Los migrantes, el viaje del Papa y la prioridad nacional

Igualdad significa que todos puedan ser diferentes sin temor.
Odo Marquard

GETAFE/Todas las banderas rotas (16/06/2026) – En estos días han coincidido dos hechos relacionados con los migrantes. En el ámbito europeo la puesta en marcha del Pacto sobre Migración y Asilo de la UE y, en el marco nacional, la visita a España de León XIV.

El Pacto sobre Migración y Asilo merecería un espacio mayor del que tengo, por eso solo apuntaré lo que me parece más importante: su alejamiento, en línea con la derechización de Europa y el mundo, de lo que es la letra y el espíritu de los principios que inspiraron la creación de la Unión Europea. El artículo 19 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea dice que se prohíben las expulsiones colectivas y que “Nadie podrá ser devuelto, expulsado o extraditado a un Estado en el que corra un grave riesgo de ser sometido a la pena de muerte, a tortura o a otras penas o tratos inhumanos o degradantes”.

Pero el Pacto, dicen diversos expertos, limita los derechos de los migrantes y establece un vínculo muy estrecho entre control de fronteras, asilo y retorno. Según CEAR «Tiene un enfoque restrictivo de derechos y aborda las migraciones desde un enfoque de seguridad, cuando la realidad cotidiana recoge muchos más aspectos que el estricto del control de fronteras»; y desde Save the Children han advertido de que, con la aplicación del pacto, los menores podrían enfrentarse a un «mayor riesgo de controles biométricos coercitivos y detención».

El Pacto trata de reforzar fronteras, acelerar procedimientos y aumentar la eficacia de las expulsiones y no recoge políticas de integración o de atracción de migrantes a sectores específicos ni menciona procesos de regularización. En definitiva, sirve para “defenderse” de los inmigrantes, no pone el foco en sus derechos o en su integración.

En contraposición, el mensaje del Papa, durante su viaje por España, ha sido que “la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera”. Y a Europa le dice directamente “que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”. Y también: “No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?”

Y millones de personas, creyentes o no, entre ellas muchos políticos, han aplaudido estas frases, dichas incluso en el Parlamento nacional. Pero claro, si uno tiene un cierto espíritu crítico, no puede por menos de hacerse algunas preguntas porque León XIV también dijo otras cosas.

Primera pregunta: ¿Quién habló en el Congreso de los Diputados, el Jefe del Estado Vaticano o el máximo representante de la Iglesia Católica? Porque si el Papa habló en su calidad de Jefe del Estado Vaticano, el Gobierno español debería protestar por las menciones críticas que hizo a leyes vigentes en España como son las del aborto y la eutanasia, algo que resulta totalmente intolerable según los usos diplomáticos. Y si lo hizo como representante de una organización religiosa, surge una segunda pregunta: ¿Qué razón justifica que a un líder religioso se le permita intervenir en el Parlamento de un Estado aconfesional?

Por otra parte, el Papa juega con ventaja porque, aunque sea Jefe de un Estado, no hemos de olvidar que el país que dirige no es democrático, León XIV no tiene una oposición con la que confrontar, y aquí la tercera pregunta: ¿diría lo mismo si tuviera que dar cuentas en un parlamento o presentarse a unas elecciones? Pienso que nadie puede dudar de que la respuesta es negativa y Abascal lo ha entendido muy bien al asegurar que no ve «ninguna contradicción» entre sus palabras [las del Papa] y la posición de su partido [el de Abascal] ante el tema de la inmigración, convencido de que el propio León XIV «distingue perfectamente entre el discurso y la política práctica»; es decir, están muy bien los discursos –también los del Papa-, pero la política práctica puede ir en otra dirección. Así que Vox aplaude  al Papa pero, sin sonrojarse, ejerce una política contraria a lo que dice. Y el PP acepta el mensaje de León XIV “de la A a la Z” pero sigue la política de Vox “de la A a la Z”.

Y así es como llegamos a la “prioridad nacional” que ambos partidos de ultraderecha  están implantando allá donde gobiernan (Vox es un partido de ultraderecha, el PP practica la política de Vox, ergo el PP es un partido de ultraderecha). La “prioridad nacional”, en esencia, es eso tan viejo que los nacionalismos nos han vendido siempre: primero lo nuestro, hay que ocuparse antes de los nuestros que de los demás. Pero surgen varias preguntas ante una afirmación tan simple y, en apariencia, tan razonable porque, ya se sabe, la ultraderecha ofrece respuestas simples a cuestiones complejas.

Habría que preguntarse, por ejemplo, quiénes son los nuestros: ¿solo los nacidos a este lado de la frontera? ¿Solo los que son blancos como la mayoría de nosotros? ¿Y si han nacido a este lado de la frontera pero no son blancos? ¿Son nuestros los jeques árabes, los oligarcas rusos o los multimillonarios de cualquier país que han ocupado las zonas de lujo de las costas españolas?  ¿Son más “nuestros” los que cobran una nómina muy escasa y que han nacido en Marruecos o en Ecuador, o el que gana cien veces más especulando con la vivienda pero ha nacido en Valladolid? Y podríamos seguir con más preguntas de este cariz.

La prioridad nacional no es la que defienden Vox y PP. La prioridad nacional, es decir, lo que prioritariamente necesitamos todos los que habitamos España, es una vivienda digna y asequible, una sanidad pública y universal, una educación igualmente pública para todos, en fin, unos servicios públicos que lleguen a todos los que los necesitan. De eso no dicen nada los que defienden la “prioridad nacional”, más bien trabajan en sentido contrario.

Al final, de lo que hablamos es de si queremos una sociedad inclusiva, donde quepamos todos los que quieran trabajar y convivir en ella sin discriminaciones de ninguna clase, aceptando las diferencias de origen, lengua, color de piel, orientación sexual, cultura, religión, etc. como valores que nos enriquecen a todos, u otra en la que hay quien siente la necesidad de volver a 1936 y fusilar a 26 millones de hijos de puta.

Pedro Zerolo se lo dijo con toda claridad a Ana Botella, del PP: “En su modelo de sociedad no quepo yo, en el mío sí cabe usted”.

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