
«El poder es como un violín. Se toma con la izquierda y se toca con la derecha».
Eduardo Galeano
GETAFE/Todas las banderas rotas (16/09/2026) – Son estos tiempos difíciles, revueltos, peligrosos. Pero lo que pasa no ocurre por casualidad.
Por ejemplo, el triunfo de AfD en las elecciones en Sajonia-Anhalt (Alemania) no es fruto de algo inesperado, se veía venir. Somos todos responsables, pero más que nadie los partidos demócratas, y sobre todo los de izquierda que, desde siempre, han acusado a los de derecha de que estaban abriendo paso a la ultraderecha en las instituciones democráticas pero no han hecho nada para evitarlo.
Hay antecedentes históricos. Es conocida la reunión celebrada en febrero de 1933 (el 30 de enero de 1933, solo unos días antes, Hitler había sido nombrado por el presidente de la República, Paul von Hindenburg canciller de Alemania: los nazis no llegaron al poder mediante elecciones democráticas como algunos, interesadamente, quieren difundir). En dicha reunión, con los jerarcas del nuevo régimen, estaban presentes los dueños de Siemens, Krupp, Bayer, Telefunken, Opel, Varta, Agfa, IG Farben, en fin, los dirigentes de las más importantes empresas alemanas del momento que acordaron donar importantísimas cantidades de dinero para posibilitar la implantación del nazismo en Alemania. Esto demuestra que hubo un tiempo en que el gran capital se conformaba con pagar, mantenerse fuera de los focos y recoger los dividendos. Pero siempre estaba tras las bambalinas.
Son muchos los que opinan que sobran los motivos para alarmarnos ante las similitudes entre lo que ocurrió entonces y lo que nos pasa ahora, con la preocupante diferencia de una revolución tecnológica que facilita la multiplicación y eficacia de la propaganda y el engaño masivo a una velocidad de vértigo. Veamos.
Actualmente los líderes de las grandes corporaciones tecnológicas (Jeff Bezos (Amazon), Peter Thiel (Palantir), Elon Musk (Tesla, X-Twitter, SpaceX), Mark Zuckerberg (Meta, Facebook, Instagram, WhatsApp), y algún otro) han decidido que, para ganar cada vez más dinero, ahora quieren dejar las bambalinas y salir al escenario, jugar a la política, es decir, tomar las decisiones que nos afectan a todos pero sin presentarse a unas elecciones. No podemos olvidar que sus empresas manejan todas las herramientas de la información –las clásicas, las tecnológicas y las futuribles (IA)-, lo que significa que pueden manipularla (y de hecho lo hacen) mediante falsedades, bulos, etc.
Y, claro, los personajes citados son gente que ponen en primer lugar sus propios intereses, no tienen por objetivo lo que pueda interesar o convenir a la gente común, a la que (para entendernos) en el pasado llamábamos clase obrera. Y, en este punto, coinciden con las fuerzas políticas que muchos llaman ultraderecha o lo que algunos llaman, sin tapujos, fascismo. Porque esos tecnocapitalistas saben que, por ahora, les conviene mantener las apariencias, infiltrarse en las instituciones democráticas mediante los partidos legales que participan de su ideología, para, desde dentro, en una siguiente fase, acabar con ellas. El mejor ejemplo lo estamos viendo en Estados Unidos que, en mi opinión, solo mantiene una apariencia de democracia pero el funcionamiento del Estado es el propio de una dictadura.
Y no nos engañemos. Trump es el trampantojo necesario, como lo son otros líderes políticos europeos (y españoles, claro), que serán apartados cuando los dueños del dinero se hayan hecho con todos los poderes y ya no les resulten útiles o necesarios esos líderes políticos.
La democracia no es perfecta pero da herramientas para poner límites al poder porque, partiendo del convencimiento de que los seres humanos no somos ángeles, no debemos entregar el poder a nadie sin vigilarle y establecer mecanismos que sirvan de contrapesos. Por eso los tecnocapitalistas actuales presentan esos límites como rémoras para lo que ellos llaman progreso pero, en realidad, se refieren a sus negocios, y tienen como primer objetivo acabar con los organismos de regulación y control nacionales e internacionales. Y en esa tarea les acompañan con mucho entusiasmo los partidos de ultraderecha.
Aquí creo que viene a cuento la pregunta que se hace la politóloga Cristina Monge en un artículo reciente: ¿Como se detiene el avance de la ultraderecha? No pretendo tener la respuesta pero una opinión sí.
Para explicarla descendamos a lo concreto y cercano, veamos lo que pasa en nuestro país.
La ley mordaza sigue vigente; la clase media-baja no puede acceder a una vivienda digna, no digo en propiedad, los alquileres son prohibitivos; con una economía boyante, que supera al resto de las europeas, hay una gran cantidad de trabajadores con sueldos indignos que no llegan a fin de mes; mientras, bancos y empresas del IBEX 35 obtienen beneficios récord; hay jueces que han decidido entrar en política sin quitarse la toga; la sanidad y la educación públicas están siendo primero desmanteladas y luego privatizadas; el respeto a las instituciones ha desaparecido: se insulta al presidente del gobierno en el Congreso y en actos de los partidos que pretenden gobernar España; el Poder Judicial ha roto la separación de poderes: se manifestó ante las sedes judiciales, con las togas, contra una ley que debía discutirse en el Congreso intentando influir en el resultado (¿alguien imagina al Gobierno (Poder Ejecutivo) manifestándose en las escaleras de la Moncloa contra una sentencia judicial; o a un grupo de diputados (Poder Legislativo) haciendo lo mismo en las escaleras del Congreso?).
Esto está pasando –y mucho más cuyo relato haría interminable este artículo-. Y en todo ello están implicados, de una u otra manera, los miembros de los tres Poderes, sobre todo, sus máximos dirigentes. Si esto no cambia, si los políticos, estén en el gobierno o en la oposición, no convierten en prioridad nacional la solución de todo eso, pronto se cumplirán los más negros vaticinios.
La única solución, en mi modestísima opinión, es, primero, que esos dirigentes retornen al lugar y a la función para la que han sido elegidos o designados, que no pretendan suplantar a otros.
Segundo, que, tanto los dirigentes como la población toda, entiendan que la gobernación del país es cosa de todos, cada uno desde el lugar donde le ha tocado estar. La oposición hace bien en criticar al gobierno pero no debería quedarse ahí: ha de proponer acciones viables y legales.
Tercero: tener siempre presente lo dicho por Volker Ulrich: “Las democracias son frágiles. Pueden transformarse en dictaduras. Libertades que pueden parecer firmemente conquistadas pueden desaparecer”. Es responsabilidad de todos que esto no llegue a pasar.
Y respeto, mucho respeto.