El pin (censura) parental

SOBRE LOS HIJOS
Tus hijos no son tus hijos / Son hijos e hijas de la vida
Deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti / Y aunque estén contigo
No te pertenecen… Puedes darles tu amor, / Pero no tus pensamientos,
Pues ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos, / Pero no sus almas,
Porque ellas viven en la casa del mañana / Que no puedes visitar ni siquiera en sueños.
Puedes esforzarte en ser como ellos, / Pero no procures hacerlos semejantes a ti
Porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer.
Tú eres el arco del cual, tus hijos / Como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación en tu mano de arquero / Sea para la felicidad.
KHALIL GIBRAN

GETAFE/Todas las banderas rotas (29/01/2020) – Espero que el texto anterior sirva a algunos, ya voten a Vox, a Ciudadanos, o al PP, para aclarar sus ideas respecto al asunto de la censura parental –es hora de llamar a las cosas por su nombre y no permitir que la ultraderecha nos imponga (también) su lenguaje-. Quizá no conozcan al autor, Khalil Gibran, por eso, de forma muy resumida, les diré que nació en Líbano en 1883 y su familia le educó según la fe de la iglesia católica maronita, que solo se diferencia de la iglesia católica romana, con la que está en completa comunión, en sus estructuras y rituales que son propios.

Fíjense en la fecha de nacimiento y la religión del autor de ese texto: lo escribió en el ya lejano 1923 y profesaba la fe católica; parecería que no hay que ser un “progre radical” –a menos que ya los hubiera hace casi un siglo- y que se puede respetar la doctrina de la iglesia católica y, a la vez, entender y aceptar que “tus hijos no son tus hijos”. Porque la cuestión de la patria potestad no guarda relación ninguna con la propiedad que es lo que, unos de forma más clara y otros de manera más rebuscada, han argumentado desde la derecha y la ultraderecha. No tengo interés en utilizar argumentos respaldados en la doctrina católica, pero los que practican esa religión deberían escuchar al mismísimo Papa que recientemente ha dicho, acercándose a Gibran y alejándose de los dirigentes de la ultraderecha, que los padres son “custodios de sus hijos, no sus propietarios”.

Abriendo esa caja de Pandora, si pusiéramos la “propiedad” de los hijos por delante de las normas, tanto españolas como internacionales, nos quedaríamos sin argumentos jurídicos para impedir barbaridades tan terribles como los matrimonios de menores acordados por los padres, la ablación en niñas o el maltrato físico que ciertos padres consideran que están legitimados para infligir a sus hijos.

Mientras tanto, los dirigentes del PP han dicho: “Mis hijos son míos y no del Estado y lucharé para que este gobierno radical y sectario no imponga a los padres cómo tenemos que educar a nuestros niños” (Pablo Casado). “Los hijos pertenecen a los padres. Por supuesto no pertenecen a la señora Celaá, a la señora Montero a el (sic) señor Sánchez” (Teodoro García Egea). Los que defienden la implantación del llamado pin parental, hablan  del derecho de los padres a imponer la educación que quieren para sus hijos, que no es el Estado el que debe decidir qué enseñanzas deben recibir los niños en la escuela. Unos sin meditarlo, otros muy conscientemente, olvidan que la enseñanza pública se rige por la legislación vigente y no puede ser un supermercado en el que uno elige la carne, la verdura o la fruta que quiere llevar a su casa.

De Estados Unidos nos llegan corrientes de “pensamiento” que lo que sostienen, en último extremo, es que cada cual, en nombre de su sacrosanta libertad, tiene “derecho”, no solo a creer, sino a imponer a los demás cualquier cosa contraria a la ciencia universalmente aceptada. Así hay quien defiende que la tierra es plana, otros que la vida la trajeron a la Tierra seres extraterrestres, incluso el presidente de Estados Unidos proclama que el cambio climático es un invento de sus enemigos. En ese contexto, los que hoy defienden el pin parental no se opondrían a los que defendieran “su derecho” a no escolarizar a sus hijos, a negarles toda educación. ¿Han pensado en la aberración en la que están incurriendo? Por ese camino abierto por Vox, y por el que de forma tan entusiasta le acompaña el PP, podríamos llegar a cualquier absurdo.

La educación pública es la que es de todos, es la pieza principal del mecanismo que permite que el ascensor social funcione, por eso debemos ser muy conscientes de que este es solo un paso en la dirección en la que la ultraderecha, no solo en España, quiere que caminen las sociedades, también la nuestra, porque sirve a unas fuerzas económicas, no elegidas por nadie y, por tanto, no democráticas, cuyo interés es averiar el ascensor social, para lo cual primero se socava todo lo público –la escuela, la sanidad…- para  acabar finalmente con el estado del bienestar.

El PP debería ser consciente de que este es el comienzo de ese proyecto  en el que la ultraderecha está y que no tiene retorno. Por ello, le convendría abandonar lo antes posible esa deriva a la que se está dejando arrastrar porque está poniendo en juego su credibilidad y su futuro. La alternativa que, en mi opinión, tiene ante sí es conformar una derecha civilizada, demócrata y europea, alejada de los extremismos, o acompañar a Ciudadanos en su debacle dejando el campo libre a Vox.

Una reflexión final. Nos pongamos como nos pongamos, siempre fastidiamos a los hijos, de la misma forma en que nuestros padres nos fastidiaron a nosotros: empezamos trayéndoles a este mundo que no es precisamente el jardín del Edén, porque está lleno de corruptos, mangantes, farsantes y gentes de todo pelaje que intentan imponernos, en ocasiones por la fuerza, sus ideas, sus intereses, sus principios por muy aberrantes que estos sean. Después les fastidiamos imponiéndoles una educación y una forma de vivir, las que sean, cuando nadie sabe por qué ni para qué estamos aquí y, por tanto, si son las mejores. La educación tradicional, la del padre o madre déspotas y autoritarios, causaba unos enormes estropicios y la moderna, la de los padres enrollados y permisivos, causa otros que pueden ser igual de graves.

Supuestamente hay un justo medio virtuoso para fastidiar a los  cachorros solo lo imprescindible y proporcionarles las mejores herramientas para salir solos a buscarse la vida, pero ese equilibrio no está siempre tan claro como uno querría. El caso es que todos los padres creemos que hacemos lo mejor y todos acabamos culpándonos de los contratiempos o desgracias que tengan nuestros hijos cuando son mayores porque, al “educarles”, hicimos o dejamos de hacer esto o lo otro. Lo kafkiano de esta situación es que estamos obligados a hacerlo aún sabiendo que, casi con total seguridad, nos equivocaremos muchas veces. Y hay que tener muy claro que eso no se puede evitar a menos que uno no tenga conciencia y corazón.

Por eso, escuchemos a Gibran cuando nos dice que los hijos no son de los partidos, del gobierno, de la revolución, tampoco de los padres. Con esto de la censura parental lo que está en juego no es, como dicen los que la defienden, la libertad de los padres, sino la de los hijos. No les neguemos ninguna herramienta que puedan necesitar para su vida, para su felicidad.

 

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