La falsa guerra de las banderas

GETAFE/La piedra de Sísifo (30/06/2020) – Básicamente, una bandera es una pieza de tela, de unos colores característicos, sujeta con un palo. Su utilidad inicial era la de distinguir los diferentes bandos que intervenían en una batalla y, en contra de lo que algunos todavía creen, el palo no es para sacudir con él a otro, solo se usa para mantenerla erguida.

Hoy día, cada país, región, ciudad, colectivo, equipo, tendencia, grupo o partido, ha definido su seña de identidad y la luce en forma de bandera. Tanta proliferación ha habido, que puede llegar a confundir al espectador desavisado, por eso, algunas han sido adoptadas de forma oficial para representar formalmente a territorios y son exhibidas en mástiles, que son una versión más historiada del inicial palo.

Podría pensarse que una tela de colores ensartada en un palo es algo inocuo, y así debería ser, no obstante, es el uso que se hace de ellas lo que les confiere un valor u otro. Ir surcando los mares en siglos pasados, y ver asomar por el horizonte y aproximarse, un trapo negro que muestra en su interior una calavera y dos tibias cruzadas, no transmitía especial tranquilidad a la tripulación de la embarcación convertida en potencial víctima; al contrario, ver aparecer una bandera blanca con una cruz roja, en medio de una batalla, daba esperanza a los heridos o, por último, portar una enseña con tres bandas horizontales de colores rojo, amarillo y morado, no tiene otro significado que el deseo de recuperar los valores que, durante un lustro, hicieron de España la democracia con la constitución más avanzada de su época.

Hoy, además, se ha convenido internacionalmente, conmemorar determinados hechos, derechos y reivindicaciones a escala planetaria, y representarlos mediante una bandera. El último fin de semana de junio, arranca una de estas festividades laicas, la que reconoce, visualiza, reivindica y empodera a todos los colectivos homosexuales, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, recogidas en las siglas LGTBI, y que tienen en común estar representadas por una bandera con los colores del arco iris.

Una bandera así, solo puede tener carácter inclusivo, esto es, no dejar nadie fuera y tratar de integrar a todo el mundo; no obligar a nadie, pero recoger el derecho de cada ser humano a amar y ser amado por quien sea, sin reparar en ninguna consideración añadida y, como tienen todas las conmemoraciones, lucirla con Orgullo, durante esos pocos días, en la fachada de todos los edificios, oficiales o no, que sea posible. Es, nada más y nada menos, un acto de libertad.

Pero, como siempre que hay libertades de por medio, aparecen los intolerantes, los autorreprimidos, los nostálgicos de épocas más oscuras, y mala gente en general, que proyectan sus frustraciones sobre quien ha tomado la decisión de amar libremente y enorgullecerse de ello. Como la Constitución y el ordenamiento jurídico que emana de ella, no les permite atacar a las personas (y, cuando lo hacen, está la Ley para castigarles), atacan sus símbolos con la excusa de una hipotética conculcación de la norma que determina qué banderas pueden o no lucirse en los mástiles de los edificios oficiales.

Con independencia de que sea una interpretación pueril, sesgada y ventajista del Código Civil, abocada a darse contra un muro, consiguen el efecto contrario, que es el de que, personas que no se habían parado a pensar qué significa esa bandera, lo hagan ahora y se muestren partidarios de su mensaje. Solo con ese hecho, queda retratado el fracaso estrepitoso de los intolerantes que, estando toda la vida cabreados sin motivo real o aparente, jamás estarán tranquilos o sanamente contentos.

Quienes defendemos orgullosos los derechos de cada persona, en este caso a amar libremente, siempre tendremos motivos para ser felices.

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