Excusas

GETAFE/La piedra de Sísifo (15/09/2020) – Cuando era fumador, aún sabiendo que me perjudicaba, buscaba cualquier excusa para continuar en vez de reconocer que no estaba preparado para afrontar la abstinencia y sus manifestaciones en forma de ansiedad, irritabilidad o un hambre voraz que me hacía devorar hasta las puertas. Una vez preparado mentalmente, lo afronté convencido del éxito y, desde entonces, ya llevo unos cuantos años sin tabaco ni ansiedad.

Abandonar el consumo desaforado de alcohol tiene unas sensaciones parecidas, con una poderosa dependencia sicológica, y cuando se trata de la ingesta masiva en muy poco tiempo, propia del fenómeno “botellón”, esa abstinencia puede mostrase de muchas formas, incluso, violentas, y el afectado, para continuar, argumenta la relación con su grupo social, la necesidad de diversión o cualquier cosa que se le ocurra, como si no pudiera llevarse acabo sin estar toda una noche macerado en alcohol.

En ambos casos, la persona incapaz de dejar de fumar o beber hasta que el cuerpo no tolera más, es perfectamente conocedora del daño que le hacen esas conductas, pero no son capaces de dejar de hacerlo; bien porque no se lo toman demasiado en serio, bien porque jamás se han sacrificado por nada y no quieren “perder la antigüedad”, o bien porque el concepto de responsabilidad no ha anidado en su cerebro inmaduro, el caso es que siguen haciendo y haciéndose daño y no encuentran la salida del laberinto.

La negativa a usar la mascarilla, sabiendo que apenas supone esfuerzo personal, a cambio del beneficio individual y colectivo que supone, es algo parecido a los casos del tabaco y el alcohol; sus enemigos se dejan llevar por cualquier excusa, a cuál más peregrina, para no ponérsela ni seguir el resto de las recomendaciones sanitarias que, aunque no nos agradan a nadie, asumimos y practicamos en pos del beneficio personal y grupal.

En una sociedad tan compleja como la nuestra, abundan individuos de todo pelaje, desde los que hacen excusas del seguimiento de las normas, una obsesión rayana con la sicosis, hasta los que niegan hasta la existencia de la propia enfermedad, dando pábulo a cualquier teoría absurda, descabellada, fuera de toda lógica, como aquella que afirmaba que, los calcetines que desaparecen de las lavadoras, son robados por extraterrestres para hacer análisis genéticos de nuestra especie. En muchos casos, los seguidores de esas y otras estupideces, son gente de naturaleza ignorante y desconfiada, y los promotores, gentuza miserable que busca beneficio económico poniendo en riesgo la salud de los demás; podrían considerarse “negacionistas de conveniencia”.

Luego vienen los incalificables, los “terraplanistas de ocasión” que aportan a la humanidad un cerebro poco dotado para la comprensión de cualquier concepto, más allá de que las cosas caen para abajo, y se jactan de sus limitaciones ante todo aquel que les preste oídos, aunque sea por mera coincidencia en el tiempo y el lugar (un viaje en metro, por ejemplo). Un signo de este colectivo es aquel chiste que escuché de niño: Hablan dos hombres y uno pregunta a otro ¿Qué está más lejos, la Luna o Cuenca? y el segundo responde ¿Tú ves Cuenca desde aquí? Pues eso…

A veces, con mucha frecuencia además, la explicación más sencilla suele ser la cierta: Hay un virus que nos está infectando a escala planetaria y, hasta que no dispongamos de medios eficientes para afrontarlo, vacunas o medicinas, solo podemos esquivarlo extremando las medidas de higiene y aplicando la profilaxis recomendada, mascarilla y distancia. Ya está, es muy fácil, ¿a que sí? Pues deja de inventar excusas y haz lo que debes.

Sed felices.

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