menores que han tenido la fortuna de encontrar una oportunidad, consiguiendo una de las escasas plazas que se les ofrecen, en la UFIL (Unidad de Inserción e Integración Laboral) de Puerta Bonita ubicada en el barrio de Carabanchel.

En este centro se ofrece formación a ese alumnado que, en muchos casos debido a su desventaja sociocultural, no superó los estándares exigidos en la educación secundaria y está en riesgo de exclusión social. Aquí también encuentran su oportunidad de integración social y atisban algún foco de esperanza. Nos cuentan que imparten cuatro especialidades profesionales Jardinería, Carpintería, Cocina y Restaurante-Bar.

Soraya es una maestra con vocación solidaria, ella ha elegido estar aquí, donde imparte la formación básica en esta última especialidad.

Nos cuenta que no sólo intentan “formarles en un oficio, también en materias instrumentales” pero sobre todo “valorarles la autoestima (…) que puedan pensar en un futuro mejor”. Le pedimos poder hablar con algunos de estos chicos, nos advierte que ellos y ellas evitan revivir sus infortunios. Se presentan tres adolescentes con su mayoría de edad recién estrenada, dos chicos y una chica, se muestran tímidos, inseguros, hablan español con dificultad, especialmente Assá, que lleva en España sólo once meses, miran a su profe antes de hablar. Hemos cambiado sus nombres para preservar su intimidad y corregido algunos tiempos verbales para facilitar la comprensión de sus relatos.

Madú es el primero que se decide a hablar, dice que él es de Guinea Conakri, que lleva año y medio en España, “he venido con patera, he entrado por Algeciras (…) lo he pasado muy mal entre Mali y Argelia”. Nos cuenta que tuvo que hacer buena parte del camino a pie, “porque estos hombres tienen miedo con la ley. Dicen que cuando cogen un coche con inmigrantes, le quitan el coche y los meten en la cárcel por esto”.

Mariam, al igual que su compañero, lleva en España año y medio, llegó a España en avión desde Marruecos, donde convivía con un padre intransigente. Lo hizo tras intentarlo en una patera en la que no fue admitida por sobrecarga. Sobre las causas que la empujaron manifiesta yo vine a España por problemas con mi familia (…) porque allí los hombres se ponen con sus mujeres que no pueden trabajar ni nada, que no se pueden juntar con la gente”,

Assá, también llegó en patera, sólo lleva once meses en nuestro país. Es el que tiene mayores dificultades de expresión, en su argot mezcla un castellano incipiente con palabras en italiano, a menudo necesita la ayuda de su maestra para hacerse entender, llama la atención que a pesar de la crudeza de su relato, no pierde la sonrisa. “No tengo padre, sólo mi madre, quise quitarme de mi país y venirme aquí” nos dice sobre sus motivaciones.

Recogemos también información en una mesa redonda en la que un grupo de profesionales van desgranando la situación en la que se encuentran en la actualidad los centros de menores inmigrantes.

Se habla de la saturación de estos centros y en consecuencia de la imposibilidad de llevar a cabo la labor integradora que deberían cumplir los centros de acogida.

José, es educador en un centro de menores, cuenta que “los proyectos están desvirtuados porque tú tienes en principio plazas para treinta y dos chicos y hemos llegado a tener, en el año 2017, hasta149 chavales”.

Brian estudia en un instituto de Getafe. Él nos ofrece la perspectiva de los niños inmigrantes que han logrado una estabilidad personal, aunque aún sigue enredado en el limbo legal. Ingresó en una residencia a los siete años, en su adolescencia fue adoptado por una familia y a pesar de las dificultades manifiesta “no tengo nada que reprocharles, ha sido un hogar para mí, allí me han inculcado valores” 

En buena medida las carencias de recursos son suplidas por la entrega y profesionalidad de los educadores y educadoras. La mayoría de los centros son concertados, se mantienen con dinero de la Comunidad de Madrid, pero son gestionados por empresas privadas. Inicialmente fueron grupos ligados a ONGs, pero hace ya años que empezaron a licitar empresas que nada tienen que ver con el interés social. Esto ha contribuido a la precarización laboral de los profesionales, que soportan jornadas de hasta 90 horas semanales por salarios que apenas superan los 900 euros.

Cuando llegan son recogidos por las autoridades públicas y les envían a los centros de menores. La realidad de estos centros se ha ido deteriorando en los últimos años con el aumento constante de residentes y el escaso aumento de plazas, de recursos materiales y de los profesionales que les atienden. Esta masificación creciente ha hecho que las condiciones de vida en estos centros sean poco dignas y estén cargadas de conflictos que dificultan la convivencia

Los centros de acogida deberían ser centros de corta instancia en los que se estableciera un plan de formación que les permitiera integrarse socialmente, sin embargo, la estancia se alarga en la mayoría de los casos, hasta los 18 años.

Soraya nos dice que “cuando cumplen los 18, al día siguiente, pueden dormir en la calle. De hecho, hay (entre el alumnado de la UFIL) varios chicos que están durmiendo en la calle”. Assá lo corrobora y su profesora nos lo aclara: estuvo unos meses en un centro de acogida, al alcanzar la mayoría de edad fue expulsado, durmió en la calle hasta que la Asociación Raíces le buscó un piso. Madú vive ahora en un piso de CEPAIM, que también le ayuda económicamente “para sobrevivir”.

Otro tema recurrente de preocupación es el de “los papeles” que les permitan vivir legalmente y tener acceso al mundo de trabajo. Assá y Marian están pendientes de las gestiones de Raíces para conseguirles los documentos de residencia, Madú comenta un problema añadido “si la policía te pide los papeles y no los tienes te puede mandar a tu país”. Hasta Bryan, que lleva en España casi toda su vida, nos cuenta que no tiene resuelto el tema legal, “entré en España con una semana y aún no tengo la nacionalidad (…) me regalaron para mi cumpleaños el carnet de conducir y no he podido apuntarme a la autoescuela”.

Ante la ineficacia del Estado para corregir estas situaciones son las asociaciones solidarias y las organizaciones no gubernamentales (ONG), como las ya citadas Raíces o CEPAIM  las que tienen que asumir la responsabilidad de mitigar el drama humano que han tenido que vivir estos niños, por el simple hecho de nacer pobres.

Mientras tanto la resucitada ultraderecha utiliza demagógicamente está situación para despertar los instintos más miserables de una parte de la población.

Emilio Delgado, que ha sido educador y ahora representa a Mas Madrid en la Comisión de Políticas Sociales, incide en que los problemas derivados de la mala gestión de las instituciones estatales y autonómicas: “es aprovechada por partidos de extrema derecha para estigmatizar el término, MENAS. Empiezan una estrategia malintencionada de irse a las puertas de los centros de menores, como han hecho en Sevilla o Madrid y a partir de ahí empieza a haber episodios como el de la granada que aparece en el patio de un centro de menores y que, a día de hoy, no sabemos de dónde ha salido”.

Queremos quedarnos con el lado positivo y destacar las ilusiones de estos jóvenes de la UFIL de Puerta Bonita que, a pesar de todo, con el apoyo y la entrega de un grupo de docentes y profesionales entusiastas, aspiran a ser cocineros para “ayudar a la familia” y “tener un porvenir”. “Yo quiero ser jefa de cocina”, enfatiza Marian. Démosles esa oportunidad.

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