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Todo por una foto

Fuente: Dani Pozo

GETAFE/La piedra de Sísifo (27/04/2020) – La primera impresión al ver la fotografía de Ayuso con la línea negra de rimel, trazada mejilla abajo, fue la de un hipotético afiche de la película “IT part III” (o IV, que ya no sé por cuál van). Ese payaso terrorífico que esconde una maldad químicamente pura tras su cándida sonrisa. Luego, ese rostro compungido en riguroso luto con el gesto contrito y dolido, me remitieron a La Casa de Bernarda Alba pero, para qué engañarnos, me pareció una aberración mancillar a Lorca con semejante manipuladora.

Porque Isabel Natividad Díaz Ayuso es una manipuladora profesional, su licenciatura en periodismo, rematada con un Máster en Comunicación Política y fogueada en diferentes puestos de la calle Génova del Percebe, 13, le confieren la capacitación requerida para ostentar orgullosa este título oficioso pero muy valorado en las altas esferas del PP. Además, está adornada de unas condiciones naturales, imprescindibles para el desempeño funcional de la manipulación: ejerce un descaro rayano en la desvergüenza, es mentirosa compulsiva y posee una sociopatía rampante, entre otras; que nos invitan a felicitar efusivamente a la persona que descubrió semejante talento. ¿Esperanza Aguirre, quizá?

Comparte con un tal Mourinho, una especial capacidad para arrogarse cualquier éxito que se produzca en 100 Km a la redonda y, en caso de fracasar, la culpa siempre será de otro (¿Sánchez?). Pero aún no está completamente desarrollada la astucia asociada a la desfachatez y, a poco que uno rasque con la uña, todas sus vergüenzas quedan la aire.

La fotografía de referencia es una completa torpeza de arriba a abajo, a la que solo darán verosimilitud sus fieles a ciegas, que creerían que se ha transmutado en el mismísimo Cristo de Medinaceli, si algún espabilado le pusiera una careta con su rostro; pero la foto es un catálogo de lo que no debe hacerse en materia de comunicación política de largo recorrido.

Ya, en anteriores ocasiones, ha demostrado que juntarse con la plebe del resto de presidentes de comunidades autónomas, para mantener una reunión de trabajo (¡¡de trabajo!!) con el Presidente del Gobierno, un domingo de buena mañana, no le apetece nada y, en cuanto encuentra una excusa, sale por patas sin importarle las aportaciones de los demás territorios para afrontar el Covid-19, o las propuestas que haga Sánchez al respecto. Total, si funcionan, serán mérito suyo y, si no, a la hoguera con él.

Pero, con la forzada aquiescencia de los demás, cambió el orden para intervenir ella la primera, soltar su mitin y salir corriendo sin escuchar a nadie más, vestirse de negro, despeinarse levemente el recogido informal, embadurnarse a pegotes las pestañas y, acompañada de dos fotógrafos profesionales, que se colocarían estratégicamente, largarse a la Catedral de la Almudena a un acto de autobombo disfrazado de funeral a las víctimas del virus. Que ya sabemos que las únicas propuestas del PP para atajar la pandemia son: misas, minutos de silencio, corbatas negras y banderas a media asta; todo ello de incuestionable eficiencia científica.

Esta pizpireta muchacha, todavía presidenta de la Comunidad de Madrid (gracias a Ciudadanos y VOX), desconoce el significado y el concepto de respeto, si no, no habría usado como un clinex a las miles de víctimas que se han producido en España, pero con un descomunal agujero en Madrid, para sus propios intereses partidistas. Ha sido una jugada descarada y torpemente electoralista (a tres años de los próximos comicios) que, seguramente, se suponga unos réditos negativos; la gente en general olvida pronto, pero los familiares de las víctimas se lo tendrán muy en cuenta y no para bien.

Sed felices, a pesar de todo…