José Serrano Camacho: Salud y República, camarada Camacho

Por Gregorio Herrero
Sindicalista de las Comisiones Obreras
Obrero del metal
Camarada, compañero, amigo…

De la entraña al campo
Del campo a la ciudad.
Después, compañero,
A la fábrica, al metal
Sindicarse y militar.
Levantar una familia
En la larga noche fría
Construir un barrio
Luchando, luchando sin cesar.
Y al final del camino
Tortuoso y cansado
Colectivo y solidario,
Salud y República, camaradas.
Ceniza y lágrimas obreras
Esparcidas al viento en libre albedrío
Simiente de un campo yermo,
De nuevo un campo, compañero,
Que volver a germinar

 

GETAFE/In memoriam (16/05/2024) – Amarrando brazos es como se forja su patria el obrero, soldando hombros, anudando nuestras manos, cabalgando sin parar hasta empujarlos la mar. En la oscuridad franquista, Getafe, patria proletaria y unida, fraguó su rostro con facciones de resistencia fabril. El Madrid burgués echaba el cierre a la tarde y luego a vivir la nuit. En Getafe el chillido agónico de las sirenas antes del alba, durante el crepúsculo, entrada ya la noche, marcó impenitente durante mucho tiempo los cambios de turno, del tajo a la lucha y la clandestinidad, de la máquina y el mono al cigarro y la asamblea. Ese quejido que llegamos a interiorizar, interminablemente agudo, histriónico e incesable, no señalaba a obreros y obreras de toda condición la hora de regresar a casa, sino la de tomar las calles y ocupar las fábricas. El momento de restaurar para la clase lo que la dictadura había cercenado de nuestras vidas a lo largo de 30 años de plomo y rejas. El tiempo de conquistar y encadenar derechos laborales y sindicales, de atornillar las libertades civiles y políticas, de encofrar como tesoros la libertad, la igualdad y la solidaridad.

Años 60 y 70. Oferta de trabajo. Multinacional de maquinaria agrícola en constante expansión dispone puestos vacantes con funciones de tornero. Se requiere a ser posible haber sido migrante, tener las dos manos en unos bolsillos más vacíos que llenos y apremio de prosperidad y arraigo. Se ofrece salario exiguo y poquito más: mono, guantes, botas, casco. El resto, los convenios, las condiciones, se tendrán que pelear. Entre la multitud se cuela el nombre de José Serrano Camacho, José, trabajador que lo había sido hasta entonces de pequeños talleres. Pero en esta nueva industria de plantilla tan masiva el nombre de pila se diluye entre la multitud y se precisa un apodo que sirva para la guerrilla y que convierta en único a su propietario. Ahí fue y así fue que Camacho, su apellido materno, se asoció para siempre con los trazos que de él guardamos en nuestras retinas: figura corpulenta, alta y ligeramente corcovada, como la del Aguador de Velázquez; andares amplios y elegantes y voz áspera, lijada más bien, inconfundible entre un millón; sonrisa socarrona, plática aguda y algo ácida y retranca sólida; voluntad tenaz e incombustible; enreda, inquieto, un tanto trasto; y también juguetón y niñero, muy niñero. Y buen padre, buen marido, buen amigo, buena persona… Mucho.

Recordaremos para siempre sus hechuras del mismo modo que añoraremos a diario su personalidad, su carácter y su espíritu de lucha, inasequibles para cualquier tipo de fatiga. Al igual que otros muchos de su inmensa generación de acero y platino, a la que tanto debe Getafe, Camacho disciplinó su vida obrera sellando uno a uno los jalones propios del cursus honorum proletario: militancia en el partido, en el PC, para formarse y encuadrarse; sindicarse, en las Comisiones Obreras, para combatir en las fábricas, sobre todo en John Deere; reunirse y discutir en asambleas interminables, de las de codo a codo y a cara de perro. Convocar huelgas, cansarse, penar y no dormir. Y sufrir, como todos, la presión patronal y la represión fascista. Así año a año, sin atisbo de cansancio ni hartura, sin perder la ilusión con la que comenzó y que siempre le guió. Sin cejar ni retroceder siquiera para tomar impulso, hasta que, ley de vida, tuvo que escuchar por última vez, desde dentro y seguro que con una incalculable carga de nostalgia, el chirrido de la sirena, su postrero cambio de turno.

Punto y seguido

Llegado ese momento Camacho redobló su empeño con Getafe, pero no cualquier Getafe, sino con el de lo colectivo y lo público. En una etapa que para otros suele ser de desconexión progresiva él multiplicó incluso su tarea, apretando los dientes como lo hace un piloto que pisa hasta el fondo sabiendo que el fin de la carrera no anda ya lejos. Por eso sería injusto no mencionar aún de pasada todas aquellas acciones que, después de una trayectoria entera de lucha, promovió en defensa de lo que es de y nos da cobertura a todos y todas: los servicios públicos, su verdadera razón de estar. Espacios, propuestas, iniciativas en las que dejó su huella y con las que recordaremos lo que él ha sido –así, en tiempo perfecto porque será también el suyo siempre–  con nuestras voces mientras escuchamos de fondo el eco aún cercano de la suya. Participó, no sin dejarse unos cuantos jirones en el camino, en la creación del centro de atención integral al drogodependiente (CAID) así como también y de forma esencial, en la asociación getafense de padres de apoyo al dependiente (AGEPAD). Con él echó a andar la agrupación de jubilados de John Deere, similar a las de otras grandes empresas que funcionaban ya tiempo ha. Y constituyó junto a otros la plataforma del mayor, germen de la que es hoy agrupación del mayor, muy activa institucionalmente en la defensa del hospital de Getafe, los centros de día, las residencias y los pisos tutelados. Por no hablar de su implicación permanente en los consejos de la ciudad, como el de salud, y en una infinidad de acciones vinculadas al Ayuntamiento de Getafe.

Podríamos llenar cuartillas y cuartillas con sus hitos, porque en general no ha existido reivindicación justa en la que no tomara parte activa. Huelga señalar que se da una infinidad de razones que justifican la rendición de un homenaje póstumo a una vida tan peleona como la suya. Igualmente existirían muchas maneras de llevarlo a cabo, seguramente tantas como somos los y las que ya le echamos de menos. Pero si hubiéramos de quedarnos con una yo apuesto por la que sería la que él mismo nos arengaría con esa dicción tan característica suya que engatusaba y que a todos nos parecerá escuchar de nuevo y a no tardar entre las paredes del salón de plenos.

– Aquí ya hay que dejarse de tonterías y salir a la calle. Pero ya, porque es lo único que esta gente entiende y como lo dejemos pasar nos habrán ganado. Y salir en unidad, porque es más lo que nos une que lo que nos separa.

Y no le faltaba razón. Porque siempre que hemos luchado, hemos terminado por conquistar y defender lo que hemos creado y que por derecho es nuestro, de todos: la sanidad y la educación públicas, los servicios sociales, la mejora de las condiciones de trabajo. Legar un mundo mejor a los que nos sucederán fue su motivo en el horizonte para pelear cada día y honrar la memoria de los que le precedieron y los que se batieron junto a él. Hagamos nuestra esa razón, aquí y ahora, en el futuro, para honrar igualmente la suya.

José, compañero
Camarada Camacho.
Llegada esta hora
Entre obreros,
ateos y republicanos
Sobran réquiem y salmos.
Faltan, sin embargo,
Mis últimas palabras
Y por eso te digo
José, compañero,
Camarada Camacho
Que no te has ido,
Te nos has adelantado.
Espéranos, que iremos.
Para arrimar el hombro,
encadenar los brazos
y anudar nuestras manos.
José, compañero
Camarada Camacho…
Amigo

Redacción Getafe Capital