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El tráiler y la película

GETAFE/La piedra de Sísifo (26/02/2019) – El pasado 15 de febrero se produjo la escena que todos esperábamos desde el portazo multifocal a los Presupuestos Generales del Estado: La convocatoria de Elecciones Generales para el próximo 28 de abril.

De las anteriores, en 2016, a estas han transcurrido tres años de vaivenes en la aritmética parlamentaria, cambios insospechados entonces en estructuras de poder, polarización de la opinión pública y protagonismos sobrevenidos en los que solo eran “figurantes con frase”; y todo ello en el mismo arco parlamentario. Visto lo visto, quien más quien menos apostaría todo su patrimonio si conociera con certeza el recuento de las urnas. Algunas pistas tenemos.

El discurso de Pedro Sánchez, donde nos anunció la convocatoria de elecciones, puede abrirnos los ojos a lo que tiene posibilidades de suceder: Una victoria del PSOE en abril no es contestada, ahora mismo, ni por los corifeos más recalcitrantes de la ultraderecha montaraz pero, ojo, como se demostró en Andalucía, no se trata de vencer, se trata de gobernar y ahí es donde entra la estrategia pergeñada desde el equipo de Sánchez.

Para empezar, y rompiendo la dinámica habitual desde 2011, es el PSOE quien lleva la iniciativa, y como, consecuencia, quien controla el proceso. Además; quien está llamado, en teoría, a ser su némesis; Pablo Casado no sabe dónde está, cuál es su sitio y hacia dónde dirigir su mensaje: ha abandonado al sector que llevó al PP a la Moncloa, el votante de centro-derecha, para entregarse a no sé qué aventura de rivalizar con el extremo más faccioso en eso tan machote de “a ver quién la tiene más grande”, juego en el que todos los contendientes están condenados a la derrota a poco que el votante natural de centro, centro-izquierda no se quede en casa, como sucedió en 2011 y ha vuelto a suceder en Andalucía.

Por eso es tan importante el discurso previo a la convocatoria electoral, porque señala lo que podía haber conseguido y no ha sido posible, dada la correlación de fuerzas en el Congreso, porque ha demostrado que su determinación a negociar con Cataluña es tan clara como su firmeza a no salirse un milímetro de la Constitución; porque las políticas sociales a emprender eran deseables y posibles; porque las formas sobreactuadas y agresivas de la derecha causan un rechazo frontal que, por sí mismo, tiene ya un efecto movilizador y porque, la perspectiva de una mayoría suficiente, apoyada en el ala más izquierda del Congreso, también atraería votos de ese sector.

Queda la batalla de la Comunicación, tradicionalmente dominada por la derecha. Si, con los mimbres arriba descritos, Sánchez construye un relato de mensajes sencillos, comprensibles y directos a las tripas del votante. La previsible victoria del 28A se verá reforzada por unos resultados que le permitan gobernar cómodamente y entonces, sí, veremos si cumple las ilusionantes expectativas.

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