La niña del sello

GETAFE/La Ruta de la Memoria (29/06/2026) – En el mundo de la filatelia, los sellos suelen ser pequeñas ventanas a los grandes acontecimientos de una nación. Conmemoran batallas, ensalzan figuras históricas, celebran descubrimientos científicos o rinden tributo a las bellezas arquitectónicas. En raras ocasiones, estas diminutas obras de arte esconden relatos íntimos.

La historia de hoy, nos la cuenta el investigador local José María Real Pingarrón, quien ha logrado reconstruir este fascinante rompecabezas humano, devolviendo el nombre y los apellidos a un rostro anónimo que viajó en millones de cartas por todo el país.

Viajamos en el tiempo hasta el 1 de octubre de 1953. En aquella fecha, la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre emitió una serie especial de sellos postales destinados a recaudar fondos y concienciar a la población sobre la Campaña Nacional Antituberculosa. En dos de esos sellos, de curso legal y amplia circulación, aparecía una fotografía profundamente conmovedora: una enfermera vacunando con delicadeza a una recién nacida que descansaba sobre una camilla médica.

Tal y como relata el investigador, esta emisión postal no fue una más, sino que rompió de forma radical todas las normas filatélicas e institucionales de la época.

«Tienen como singularidad que son las dos únicas personas vivas (la niña y la enfermera), además del Jefe del Estado, entonces Francisco Franco, que aparecen en sellos de Correos».

Hasta ese momento, la institución estatal tenía por norma no emitir sellos con la imagen de personas vivas, con la única excepción del Jefe del Estado y, en su defecto, de la Familia Real. La aparición de una trabajadora de la salud y una bebé de origen humilde supuso un hito.

¿Quiénes eran?

Pero ¿quién era esta niña y cómo llegó a protagonizar una emisión nacional? “Detrás del sello y su foto, hay una historia de vida, bastante hermosa por cierto», explica Pingarrón en los documentos del museo. La pequeña protagonista es Concepción Salido, conocida cariñosamente por su entorno como Conchi, y la joven profesional sanitaria es Antoñita Alonso. La imagen fue tomada  cuando Conchi apenas tenía un mes, capturando el instante en el que recibía la vacuna antituberculosa.

El contexto en el que se enmarca esta histórica fotografía esconde el reflejo fiel de las penurias de aquella época.

«En la España de entonces y sufriendo una posguerra atroz, se carecía de todo, hasta de lo más básico», señala el investigador para contextualizar la tragedia.

Eran los años del racionamiento, de la escasez de medicamentos, de las cartillas de racionamiento y del hambre. Las enfermedades infecciosas, y muy especialmente la tuberculosis, encontraban en la desnutrición y en las precarias condiciones higiénicas de gran parte de la población el caldo de cultivo perfecto para propagarse como una auténtica plaga imparable.

La familia de Conchi vivía en el corazón de Getafe. Residían en unas casitas bajas, modestas construcciones típicas de las familias obreras y humildes de la época, ubicadas concretamente en el número 19 de la emblemática calle de la Manzana. La madre de la pequeña, Victorina Requena, fue una de las innumerables víctimas de esta enfermedad respiratoria.

«En este contexto fue cuando Victorina contrajo la tuberculosis y las necesidades del momento hicieron lo demás», explica Pingarrón en los documentos del caso.

La situación económica en el hogar de los Salido Requena era tan mala que el padre de Conchi, Emiliano, se vio obligado a tomar decisiones drásticas para garantizar la supervivencia de los suyos. Lejos de motivaciones ideológicas o políticas, la pura necesidad lo empujó a enrolarse en la División Azul.

Su único objetivo al partir hacia el frente ruso era obtener los ingresos económicos extraordinarios que se prometían a los voluntarios, una paga que enviaba religiosamente a Getafe con la esperanza de mitigar el hambre y sufragar los tratamientos que su esposa tanto necesitaba.

Debido a la gravedad de su estado de salud, Victorina fue ingresada en el Sanatorio de Valdelatas, un complejo médico rodeado de pinos en las afueras de Madrid, construido específicamente para el aislamiento y la sanación —cuando era posible— de los enfermos de tuberculosis. Fue entre los muros de este recinto hospitalario donde vino al mundo la pequeña Conchi.

A pesar de los cuidados médicos y del aislamiento, el cuerpo de Victorina, consumido por la enfermedad y la extrema debilidad, no pudo resistir el desgaste del parto y el avance de la infección. Trágicamente, falleció apenas al tercer mes de haber dado a luz a su hija, dejando a Conchi huérfana.

Durante esos primeros meses de vida en el sanatorio, el destino tejió un vínculo inesperado. La enfermera Antoñita Alonso, la misma mujer que aparece en el sello aplicando la vacuna, se convirtió en una figura materna para la bebé huérfana.

Pasaba horas cuidándola, alimentándola y velando por su frágil salud. El cariño que sintió por la recién nacida fue tan inmenso y profundo que, conocedora de la trágica pérdida de la madre y de la precaria situación familiar, tomó una decisión audaz: «se encariñó con ella y llegó a plantearse la adopción de la niña, algo que la familia nunca aceptó», relata el investigador.

El padre de Conchi regresó para sacar adelante a sus tres hijos con el pilar fundamental y el apoyo incondicional de las mujeres de la familia: la abuela Alejandra y la tía Marcelina.

Sus familiares en Getafe decidieron sacarla del Sanatorio de Valdelatas y llevársela de vuelta a casa.

Vuelta al barrio

Conchi creció en las calles de Getafe, rodeada del amor de su padre, su abuela, su tía y sus hermanos, ajena durante años al hecho de que su rostro infantil, marcado por la tragedia y la esperanza, había viajado por todos los rincones de España pegado en un sobre.

Hoy, gracias a la labor de investigación, catalogación y preservación ciudadana, esta historia forma parte indispensable del archivo documental del Museo Virtual de Getafe.

Un recordatorio de que la verdadera historia no solo la escriben los generales y los reyes, sino también las familias anónimas que lograron sobrevivir a los tiempos más oscuros.

 

Roberto Jiménez Gómez

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