No quieren salvar la Navidad, quieren fusilar a 26 millones de españoles

Matar o que alguien se inmole por una causa, no hace esa causa más respetable de lo que es.
Oscar Wilde

GETAFE/Todas las banderas rotas (09/12/2020) – Siempre se ha dicho que en cada español hay un seleccionador de fútbol que sabe muy bien lo que este debería hacer. Bueno, eso no hace daño a nadie porque, el fútbol, además de ser un gran negocio que llena los bolsillos de unos pocos, también es un juego que sirve a mucha gente para divertirse y desahogar sus frustraciones.

Es más grave que ahora, en tiempos de pandemia, hayan surgido por doquier epidemiólogos, virólogos y expertos en salud pública que ponen en cuestión lo que los de verdad, los que saben de esto, recomiendan. Pero el problema no es que lo haga el ciudadano en la barra del bar, es que lo hacen ciertos políticos que no han asumido que no saben de eso. En estos momentos, la responsabilidad de los políticos, tanto la de los que están en el poder como la de los que están en la oposición, es enorme. Porque cuando oímos a un ciudadano de a pie decir que no entiende tal o cual medida que se le impone para atajar la extensión de la pandemia le podemos comprender fácilmente; pero cuando a quien oímos es a un responsable político que cuestiona públicamente lo que viene del responsable científico, a quien hemos de cuestionar es a ese político: hemos de preguntarnos cuál es la verdadera razón por la que lo hace.

La respuesta, evidentemente, es que tienen intereses partidarios, intereses que no son los de la mayoría sino los de unos pocos a los que ellos deben algo. Estamos asistiendo a unas discusiones que, desde la racionalidad, resultan absurdas e incomprensibles: ¿Cuántas personas en las mesas, 6 ó 10? ¿Incluimos a los allegados? ¿Acabar a las 12, a la 1 o a la 1,30? O, lo que es mucho más grave, les escucharles expresiones como “¡hemos de salvar la Navidad!”.

Y yo pregunto, ¿de verdad es la Navidad lo que hay que salvar? ¿A costa de qué? ¿A costa de cuántas vidas? Porque lo que se nos puede venir encima el mes que viene es muy peligroso e inquietante; en marzo, cuando llegó la pandemia, nadie, ni científicos ni políticos, ni mucho menos la gente común, sabía lo que supondría, casi todos pensábamos que en un par de meses todo volvería a ser como antes. Pero ahora nadie puede llamarse a engaño, todos, por supuesto los científicos, pero también los políticos, saben que de lo que se trata es de una enfermedad extendida por todo el mundo, que tiene una gran capacidad de transmisión, unas posibilidades de provocar secuelas –algunas de ellas invalidantes- aún no bien conocidas y, por si esto fuera poco, que provoca una enorme cantidad de muertes. Y, por supuesto, también causa una crisis económica y social que tendrá una repercusión aún por calibrar.

Los científicos y expertos se enfrentan a los aspectos aun desconocidos de esta enfermedad con investigación, dudas y prudencia; y a lo que conocen, con instrucciones y recomendaciones que suponen para la ciudadanía la limitación de movimientos y otras actividades. Como nos advirtió Raymond Aron, “en las democracias, rara vez se elige entre el Bien y el Mal, y casi siempre entre lo preferible y lo detestable”. Por eso, los políticos, en general, acogen las recomendaciones científicas con ambivalencia porque, en casos como este, la elección irremediablemente provocará perjuicios a muchos. Pero cuando está en juego –como es el caso- la salud y la vida de miles de conciudadanos, ningún responsable político, esté en el poder o en la oposición, tiene derecho a poner por delante otra cosa que no sea eso: la salud y la vida de los ciudadanos; no digo que no deba ocuparse de la crisis económica y social –lo que supone ayudar generosamente a los que más la sufren porque ellos nos están ayudando a todos-, o de cualquier otro problema que pueda haber en el país, pero es inmoral poner tales asuntos por delante de la primera obligación que ahora tiene y que es salvar vidas y acabar con la pandemia.

Así, no es admisible, al menos desde mi punto de vista, el espectáculo que diariamente dan en el Parlamento y en los medios los que hablan de ETA, del terrorismo hace años superado, de si el gobierno es ilegítimo, o de si tal partido tiene más o menos derecho a participar en la vida política. Independientemente de la ideología de cada cual, esto debería resultar rechazable para toda persona de bien.

Uno de los ejemplos más llamativos de la táctica empleada por la ultraderecha para que se hable de “su libro” e impedir así que todos los esfuerzos se encaminen a salvar vidas y proteger a la población de la pandemia, lo vemos en el surgimiento, precisamente ahora ¡qué casualidad!, del presunto descontento de algunos militares que expresan por medio de cartas al rey y a instituciones europeas. Lo hacen con plena impunidad, a sabiendas de que en España, al contrario de lo que ocurriría en otros países europeos que vencieron al fascismo, pueden hacerlo con total libertad, esa misma que dicen que les falta, la misma libertad que la dictadura de Franco que admiran nos quitó a todos los que no pensábamos como ellos. ¡Cuánto descaro y cuánta desfachatez!

El fascismo está en su elemento cuando cunde el miedo entre la población; ahora se trata de la pandemia y el temor legítimo que esta provoca en la gente, pero no importa cuál sea el motivo de ese miedo: la historia nos ha enseñado que los elementos reaccionarios lo llevan siempre a donde les interesa, lo magnifican, hacen responsable del mismo a las fuerzas democráticas para, de este modo, descalificar cualquier acción que estas tomen; es un miedo fomentado, cuando no provocado, por partidos como Vox y PP. Porque no es casual que surja ahora ese movimiento de militares jubilados, el franquismo no ha dejado de estar presente nunca en una parte de los ejércitos españoles que, por razones que todos sabemos y en las que no voy a entrar ahora, nunca fueron depurados, pero ahora PP, Vox y sus ayudantes han sabido ver que era leña para el fuego que habían encendido desde que el PP fue expulsado del gobierno, mediante elecciones democráticas, a causa de su corrupción.

Fernando Reilein, uno de los fundadores de la Unión Militar Democrática, dice que durante algunos años después de aprobada la Constitución, en las salas de banderas muchos de los ahora firmantes de los manifiestos de tinte franquista –además de barbaridades en chats privados– se referían a la carta magna como a la “prostitución” y ahora la defienden en contra de un gobierno “socialcomunista”.

Siempre hemos sabido que en los cuarteles españoles, desde el fin de la dictadura, han convivido militares demócratas con partidarios de Franco. ¿Por qué han querido que sea precisamente ahora cuando “nos enteremos” de algo que sabíamos que siempre ha estado ahí? Sostengo que porque sirve para desviar la atención de otros asuntos que tienen capacidad de hacer daño a los intereses que defienden la derecha y la ultraderecha. Por ejemplo, el incumplimiento de la Constitución por parte del PP al no querer renovar a la dirección del Poder Judicial. O los problemas que, como espada de Damocles, penden sobre el PP en los tribunales, con una serie de casos que deben irse sustanciando próximamente. También las elecciones catalanas que, según las encuestas, supondrán un descalabro para PP y Ciudadanos pero, gracias a estas maniobras, un éxito para Vox. Por no hablar de los delitos económicos –presuntos, naturalmente- del emérito que un día sí y otro también, van saliendo a la luz.

Y sirve, sobre todo, para crear un clima de inseguridad, desconfianza y miedo que es el caldo de cultivo en el que, como ya he dicho, el fascismo consigue que sus propósitos triunfen. Lo más triste es que los partidos que presumen de eso que ellos llaman “constitucionalismo”, como el PP y, en ocasiones, Ciudadanos, se cobijan a la sombra de Vox para hacerse con las migajas (¿recuerdan aquello de que unos mueven el árbol y otros recogen las nueces?), para seguir gobernando con su apoyo en alguna Comunidad Autónoma y en algunos Ayuntamientos sin que les importe, con tal de seguir conservando los sillones, hacerse cómplices de los que añoran la dictadura franquista, los mismos que, si tuvieran oportunidad, no dudarían en instalar a nuestro país en otra igual… otra vez.

Mientras el PP se pone de perfil ante eso –escuchen la defensa que Díaz Ayuso hace de esos aspirantes a golpistas sin que la dirección de su partido la desdiga-, Vox se permite llamar asesino al gobierno a la vez que defiende a los que reconoce que son “los suyos”, los que no dudarían en fusilar a 26 millones de españoles hijos de puta. Y esos son los que se llaman patriotas.

1 Comment

  1. Hipólito Timoneda

    9 diciembre, 2020 at 11:00

    A LA MIERDA TODOS ¡¡¡¡¡¡¡