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Reflexión

GETAFE/Tribuna con acento (15/04/2020) – A veces, las acciones sencillas y cercanas, esas que con su práctica nos deberían acrecentar  como seres humanos, no las hemos disfrutado ni valorado a tiempo en nuestra existencia cotidiana. De repente, ha sido preciso que suceda un desastre  para dejar al descubierto que esas carencias emocionales que, poco a poco, habíamos ido olvidando o menospreciando, necesitamos recuperarlas activamente porque suponen un andamiaje fundamental para sostener unos ánimos que den fuerza a nuestra triste situación actual.

Nunca, decir un simple ¡hola! a un vecino o vecina casi desconocidos, con distancia obligada de por medio, había sido tan preciso y deseado como lo expresamos en estos difíciles días que nos toca vivir.

Jamás habríamos llegado a pensar que los tres o cuatro minutos en los que cada tarde, en esa acción de gracias colectiva, aplaudimos con las manos y el corazón, los íbamos a cuantificar como si fuesen horas y horas de ansiada convivencia que intentamos disfrutar con el mejor de los deseos.

Quizá es el estado emocional puro en el que nos encontramos, preso de una situación repentina y no prevista por nuestro ego de seres invencibles, el que está exteriorizando la necesidad de mostrar nuestra afectividad a los cuatro vientos.

Una afectividad que se traduce en agradecimiento sincero a todas las personas que se están desviviendo por curarnos y por proporcionarnos todos los elementos necesarios para que este confinamiento obligado se haga más llevadero.

Unos sentimientos  que también, además de traducirse en anhelos de comunicarnos de tú a tú, de querernos más de persona a persona en definitiva, están constatando el descubrimiento de que nuestra dimensión humana necesita corregir el rumbo de una sociedad que habíamos construido o, quizá, estábamos construyendo, en la que hay más carencias de las que imaginábamos, a pesar de habernos creído habitantes de un mundo ideal.

Dentro del miedo, del dolor y de la desgracia que vapulean sin discriminación alguna a miles a miles de personas en esta pandemia sobrevenida y, con la esperanza de encontrar rápidamente  el antídoto que proporcione la curación, es posible que este confinamiento obligado nos esté propiciando con serenidad una  reflexión y catarsis, tanto individual como colectiva, en torno a la revisión de muchas cosas que hay a nuestro alrededor funcionando y a las que, ahora, no terminamos de ver su lógica.

De las conclusiones a las que lleguemos, una vez vueltos a la normalidad, dependerá en buena medida que nuestro futuro inmediato, el de toda la comunidad, funcione con unas formas de vida más acordes para nuestro verdadero desarrollo como seres humanos en una sociedad más justa y equilibrada.

Redacción Getafe Capital