Mejores, decían…

GETAFE/Varios (06/10/2020) – Día tras día vamos descubriendo nuevos síntomas de la infección del virus de marras, que tiene a todo el planeta con el corazón encogido y la mascarilla puesta. A los ya conocidos, se suma la parálisis de determinados servicios, que se hace mucho más patente (y doloroso) en el caso de la Sanidad Pública.

No hablaremos otra vez de la atención primaria, tan primaria que ha quedado reducida a hacer cola durante largo rato a la puerta del ambulatorio, para que luego te llame alguien por teléfono; pero sí podemos hablar del hospital y las paradojas que aparecen en la comparación externa/interna: la parcela externa, la que afecta a su imagen y lo que dicen y se dice de él, está manejada por las declaraciones provenientes del Área de Gerencia, dependiente directo de la Consejería y cuya función consiste en obedecer y transmitir las instrucciones recibidas de arriba, y si estas son afirmar a los cuatro vientos que el hospital funciona perfectamente, se afirma y punto; la faceta interna es otra cosa, y basta con charlar con los profesionales sanitarios para que empiecen a contar su desesperación, o con tener una cita, debidamente confirmada, para alguna prueba diagnóstica, y enterarte cuando acudes de que se ha anulado sin razón conocida o un largo etcétera de disfunciones que tienen a profesionales y pacientes con un punto de desconcierto. Curiosamente, la mayoría de los medios se hacen eco de las benévolas consignas difundidas por la gerencia sin pararse a rascar con la uña, aunque solo sea superficialmente, y comprobar que hay bajo eso que nos cuentan con tanta vehemencia.

Pero hay otro síntoma, no descrito anteriormente, que debería preocuparnos y mucho: durante el estricto confinamiento a que estuvimos sometidos entre marzo y junio, fueron aflorando muestras de solidaridad humana, buenos sentimientos, ejemplos de empatía y emociones positivas, con el ejemplo de los aplausos diarios y merecidísimos al personal sanitario, que nos llevaron al convencimiento, repetido por doquier, que “de esta saldremos mejores”. Terminó el confinamiento, pasamos el verano como pudimos y, ahora que la segunda ola de la infección se está manifestando con intensidad, contemplamos que de lo dicho no hay nada.

Sin razón aparente, se suceden discusiones, broncas, incluso peleas, en cualquier lugar donde se junten más de cuatro personas; amigos de toda la vida dejan de dirigirse la palabra pero no saben por qué, las relaciones familiares con un campo de minas donde siempre termina por explotar alguna, el ambiente en los centros de trabajo está enrarecido y son excepción los días en que no surge un conflicto, las frecuentes colas en tiendas, farmacias, centros de salud u otros lugares, son terreno abonado para la disputa y, los famosos aplausos, han derivado en insultos, amenazas o, en lamentables ocasiones, agresiones al sufrido personal sanitario; observando desde fuera, puedes ver que no había motivo o era muy leve para ninguna de estas trifulcas, pero los afectados no son capaces de salir de su obcecación y pararse a pensar.

El famoso virus ha mutado y nos ha desactivado toda la amabilidad y facilidad relacional que disfrutamos durante la primera ola. Durante esta segunda andamos todos encorajinados perdidos y me considero una persona afortunada por vivir en un país donde no está permitida la venta de armas porque, si sigue la tendencia, la tercera ola podría ser terrible.

Tratemos de aplanar e invertir esta curva de mala leche que nos invade, a ver si nos congraciamos con el resto de la humanidad y regresamos a la senda, que nunca debimos abandonar, de salir mejores de esto.

Aunque nos suponga un pequeño esfuerzo, seamos felices.

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