
La principal diferencia entre los humanos y los animales es que estos nunca permitirían que los lidere el más estúpido de la manada.
Cita atribuida a W Churchill
GETAFE/Todas las banderas rotas (07/05/2026) – Es curiosa la situación política en la que estamos de un tiempo a esta parte. Hasta hace poco las crisis partidarias iban por barrios pero en los últimos meses tanto el bloque de las derechas como el de las izquierdas se han enredado cada uno en su propio laberinto.
El primero –formado por Vox y PP- lo ha demostrado en las negociaciones para formar gobiernos en Extremadura, Aragón y Castilla – La Mancha, donde han hecho malabares para llegar al acuerdo; el primero tensa la cuerda poniendo sobre el papel que deben firmar las dos partes asuntos que difícilmente serán aceptados por el Tribunal Constitucional, otros que no son compatibles con los principios que la otra parte ha mantenido hasta el presente y, finalmente, algunos que no son competencia autonómica. Por cierto, el documento firmado en cada Comunidad Autónoma no tiene diferencias en su contenido ni en gran parte de su redacción, los puntos son intercambiables, son un corta-pega; no hay duda de que en la dirección de Madrid se ha redactado un modelo obligatorio para todos.
Vox gobernará, es decir, formará parte de los gobiernos autonómicos, mientras pueda ir imponiendo sus exigencias. Pero, dado que resulta evidente que no podrá, por ejemplo, que su “principio de prioridad nacional” pase el filtro de la legalidad constitucional, habrá encontrado la excusa para abandonar, otra vez, los gobiernos autonómicos. ¿Qué conseguirá con esto si finalmente ocurre? Lanzar el mensaje de la inutilidad de los gobiernos autonómicos, de que las instituciones van en contra de los españoles, de que los inmigrantes tienen todas las ventajas… Y lo que más les importa: hará que no se preste atención a sus problemas internos: quedarán en un segundo plano las reclamaciones de democracia partidaria que hacen muchos de los fundadores expulsados y nadie, dentro del partido, pedirá explicaciones por la forma en que se manejan las finanzas o por la pérdida de apoyo que reflejan las últimas encuestas.
Porque este último es un problema de Vox: la ultraderecha nacional está reflejando la decadencia que viene registrando a nivel internacional, como demuestra el fracaso electoral de Orban en Hungría y el desgaste de Trump –auténtico modelo al que siguen todas las demás ultraderechas– en EEUU que, con la economía por los suelos y sin saber salir de la guerra de Irán, ve peligrar las elecciones de medio mandato; todo ello marca la pauta de un lento desgaste.
Además, está mostrando una limitación que es implícita a cualquier organización de ultraderecha. Visto desde fuera puede resultar hasta cómico que los cargos defenestrados se quejen de que no hay democracia interna. Recuerda a la escena de Casablanca: ¡Qué escándalo, aquí se juega! Pero ¿qué esperaban? ¿Cómo es que no reclamaron eso mismo cuando estaban dentro? ¿Practicaron ellos, los que ahora la echan en falta, la democracia interna? Por definición, en los partidos de ultraderecha las decisiones no se toman democráticamente, manda la dirección como, sin ruborizarse, ha recordado el líder Santiago Abascal para que nadie se llame a engaño: mucho menos deberían hacerlo los miembros del propio partido o los que han pertenecido al mismo.
Por su parte, el PP, el otro partido de este bloque, lleva meses sin encontrar su sitio. Su problema es, que debería centrarse en hacer oposición al PSOE y al Gobierno, pero ha de pelear, a la vez, para que Vox no le robe simpatizantes por la derecha. Por eso, el PP ha decidido aceptar cualquier cosa que exija Vox con tal de que este le permita ocupar la presidencia de cada Comunidad; conscientemente no digo gobernar la Comunidad porque eso lo hará Vox en la medida en que quiera hacerlo, ya he dicho en otras ocasiones que este partido no tiene interés en gobernar las Comunidades Autónomas –de hecho en su programa máximo está acabar con ellas-, lo que pretende es llegar al gobierno nacional, todo lo demás son escalones o pasos intermedios para llegar a esa meta.
Y, por eso, el PP está en una situación casi irresoluble. La oposición que ejerce se limita a decir que no a todo lo que venga del gobierno, en culpar a Sánchez de la muerte de Manolete y del diluvio universal, pero sin hacer propuestas serias que demuestren que, como les gusta decir, son un partido constitucionalista y de Estado.
Si a esto le unimos la evidente falta de liderazgo que muestra Feijóo, por un lado, y, por otro, la división interna capitaneada por Ayuso, se entiende la preocupación de algunos lideres populares ante las próximas elecciones andaluzas y las futuras generales.
No le será fácil al PP explicar a sus votantes más moderados por qué acepta las tesis racistas y xenófobas de Vox; qué razón hay, por ejemplo, para crear en Extremadura una “Unidad Extremeña de Verificación del Fraude prestacional y del Padrón y la Residencia Efectiva” a la que solo le falta una policía armada para parecerse al ICE de Estados Unidos. O la prohibición del uso del burka y el nicab en espacios públicos en una comunidad donde, según algunos estudios, no hay ninguna mujer que los lleve; si, como dicen, esta no es una medida racista y xenófoba, ¿por qué no prohibir también los hábitos y tocas de las monjas católicas?
Puestas así las cosas, hoy día es muy difícil encontrar diferencias entre ambos partidos, Vox ha ocupado casi todo el terreno ideológico del PP principalmente porque este ha hecho indistinguible el espacio de uno y otro. Pero lo más peligroso es que Vox, siguiendo a los ideólogos de la ultraderecha internacional, está instalando en la conciencia colectiva el argumentario acientífico, reaccionario y negacionista y el PP, a la desesperada, se lo está comprando. Está por ver cuales serán las consecuencias electorales, lo que no hay duda es que las habrá.
Además de todo lo anterior, el PP tiene otro problema que, como diría Rajoy, no es cosa menor. Está intentando cargar contra el Gobierno utilizando la corrupción del PSOE con base en el juicio, actualmente en marcha, contra Ábalos, antiguo secretario general y ministro del Gobierno de Sánchez. Pero parece no darse cuenta que, a la vez, se está celebrando también el juicio sobre el llamado caso Kitchen que, según muchos, es el mayor caso de corrupción que se ha dado en España. Y, por si no fuera suficiente, el caso Montoro también está próximo a ponerse en marcha en los juzgados.
Con todo esto, como solución a sus respectivos problemas, Vox fuerza la máquina llevando sus posiciones racistas y xenófobas cada vez más al extremo y el PP ha optado por mimetizarse cada vez más con Vox. Así que este deberá medir hasta donde puede estirar la cuerda sin que se rompa –las encuestas parecen advertir que está en el límite–, y el PP habrá de decidir qué quiere ser de mayor: un partido de centro derecha y moderado en línea con sus homólogos de Europa –aunque, de momento, le cueste alguna elección- o un apéndice de la ultraderecha que le llevará a la irrelevancia.
En fin, cada uno de los dos partidos del bloque de la derecha tiene sus propios problemas. También los tienen entre ellos. Y, por supuesto, los tienen con los votantes.