
GETAFE/Tribuna con acento (16/10/2026) – El pasado miércoles, 14 de octubre, 65.000 docentes madrileños estaban llamados a participar en una Huelga Educativa indefinida. La marea verde llevaba años sitiada en sus aulas haciendo esfuerzos y contorsiones para atender a la diversidad, viendo como el número de alumnos por aula aumentaba, pero los recursos no; asumiendo cada vez más tareas burocráticas…, y sudando la gota gorda cuando el calor apretaba.
Los docentes navegaban contra corriente dando clases en barracones, haciendo cientos de horas extras invisibles desde casa para preparar bien sus clases, porque para ellos la conciliación no importa “porque ya lo harán en verano”; formándose por las tardes, porque un profesor nunca deja de aprender; haciendo guardias para suplir a compañeros de baja por ansiedad; coordinándose con sus departamentos a través de grupos de WhatsApp; atendiendo a las familias, porque trabajar de la mano con ellas es bueno y necesario… Y lo hacían en una región, la madrileña, que les pidió “sacrificios”, allá por 2011, porque la coyuntura era la que era. Vendrán tiempos mejores e iremos revirtiendo estos ajustes”, les dijeron. Y 3.000 interinos, se dice pronto, no fueron renovados. Los que se salvaron, como profesionales responsables, aceptaron y tiraron para adelante conscientes de la responsabilidad que conlleva educar y convencidos de que la educación pública es la única accesible para todas las personas, independientemente de su situación económica.
Y salimos de la crisis. Y el ratio de alumnos por aula siguió aumentando. Y nuestros colegios e institutos, construidos mayoritariamente en los años 70 y 80 empezaban a presentar un deterioro evidente, tras años de uso y con una inversión de cero euros en mantenimiento. Y las horas lectivas, cuyo aumento llegó como una medida provisional para paliar la reducción de profesores y maestras, llegaron para quedarse. Y pasaron los años y la marea verde se empezó a agitar. Las listas extraordinarias permanentemente abiertas se convirtieron en mecanismo para contratar a docentes, porque las listas ordinarias se agotaban y no se cubrían los puestos necesarios en la región. Cada vez menos profesionales formados querían ser profesores en Madrid. Sus salarios no llegaban para pagar un alquiler y vivir dignamente. La gran responsabilidad de enseñar ya no estaba bien valorada y tampoco bien pagada.
Y bajo este caldo de cultivo los docentes empezaron a estudiar los datos de inversión en educación. ¡Sorpresa! La Comunidad de Madrid era la región con mayor PIB total y PIB per cápita de España y sólo estaba destinando 6.184 euros por alumno al año, muy alejados de los 10.000 de regiones como el País Vasco o La Rioja. Pero había más. ¿Sabías que la Comunidad de Madrid es la región en la que se han abierto más centros y universidades privadas en los últimos 10 años? Entre tanto, la Formación Profesional agonizaba. Sus docentes llevaban años siendo ignorados por la Conserjería (¿Sabías que los profesores de sectores singulares de FP son un cuerpo a extinguir?). Sin hablar de los cientos de alumnos que en los últimos años se han quedado fuera, por falta de plazas públicas.

Y no quiero olvidarme de la Educación Especial. Centros escolares que recogen alumnado tan diverso (desde niños de 4 años con parálisis cerebral hasta jóvenes de 22 años con Trastorno del Espectro Autista (TEA), pasando por alumnos con enfermedades raras, síndrome de Down o retraso madurativo, etc.). Distintas necesidades, con 6 ó 7 alumnos por aula, para un maestro que debe prestarles una atención personalizada, porque no hay un alumno con las mismas necesidades que otro. Un cajón desastre, en el que caben todos los que no encajan en el sistema educativo ordinario, llegando a los centros incluso, alumnado con problemas de salud mental y comportamiento disruptivos, que en ocasiones, ponen en peligro la integridad física de los docentes.
Y con este dibujo de la educación pública madrileña y con nuestras compañeras, las guerreras de las camisetas amarillas, las educadoras infantiles de 0-3 años en armas desde hace meses, luchando por mejorar en sus condiciones laborales -sus salarios apenas llegan al Salario Mínimo Interprofesional (SMI)- llegamos al momento actual.

Frente a una Consejería de Educación que se niega, siquiera, a iniciar una negociación, miles de profesores han salido de sus aulas y una marea verde, en crecida, ha desbordado la región, inundando el centro de la capital española. Docentes, familias y alumnos, hartos de la infrafinanciación del Gobierno presidido por la popular, Isabel Díaz Ayuso, provistos de pancartas, silbatos y sus voces se han organizado para devolver a la Educación Pública su dignidad. Un pilar del Estado de Bienestar, como lo es la educación, no puede sostenerse sobre centros escolares con falta de mantenimiento, aulas abarrotadas, docentes poco valorados, desbordados y mal pagados.
Vivimos en la Comunidad Autónoma con mayor índice de segregación escolar en España para el alumnado socialmente desfavorecido, un problema de justicia social sin resolver. Nos sobran los motivos para volver a colocar a los maestros, profesores y el resto de profesionales del sector (fisioterapeutas, enfermeras, Técnicos Especialistas III, TIS, Orientadores, PTSC, equipos directivos, personal de Administración y conserjes) en el lugar que merecen. Históricamente, nunca, ningún colectivo, consiguió nada sin luchar. No es una cuestión de bandos. ESTA HUELGA VA MÁS ALLÁ. Se trata del futuro de nuestros hijos e hijas, los de TODOS. Frente al odio, nuestros libros. Frente a la indiferencia, más ganas. Frente a políticos que no nos escuchan, democracia y urnas. La marea verde ha vuelto fortalecida. No subestimen el poder de una marea embravecida, convencida y organizada. Nos sobran los motivos.