
GETAFE/Deportes (31/01/2026) – Vecina de Getafe, médico e investigadora contra el Alzheimer. Lidia Sánchez-Puebla encarna la excelencia en dos mundos aparentemente opuestos. Tras superar dos operaciones en el pie, la marchadora afronta el ciclo hacia la cita olímpica de Los Ángeles con una filosofía renovada: “Mi vida es una bicicleta de dos ruedas; si una pincha, la otra me ayuda a seguir”.
En el deporte de élite, el tiempo se mide en ciclos de cuatro años. En la medicina, en guardias y años de residencia. Para Lidia Sánchez-Puebla, el reloj avanza al compás de ambas exigencias. Esta getafense, que comenzó a gastar suelas en las pistas del municipio hace dos décadas, se ha convertido en una rara avis del panorama nacional: una atleta de clase mundial que, lejos de conformarse con la pista, disecciona retinas en el laboratorio para combatir el alzhéimer.
Su historia no es la del talento innato que triunfa sin obstáculos, sino la de la resiliencia pura. Es la historia de una niña que empezó corriendo en los crosses escolares de Getafe y que hoy, con el título de Medicina bajo el brazo y tornillos en los pies tras dos cirugías, se niega a colgar las zapatillas sin pelear por su último gran sueño: Los Ángeles 2028.
Para entender la tenacidad de Lidia, hay que viajar veinte años atrás, al barro de las carreras escolares de Getafe. “Lo típico, te convocan al cross escolar, ven que se te da bien y, a raíz de eso, mi padre tenía un compañero de trabajo que era entrenador del Spartak de Getafe y allí empecé”, recuerda la atleta. Aquellos primeros pasos en el club local forjaron su carácter. Al principio, Lidia compaginaba correr y marchar, una dualidad que mantuvo hasta la categoría promesa. Sin embargo, el destino –y la Federación Española– tenían otros planes.
“Conseguí medallas a nivel nacional corriendo, pero es cierto que se me daban bien las dos cosas y llegó un momento en que la Federación se interesó por mí para la marcha”, explica. Empezaron las concentraciones nacionales, las mínimas para campeonatos internacionales y la balanza se decantó definitivamente por la técnica y la soledad del marchador. Hoy, Lidia se siente, con humildad, una pequeña embajadora de su ciudad.

“En los inicios recuerdo ser de las poquitas, de las pioneras de la marcha en Getafe”, comenta con orgullo. Aunque el atletismo local ha crecido, ella sigue siendo un referente de cómo se puede llegar a lo más alto desde las pistas municipales.
La marcha atlética es una disciplina solitaria. Kilómetros y kilómetros luchando contra el cronómetro y contra el juicio subjetivo de los jueces. Lidia lo sabe bien. “El atletismo en general es bastante solitario”, admite. Por eso valora tanto su grupo de entrenamiento, su refugio diario. “Aunque yo sea la única marchadora, compartir el calentamiento con ellos ya me hace la persona más feliz del mundo. Te vas haciendo a que, si te tocan tantos kilómetros, te tocan a ti misma contra el cronómetro”.
Pero Lidia tiene un arma secreta contra la presión y la soledad: su carrera profesional. Mientras otros atletas centran el 100% de su ansiedad en el rendimiento deportivo, Lidia ha construido un equilibrio vital que ella define con una metáfora brillante: “Mi vida se basa en una bicicleta donde tengo dos ruedas: por una parte, la deportiva y por otra la medicina. Cuando una de las dos ha pinchado, la otra me ha ayudado a seguir adelante”.
Esta dualidad le ha permitido relativizar los fracasos y los éxitos. “Cuando tenía exámenes y veía a mis amigos agobiados, gracias a mi vida deportiva sabía lidiar con la competición y me tomaba el examen de otra manera. Y, por el contrario, la medicina me ayudaba a entenderme mejor cuando estaba cansada o lesionada”, reflexiona.
Si en la pista es una luchadora, en el ámbito académico es una eminencia en ciernes. Lidia proviene de una familia de “físicos e ingenieros”, lo que la convierte, según sus propias palabras, en “el único bicho raro” de la casa. Su vocación médica fue temprana y rotunda. “Desde bien pequeña me he acostumbrado a que mi día esté lleno. Entrenar, estudiar, entrenar. Así llevo 11 años”, cuenta con naturalidad, restando importancia a un sacrificio que para la mayoría sería inasumible.
Lidia ha realizado su tesis doctoral, (puntuada con un sobresaliente cum laude) y que podría cambiar la forma en que diagnosticamos enfermedades neurodegenerativas. Su investigación se centra en la retina como biomarcador precoz del alzhéimer. “El ojo comparte muchas propiedades con el sistema nervioso central. Buscamos una forma de detección inocua a través del ojo, que es muy accesible”, detalla con pasión científica. La idea es ver si los cambios en la retina preceden a los del cerebro, buscando ganar tiempo a una enfermedad devastadora. “El ojo es una ventana al cerebro”, sentencia.
Su mentor, el catedrático de oftalmología de la Complutense, el profesor Ramírez, fue quien le inoculó el amor por esta especialidad en cuarto de carrera. Hoy, su futuro profesional apunta al quirófano. “Me gustaría estar operando”, confiesa, pero entiende que el deporte de alto nivel tiene fecha de caducidad y la medicina, afortunadamente, no.
El camino hacia la gloria no ha sido un paseo triunfal.Lidia ha conocido la cara más amarga del deporte: las lesiones graves. “Mi historia deportiva se caracteriza por haber tenido muchas lesiones. Tengo dos operaciones en el pie, tornillos puestos…”, relata sin dramatismo, pero con la crudeza de quien ha pasado meses inmovilizada viendo cómo sus rivales seguían avanzando.
Estos parones forzados le costaron, en parte, sus opciones de estar en los Juegos Olímpicos de Tokio y París. “Los postoperatorios han sido complicados. Pierdes lo que te mueve de este deporte, ves que no puedes desarrollar tu actividad, que tus adversarios mejoran y tú sigues estancada intentando recuperarte”, explica.
Han sido años “a contrarreloj”, lidiando con la frustración de volver a empezar una y otra vez. Sin embargo, ahora mismo, Lidia sonríe: “Por suerte, ahora mismo estoy bien, estoy sana y puedo entrenar, que es lo importante”.
Con 2028 en el horizonte, la pregunta es obligada: ¿Habrá un tercer intento olímpico? Lidia es cauta, pero la llama competitiva sigue viva. “Por ganas y por ilusión, sí me gustaría intentarlo. He intentado estar en los dos últimos ciclos y al final son 8 años. Es una espinita que me queda en el deporte”, reconoce.
No obstante, la madurez le ha enseñado a cambiar la estrategia mental. En lugar de obsesionarse con una meta a cuatro años vista, prefiere el corto plazo. “Prefiero ir año a año, ver si mi cuerpo responde, si mi cabeza también me lo permite, e intentar conseguir esos mini objetivos antes de 2028 para no agotarme mentalmente”, asegura.
Sabe que el nivel de la marcha española es estratosférico: “Puedes tener marca mínima internacional, pero si hay tres compañeras que te superan, te quedas fuera”. De momento, sigue sumando méritos, como la plata por equipos en el Campeonato de Europa de Marcha por Naciones (2025).
A las nuevas generaciones les recomienda “que hagan lo que para ellas sea un disfrute, que no sea una obligación. El deporte te ayuda a ser mejor persona, aprendes a ser constante, a luchar contra las adversidades y a tolerar la frustración”. Lidia Sánchez-Puebla sigue pedaleando en su bicicleta de dos ruedas. Una rueda pisa el asfalto de las competiciones internacionales; la otra gira en los laboratorios. Y aunque ella misma no se atreve a visualizarse dentro de tres años, yo sí espero que se suba al podio en Los Ángeles con su bata blanca.