
Foto de Getafe al Paraiso
GETAFE/Ruta de la Memoria (31/01/2026) –
A finales de los 80, Getafe comenzó a cambiar para siempre con la llegada de un proyecto que transformaría su paisaje y su identidad: la Universidad Carlos III.
Getafe era una ciudad curtida por el trabajo industrial, las movilizaciones obreras y el crecimiento de nuevos barrios. Pero bajo ese pulso cotidiano se gestaba algo distinto: una idea que cambiaría la fisonomía del municipio y su papel en el mapa del sur de Madrid. En 1989, el Consejo de Gobierno aprobaba la creación de la Universidad Carlos III de Madrid, y una de sus sedes principales estaría aquí, en Getafe.
Aquella decisión no fue solo un trámite político. Supuso un giro simbólico y profundo para una ciudad que, durante décadas, había vivido del sudor de las fábricas y las sirenas industriales. La llegada de una universidad pública significaba abrir las puertas al conocimiento, a la juventud y a la vida académica. Era, en cierto modo, el paso definitivo del Getafe obrero al Getafe del conocimiento.
Una paella antes de los cimientos
Antes de que se moviera la primera piedra, Getafe ya había celebrado su universidad. Fue en 1988, cuando el entonces alcalde, Pedro Castro, convocó una gran paella popular en los terrenos donde más tarde se levantaría el campus. No había aulas, ni ladrillos, ni planos definidos, pero sí un espíritu común: la ilusión por lo que estaba por venir.
“Nos reunimos cientos de personas en aquel solar vacío —recordaba Castro en una entrevista reciente con Getafe Capital—. Ese día Getafe empezó a sentirse universitaria. Queríamos demostrar que este sueño no era solo un proyecto de despacho, sino algo que pertenecía al pueblo.”
La comida se convirtió en un símbolo. Los vecinos compartieron arroz, pan y vino bajo un sol de otoño. En el ambiente se respiraba más esperanza que certidumbre, pero también la convicción de que aquel terreno militar se transformaría en el corazón de una nueva etapa para la ciudad.
“Fue una paella de futuro”, recuerda hoy con humor Castro. “Antes de las obras ya habíamos puesto el alma.”
Donde hoy se alza la biblioteca, auditorio, patios y aulas universitario, hace casi cuarenta años había talleres, almacenes y material militar. El corazón del campus se construyó sobre los terrenos del antiguo Cuartel de Artillería RACA 13. A comienzos de los 90, las primeras facultades —Derecho, Economía y Humanidades— comenzaron a recibir a los primeros estudiantes.
El contraste fue inmediato. Las calles comenzaron a llenarse de mochilas, bicicletas y cafeterías. El sonido de las máquinas fue sustituido por conversaciones en múltiples acentos, y Getafe descubrió que podía ser una ciudad universitaria sin renunciar a su carácter popular. Muchos vecinos recuerdan la sorpresa de ver a jóvenes extranjeros alojarse en los pisos de Las Margaritas o buscar apuntes en los bares de la calle Madrid. Era una nueva convivencia entre el Getafe de siempre y el Getafe que empezaba a imaginarse diferente.
El nacimiento de una universidad modelo
La Universidad Carlos III fue concebida como una institución moderna, europea y exigente. Su primer rector, Gregorio Peces-Barba, quiso que el centro simbolizara una nueva etapa educativa basada en la excelencia académica y los valores democráticos. No era casualidad que eligiera Getafe: la ciudad representaba la España que había luchado por los derechos laborales, la educación pública y la igualdad de oportunidades.
“Getafe era el lugar perfecto para una universidad pública moderna”, explicaba Peces-Barba años después. “Una ciudad con historia, con movimiento social y con vocación de futuro.”
En sus primeros cursos, las aulas improvisadas convivían con las obras. Los estudiantes recuerdan aquel ambiente pionero, en el que todo parecía estar por hacerse. “Entrábamos entre andamios, pero sabíamos que estábamos haciendo historia”, contaba una de las primeras alumnas de Derecho en una entrevista universitaria.
A finales de los noventa, la universidad ya era un referente. Los nuevos edificios, las bibliotecas y el campus ampliado marcaron el paisaje urbano. Y Getafe se acostumbró a convivir con miles de estudiantes que llenaban sus calles cada mañana y cada noche.
Una ciudad que se miró al espejo del conocimiento
Pocos proyectos han cambiado tanto la percepción de Getafe como la creación de la Universidad Carlos III. La economía local se transformó, llegaron nuevos servicios y se abrieron espacios culturales que trascendieron el ámbito académico; un intercambio constante entre universidad y ciudad.
Pedro Castro lo resume así: “Fue una apuesta valiente. Algunos pensaban que Getafe no estaba preparada, pero sabíamos que esta ciudad tenía hambre de cultura y de oportunidades.”
En los 90, las familias obreras veían con orgullo cómo sus hijos podían estudiar una carrera sin salir del municipio. Esa cercanía fue clave. La universidad no era un enclave ajeno, sino un motor de integración, progreso y movilidad social.
Con el paso del tiempo, Getafe dejó de ser solo una ciudad dormitorio para convertirse en un centro de formación y cultura. Hoy, el campus sigue siendo un punto de encuentro entre generaciones, un lugar donde se cruzan historias de esfuerzo, investigación y futuro.
Memoria viva de un cambio de época
Mirar atrás es entender cuánto significó aquel paso. Aquel Getafe que en los ochenta luchaba por mantener abiertas sus fábricas terminó abriendo aulas y laboratorios. Y, sin saberlo, aquel cambio de paisaje también fue un cambio de identidad: de la Getafe de mono azul y pancarta al Getafe de libros y pizarras.
Cada vez que un estudiante cruza el patio del edificio principal o un profesor cita la historia social del municipio en sus clases, se renueva esa alianza entre educación y comunidad. La universidad no solo llegó a Getafe; Getafe se hizo parte de ella.
Aquella invasión del RACA 13 y esa paella fue el principio de todo. Hoy, más de tres décadas después, el eco de aquel sueño sigue vivo. La universidad se amplía en los terrenos del ACAR, en el futuro barrio de La Aviación, demostrando que aquel sueño de ser una ciudad universitaria y moderna está mas vivo que nunca.