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El coronavirus y la Unión Europea

GETAFE/Todas las banderas rotas (01/04/2020) – El 12 de febrero pasado publiqué un artículo en este mismo medio en el que, entre otras cosas, decía: «…del análisis de los datos lo que puede colegir un observador no influido por otros asuntos espurios es que, en lo que respecta al llamado ‘coronavirus de Wuhan’ no es para tanto». Esto no es una autocita para reafirmar lo dicho, sino, por el contrario, el contexto necesario para reconocer mi equivocación, más grave si cabe viniendo de un salubrista.

Y no es un consuelo que yo no fuera el único en equivocarse, lo han hecho muchos. El problema estriba en que mi equivocación no va a ninguna parte, no perjudica a nadie ni influye en el devenir del enorme drama por el que pasan muchísimas familias. En cambio, las instituciones que han de gestionarlo tienen una enorme responsabilidad porque, ellas sí, influyen decisivamente, tanto en el día a día de esas familias, como en el futuro de todos porque, según sean las decisiones que tomen hoy el Gobierno central, la oposición, los gobiernos autonómicos, los bancos y las grandes empresas, etc., el futuro, el futuro de todos, será uno u otro, mejor o peor, pero, en todo caso, distinto.

Tiempo habrá de hablar del papel que están jugando cada una de esas instituciones, pero hoy quiero dedicar este espacio a una de ellas que tiene, no solo una enorme capacidad, sino también, por ello, una gran responsabilidad en la configuración de ese futuro de todos. Me refiero a la Unión Europea (UE).

La UE, después de un tiempo en que se puso de perfil, empezó a tomar una serie de decisiones, unas positivas y otras no tanto. Quien no sea mínimamente conocedor de las instituciones de la UE (Consejo, Comisión, Parlamento, etc.), así como de su funcionamiento y relación entre ellas, corre el riesgo de considerarlas como un todo homogéneo y pensar que, cuando ve en la tele que se reúnen los jefes de los Gobiernos, lo está viendo todo. No es el momento de entrar a explicar con detalle eso que no se ve, baste ahora con decir que el Consejo Europeo –que es como se llama a la reunión de los jefes de Estado y de Gobierno de los Estados miembros- no es todo, no es la UE. Pero sí es quien tiene, no el poder desde el punto de vista legal que reside en el Consejo de Ministros, la Comisión y el Parlamento, pero sí el poder real. Y han sido ellos, el Consejo Europeo, los que han tomado –o dejado de tomar- las decisiones.

Entre las decisiones positivas está la adoptada por el Banco Central Europeo en cuanto a dedicar 750.000 millones de euros (sumados a los 120.000 millones anunciados unos días antes) para comprar deuda de los Estados de la zona euro, lo que significa un respiro para las economías de éstos pero, de ningún modo, la solución definitiva; pero tengamos en cuenta que, si lo ha podido hacer, es porque goza de independencia respecto a las demás instituciones comunitarias.

Como contrapartida, Alemania, Holanda y otros países en el seno  del Consejo Europeo se han negado a adoptar ninguna medida, tanto económica como de cualquier otro tipo, que pudiera contribuir a enfrentar la pandemia y sus consecuencias, como quieren Italia, Francia, España y Portugal.Por tanto, podemos concluir que quien falla no es la UE, sino los gobiernos.

Se puede aceptar que Alemania, Holanda, Austria y Finlandia, que lideran lo que podríamos llamar «postura negacionista», tienen una parte de razón si nos limitamos a enfocar el asunto, exclusivamente, desde el punto de vista económico: que todos los Estados avalen las economías de los que puedan necesitarlo –en ese grupo están, sobre todo, los países del sur- puede significar el debilitamiento de todas; también pueden tener razón en que los que ahora necesitan ayuda no han gestionado bien en el pasado su propia economía, particularmente en lo que se refiere a la deuda pública.

Pero esos países egoístas empeñados en mirar hacia atrás no ven –no quieren ver- que la UE fue creada en una época de enormes dificultades tanto económicas como políticas, precisamente, para vencer al pasado,  salir juntos de aquella situación y hacer frente al futuro con la fuerza de la unidad y la solidaridad entre los socios. Particularmente, Alemania olvida que recibió todo tipo de apoyos económicos y políticos para su reunificación.

Porque si en la anterior crisis pudo culparse a unos u otros países europeos, concretamente a los del sur, de no haber estado bien preparados para resistirla debido a sus errores, y a los del norte de no haber sido suficientemente solidarios, en esta ocasión no es posible culpar a nadie. Estamos ante una pandemia causada por un virus que, por definición, no respeta fronteras, nacionalidades o clases sociales, de la que nadie es responsable, pero de la que todos los países europeos, si no las están sufriendo ya, sufrirán las consecuencias más tarde. Quizá sea el momento de que los que piensan que nunca les llegará o que no es problema suyo, recuerden que cuando se hundió el Titanic murieron tanto pasajeros de tercera como de primera.

Hasta aquí alguna de las causas de la actitud egoísta de la UE. Pero hay otras en mi opinión. Me refiero, en primer lugar, a lo que en otra ocasión llamé «sequía de líderes». Es penoso ver a los actuales y pensar en los que crearon la UE y pusieron en marcha la esperanza en Europa: Schuman, Adenauer, Monnet, Delors, Palme, Kohl, Brandt… En este listado hay miembros de partidos conservadores y progresistas, democristianos y socialistas, es decir, líderes separados por la ideología pero unidos por un proyecto en beneficio de todos los ciudadanos europeos, líderes que hoy se avergonzarían de lo que está ocurriendo.

Otra causa es que la UE no tiene competencias en materia de salud porque, a la hora de redactar los Tratados fundacionales y los que los fueron modificando, los Estados se reservaron dichas competencias, lo que quiere decir que, en lo que toca a salud pública como ocurre en esta ocasión, cada país ha de actuar por su cuenta, sin contar con sus socios. Esto, que es así en el papel, podría dejar de tenerse en cuenta, como ya lo ha hecho la UE en otras ocasiones (sobre todo cuando el interés era económico) porque mecanismos los tiene. Pero, claro, para hacerlo se necesita voluntad política y visión de futuro y, dada la escasez de líderes a la que me he referido antes, no parece que ninguno de ellos vaya a tener el coraje necesario.

Mi conclusión es que Alemania, Holanda y los otros países que les siguen no quieren ayudar a los que son más pobres que ellos porque tendrían que hacerlo a costa de reducir su riqueza o, expresado de una forma más gráfica, aunque pueda sonar duro: prosperidad económica para unos pocos, ruina económica y de salud para los más y desaparición de Europa como proyecto político, democrático y solidario.

Porque esta actitud, más allá de las consecuencias concretas que tiene en cuanto a poder afrontar mejor la crisis en la que estamos envueltos ahora, tiene otras que condicionan nuestro futuro; y cuando digo «nuestro futuro», me estoy refiriendo al de cada uno de los países europeos, pero también, al de la propia UE. La Historia es maestra y nos enseña que la Peste Negra del siglo XIV, además de muerte, trajo a Europa un fuerte aumento del antisemitismo porque algunos hicieron correr la voz de que fueron los judíos quienes la provocaron. También la pandemia mal llamada Gripe Española de 1918 provocó un férreo cierre de fronteras y un gran aumento del nacionalismo; todo ello, pocos años más tarde, sería seguido del auge de los nacionalismos totalitarios y, en último término, de la Segunda Guerra Mundial.

Por todo esto es muy necesario que la UE muestre su solidaridad con los que hoy la necesitan y, cambiando su actual rumbo, evite lo que muchos analistas vienen pronosticando: el auge de las ideas y los partidos ultraderechistas, xenófobos y eurófobos y, en consecuencia, la pérdida de lo que fue el sueño de los fundadores de la UE, esto es, un espacio de libertad, seguridad, democracia y prosperidad.