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Democracia escolar: el reto de la Escuela Pública

Si todo te da igual estás haciendo mal las cuentas.
Albert Einstein

GETAFE/El aula sin muros (13/11/2020) – La democracia no consiste solamente en elegir, cada cuatro años, unos representantes políticos (democracia representativa) que, a partir de ese momento, toman en exclusiva las riendas de nuestras vidas. La participación democrática (democracia participativa) es un hecho dinámico que concierne a toda la ciudadanía que se asocia para decidir, en un contexto dialógico, sobre sus intereses comunes. Es en el ámbito de lo público, lo que pertenece al pueblo (populus), donde el propio pueblo ejerce un control democrático.

No se entiende una sociedad democrática sin que sus instituciones lo sean también. Por eso defendemos que la escuela, para realizar la tarea de desarrollar el derecho de todos a la educación, tiene que ser democrática necesariamente. 

Entre las señas de identidad de la escuela pública debe incluirse la democracia. Sabemos que son muchos, sin embargo, los impedimentos para alcanzar un modelo de escuela participativa:

  • Por una parte, el temor de muchos gobernantes a perder el control sobre la escuela. Cuando los gobiernos son más conservadores se imponen leyes más restrictivas.
  • La falta de experiencia participativa, casi todos nosotros nos hemos formados en entornos educativos poco democráticos.
  • La escasa relación entre las familias y el profesorado que implica desconocimiento y favorece la desconfianza mutua.
  • El ritmo vertiginoso de la vida escolar, enredada en muchos casos en burocracias inútiles que impiden abordar los temas importantes.
  • Las dificultades de conciliación familiar que imponen las condiciones de trabajo de muchas familias.
  • La tendencia acomodaticia de nuestras sociedades que favorecen la abulia participativa.

Nosotros consideramos que cuando la escuela no es democrática y se limita o anula la participación y el protagonismo de sus miembros, la escuela deja de ser pública porque queda secuestrada por el poder de alguien, sea el profesorado, los padres, las administraciones… Se convierten en escuelas autoritarias, impositivas y anuladoras de la voluntad de tomar iniciativas, de tomar decisiones. Esas no son las escuelas públicas para una sociedad democrática.

En nuestro país el regreso a posiciones autoritarias se hace hoy muy evidente. En estos últimos años se ha favorecido la jerarquización del sistema educativo, se ha reforzado el poder de los equipos directivos en detrimento de la capacidad de decisión del Claustro de profesores y del Consejo Escolar. Se ha profesionalizado la figura del director cuya elección queda en manos de la administración educativa en detrimento del Consejo Escolar del centro, que ha pasado a ser un órgano meramente informativo. En la Comunidad de Madrid el nombramiento de directores por parte de la administración se ha convertido en una práctica bastante habitual.

El alumnado no se considera sujeto de participación ni dentro ni fuera del aula. Con la justificación de la crisis económica se suprimieron las ayudas a las asociaciones de alumnos que favorecían la cultura democrática. Su participación en el Consejo escolar del centro es tan poco efectiva que raramente se cuenta con la presencia continuada de alumnos hasta final de curso. Está muy extendida la idea de que la democracia es un derecho de los adultos y no entienden que es un derecho de todos los seres humanos desde que nacen.

La democracia es una forma de vivir. Está siempre en construcción permanente porque siempre se puede mejorar y perfeccionar. No es un logro definitivo. Hay avances y retrocesos. Siempre está presente la tentación del autoritarismo y del secuestro de la voluntad colectiva por quien se cree que puede gobernar a los demás para su propio provecho, y somos muy propensos a hacer dejación de nuestros derechos.

Sabemos que esta forma de vida se aprende si se practica. La infancia y la adolescencia son los momento clave donde se han de dar las condiciones del aprendizaje y la práctica de la democracia. Que se den esas condiciones será la preocupación constante y central en las escuelas que quieren ser democráticas. Algunas de esas condiciones son:

  • La convicción de que las personas tienen capacidad individual y colectiva para gestionar aquellos aspectos de su vida que son relevantes.
  • El desarrollo de la capacidad de informarse y estar informados, favoreciendo que las ideas circulen libremente en el acercamiento a la verdad.
  • La práctica de la reflexión crítica y el análisis para aprender a valorar y dar respuesta a los problemas humanos, sociales y medioambientales y también a ideas y políticas diferentes.
  • Comprender que es necesario cuidar el bienestar de los otros, el bien común, los derechos y la dignidad de todas y cada una de las personas.
  • Asumir que se deben vivir esos valores para orientar nuestras vidas como pueblo que se autogobierna.
  • Demandar que las instituciones sociales y también la escuela como organización amplíen al máximo la forma de vida democrática.

El aprendizaje y la práctica de la democracia genera tensiones y contradicciones que hay que ir afrontando a lo largo de todo el proceso de vida de una escuela democrática y exige generosidad y capacidad de ceder en las pretensiones propias.

Los rasgos más característicos de una escuela democrática serían:

  • Su proyecto educativo y su organización se asientan en el protagonismo y participación de la comunidad educativa.
  • El profesorado, el alumnado y las familias dialogan constantemente y toman decisiones colectivas consensuadas.
  • El currículo escolar es democrático. Parte del alumnado, de las preguntas y preocupaciones que tienen sobre si mismos y sobre su mundo. Esto hace que los aprendizajes sean relevantes y significativos.
  • El aprendizaje en la escuela democrática se convierte en servicio-compromiso con la comunidad más próxima y en toma de conciencia de la conexión de los asuntos locales con los globales.

El profesorado comprometido con la democracia pone su autoridad al servicio del compromiso con la democracia, de su aprendizaje y su práctica en el espacio y el tiempo escolar. Es un trabajo duro, constante y, a la vez, muy gratificante. Hoy se practica en algunas escuelas y se han convertido en referencia para otras que quieren ser democráticas y públicas.

El alumnado sabe que es el protagonista fundamental de la escuela democrática y que tiene que aprender las prácticas de la convivencia en una sociedad democrática: el respeto, la cooperación, la generosidad, la solidaridad, la compasión, el cuidado mutuo, la empatía, el diálogo, la argumentación y la capacidad de diálogo, gestionando las emociones. Todo ello se aprende en la participación activa en la vida cotidiana del centro educativo, a través de las asambleas del grupo clase, la participación en el consejo de delegados, en la comisión pedagógica, en las diferentes comisiones, en el Consejo Escolar, en el Consejo Municipal de Infancia…

Las familias deben asumir que su presencia en una escuela democrática es de cooperador necesario en la educación de sus hijos e hijas. No es posible una educación integral sin el consenso de la comunidad educativa. Es necesario que las familias participen en los órganos de participación de la escuela como el Consejo Escolar, las asambleas de familias de grupo y del centro, en las comisiones donde se gestiona y se organiza la vida del colegio, en las asociaciones de madres y padres, en el Consejo Escolar Municipal, en las Plataformas de la Escuela Pública, en la gestión de las actividades extraescolares y complementarias…

Nosotros creemos que, a pesar de las citadas dificultades, existen muchas posibilidades, con frecuencia inexploradas. Es posible y necesario desarrollar prácticas democráticas en el ámbito de la participación de la escuela pública. Cada pequeño avance es un logro importante. Es ineludible hacerlo, si queremos caminar y avanzar hacia ese modelo de escuela pública que queremos.

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