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¿Coste de respuesta?

GETAFE/Educa… que algo queda (16/11/2017) – Había estado pensando en escribir sobre un tema que me preocupa y que dejaré para más adelante, porque esta mañana ha pasado algo que, creo, merece más la pena contar.

Supongo que a estas alturas de relación de con-vivencia mediática ya habéis adivinado, que parte de mi trabajo se dedica a mover para arriba y para abajo temas educativos y a veces lo hago en grupos de madres (porque casi todas son ellas). Bien, pues esta mañana inicié un taller en un instituto con madres que ya han estado alguna vez anterior participando en estos talleres. Después de presentarnos formalmente, como es de rigor y educación, iniciamos un debate sobre los temas que vamos a trabajar, pues me voy ajustando a sus necesidades y motivaciones y sobre la forma en que los vamos a tratar. Yo permito todas las posibilidades que ellas puedan sugerir, especialmente sus experiencias y preocupaciones, las analizamos/reflexionamos, las intentamos entender y si podemos buscamos soluciones.

Hoy se encontraban de nuevo y han hablado y… han hablado. Una de ellas ha pedido contar la historia con su hija, que transcribo, con su permiso, porque resume maravillosamente lo que quiero siempre comunicar desde el primer día que os escribí: que las normas que ponemos sean pocas pero muy importantes, que sean compartidas por todos los que se relacionan con los niños y que se apliquen el tiempo suficiente para que el niño o la niña aprendan.

Este curso su hija debía iniciar el instituto y había un cierto miedo y descoloque de la niña, por varias cuestiones, que no vienen al caso (los cotilleos los dejo para el grupo, allí son muy jugosos), no quería ir el primer día y esto descolocó más todavía a los padres.

El padre apuntaba una solución, digamos en “dirección única”, tipo vas y punto, sin embargo la madre intentando entender más que arropar a su hija, recordó lo que habíamos trabajado en el taller el curso anterior y sobre todo lo que habían ido comentando y compartiendo las compañeras, se armó de paciencia y cariño y le propuso al padre una estrategia que él asumió, más que entendió. Bien hija, si tu crees que es lo más conveniente para ti, yo no puedo forzarte a que vayas al instituto y te encuentres mal”, ella sabía que era clave estar tranquila y no mostrar enfado ni preocupación.

Desayunaron y la niña quiso ver televisión. No cariño, recuerda que este es tiempo de instituto aunque estés en casa y allí no se ve televisión”, sorprendida la niña hizo sus quejas oportunas que la madre diestramente no atendió. Subió el padre de acompañar al colegio a las otras hijas y su sorpresa fue verla allí, antes de nada la madre le pidió que la acompañara a la cocina y le explicó lo que iban a hacer.

Planificaron la compra, él iría primero y cuando subiera bajaría ella, en ese momento la niña comenta que ella puede bajar y así van los tres juntos, de inmediato la madre, te recuerdo que en tiempo de instituto no puedes salir a hacer la compra. Así toda la mañana hasta que llegaron las hermanas del colegio, se acabó el tiempo de instituto y la niña volvió de lleno a la familia, a la comida y al resto del día normalizado.

A la mañana siguiente pudo asistir a tres clases y en una semana, un poco durilla, hizo el día completo. Hoy va al instituto todos los días, incluso con esguince y muletas si es preciso. OLE POR ESA MADRE. Alguna otra madre del grupo le pidió la fórmula y por eso yo la pongo aquí por si a otras viene bien.

Por estas cosas y por lo que me enseñan y ayudan a aprender, a veces, llegan a ver en mis ojos el porqué las estimo y necesito tanto. Gracias chicas.

Buen día. Salud y suerte.

Redacción Getafe Capital