
GETAFE/Actualidad (30/01/2026) – Redadas sin orden judicial, detenciones de ciudadanos estadounidenses y familias viviendo en sótanos marcan el día a día en medio de una ola de frío polar. M. R., vecina de Getafe criada en el barrio de La Alhóndiga, nunca imaginó que el “país de las libertades” terminaría pareciéndose a los capítulos más oscuros de la historia europea.
Desde su hogar en Minnesota, donde reside desde 2008, su voz transmite la tensión de quien vive en una ciudad ocupada. Mientras el termómetro marca temperaturas de 40 grados bajo cero, las calles de Minneapolis no están vacías solo por el clima, sino por el miedo a los uniformes.
La administración de Donald Trump ha desplegado en las últimas semanas a más de 3.000 agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en la región, una fuerza de choque que supera en número a todos los cuerpos de seguridad locales combinados. El objetivo oficial es la inmigración ilegal; la realidad descrita por los testigos es una persecución política y racial indiscriminada. “Es la Gestapo, es exactamente lo mismo”, sentencia. “Se están saltando los protocolos… entran a casas sin orden judicial”.
Para entender la magnitud del despliegue, hay que mirar el mapa político. Minnesota es, en palabras de la entrevistada, “uno de los pocos estados demócratas entre los de mayoría republicana”. Esta condición de verso suelto ha convertido al estado en el blanco de las nuevas políticas federales. “No está pasando porque haya un problema de inmigración”, aclara la docente, “en Minnesota apenas hay 200.000 indocumentados. En otros lugares como Texas o Florida existen casi 2 millones. Es simplemente porque es un estado demócrata… a esos estados republicanos no han mandado a estos agentes”.
La operación se percibe localmente como una invasión de competencias. Aunque el gobernador ha puesto “a su Guardia Nacional” en alerta para proteger a la ciudadanía, sus manos están atadas frente a una agencia federal. “El gobernador no puede decir a los del ICE ‘iros de mi Estado’, no tiene ese poder”, explica, advirtiendo que cualquier movimiento en falso podría llevar a Trump a “mandar directamente al ejército”, lo que desataría un conflicto civil impredecible.

Lo que distingue a esta operación de las anteriores es que el estatus legal ya no es una protección garantizada. Según los datos que manejan los residentes, “el 90% de los arrestos que están haciendo son ciudadanos americanos o gente que tiene los papeles de residencia en curso legal”.
El criterio de detención ha dejado de ser administrativo para ser puramente racial y lingüístico. “Van por el color de la piel o si te oyen hablar… si me oyen hablar en inglés tengo acento y si me oyen hablar en español, también me pueden pillar”, relata M.R. con preocupación. Esta realidad choca con la cultura estadounidense, donde no existe un Documento Nacional de Identidad obligatorio y el pasaporte es un lujo poco común.
“La gente aquí no lleva ni la partida de nacimiento encima, ¡a quién se le ocurre!, ni llevan pasaporte”, señala. Esto ha creado una indefensión total: “Los agentes detienen a ciudadanos, los retienen durante 8 o 10 horas y solo los liberan tras verificar su ciudadanía, a menudo sin cargos”.
M.R. ilustra esta brutalidad con un caso ocurrido el pasado fin de semana: “Han entrado a casa de un señor mayor de la comunidad Hmong, le han sacado en pantalones cortos, con una manta por encima a menos 25 grados, le han tirado al suelo, le han humillado… para al final darse cuenta de que tenía la ciudadanía en regla”.
Como profesora en un centro educativo, M.R. es testigo directo del trauma que se está gestando en las nuevas generaciones. El absentismo escolar se ha disparado, no solo entre la comunidad latina, sino ahora también entre los estudiantes asiáticos. “Cuando veo las seis o siete sillas vacías en cada hora… se te parte el corazón de decir: ‘Aquí tenía que estar Diego, aquí tenía que estar Cloe’“, confiesa.
El relato de cómo viven estas familias es estremecedor. Mónica describe visitas a hogares para llevar alimentos donde la vida se ha trasladado al subsuelo: “Estaban encerrados en el sótano… con las luces apagadas, solamente usan el móvil como luz, y muertos de miedo. Saben que si ven a gente pueden entrar en la vivienda sin ninguna orden y llevárselos a todos, aunque tengan todo en regla o ninguna causa pendiente. Solo por rasgos u origen son culpables de algo”.
Las secuelas psicológicas preocupan profundamente a la comunidad educativa. “A esos chicos se les está privando de su educación”, denuncia, y añade que el mensaje que reciben de sus padres es devastador para su desarrollo: “Escóndete, cállate y ten miedo de la gente que tiene uniforme. Eso es un trauma”.
Ante esta situación, la red ciudadana se ha activado. “La parte positiva de toda esta locura es que ha habido mucha solidaridad”, afirma Mónica. Profesores, enfermeras y vecinos se organizan para llevar comida y realizar tareas básicas para quienes no pueden salir. “Se les recoge la ropa, se lleva a la lavandería y se le vuelve a traer”, cuenta, ya que muchos viven en apartamentos sin electrodomésticos y temen ser detenidos en lugares públicos.
El viernes 23 de enero se convocó una huelga general bajo el lema “Verdad y Libertad”, instando al cierre de negocios y al cese del consumo. Con una temperatura de 30 grados bajo cero, Minnesota respondió. “Ha sido muy multitudinario incluso con una sensación térmica de menos 40. La calle llena a la hora de la manifestación, ¡Minnesota lo ha dado todo!”.
En el análisis político de la situación, muchos ven una maniobra de distracción clásica. Ella vincula el endurecimiento repentino de las redadas con la reciente aprobación del Congreso para desclasificar los archivos del caso Epstein. “El tío es inteligente… tiene una estrategia. Justo cuando se ha aprobado que se dejen ver todos los archivos, ha estallado esto de Minneapolis”.
Para la getafense, no hay duda de la intencionalidad: “Él es un experto en desviar la atención. Ya no se vuelve a hablar más de los archivos estos… aunque estoy convencidísima que ese hombre está metido hasta las trancas”.
Mónica reconoce que su situación es de “privilegio” comparada con la de sus alumnos, ya que posee la ciudadanía. Sin embargo, el miedo ha permeado en toda la comunidad inmigrante, independientemente de su estatus. “Mi pasaporte ahora va conmigo a todos los lados… es inconcebible que en el país de las libertades tengas que ir asustada”. La comunidad española en Minnesota, compuesta mayoritariamente por profesionales cualificados, vive en estado de alerta.
“Estamos todos con miedo. Hay gente que se ha ido a España de vacaciones de Navidad y no ha vuelto… han pedido días de asuntos propios”. Incluso ella, establecida y con familia en Estados Unidos, se plantea el retorno: “Si estoy aquí ahora mismo es porque está aquí mi hijo. Si no, me hubiera ido. Porque da miedo”. Existe una esperanza: “Las elecciones de medio mandato pueden atar un poco a Trump si cambia la mayoría en las cámaras, pero hasta noviembre…”, afirma la docente.
Desde el epicentro del conflicto, lanza una advertencia clara, observando paralelismos con el auge de la extrema derecha en Europa. “Si este tipo de partidos consiguen poder en Europa, no me extrañaría que hicieran lo mismo que estamos viendo aquí”, advierte, recordando que la retórica de que “los inmigrantes nos roban” es falsa.
Mientras espera que la situación se resuelva y esta situación no desemboque en algo peor, Mónica se despide con un recuerdo para su Getafe natal al que espera volver y “tomarse unas cañas” lejos del frío y el conflicto.

La tormenta invernal que azota Minnesota ha pasado a un segundo plano frente a la tormenta política y social que incendia el estado. Dos nombres propios –Alex Pretti y Liam Conejo Ramos– se han convertido en los símbolos de lo que el gobernador Tim Walz ha calificado como una “ocupación hostil” por parte de fuerzas federales, mientras Washington defiende sus acciones como necesarias para la seguridad nacional.
Lo que comenzó como una protesta en el barrio de Whittier el sábado por la mañana terminó en tragedia. Alex Pretti, de 37 años, no era un agitador desconocido; era un enfermero de la UCI del Centro Médico de Asuntos de Veteranos, respetado por salvar vidas, no por quitarlas. Mientras la Casa Blanca insiste en que Pretti era un “insurrecto armado”, los videos analizados cuadro por cuadro cuentan una historia diferente. Las imágenes muestran a Pretti siendo inmovilizado por múltiples agentes tácticos.
Se le ve sosteniendo un teléfono móvil para grabar la detención de una mujer, no un arma. El disparo fatal ocurrió mientras ya estaba sometido en el suelo, lo que ha llevado a expertos legales a calificar el hecho como una ejecución extrajudicial. La comunidad médica de Minneapolis ha convocado vigilias, rechazando la narrativa de que su colega fuera una amenaza.
Si la muerte de Pretti encendió la mecha, la detención del pequeño Liam Conejo Ramos, de 5 años, fue el combustible. La confirmación de que agentes federales utilizaron al niño como “carnada” para obligar a abrir la puerta de su domicilio ha roto un tabú en los protocolos policiales. La superintendente escolar, Zena Stenvik, ha sido clara: el niño fue interceptado al bajar del transporte escolar. No hubo un “intento de fuga” del padre que justificara la retención del menor, como alega ICE. Fue una maniobra táctica calculada que puso en riesgo la integridad psicológica y física de un menor de edad para ejecutar una orden de detención migratoria.